El hombre tiene grabados en los cinco sentidos las señales de la omnipotencia de Dios. Tiene que conocer y adorar a su Creador que es uno en la Trinidad y trino en la unidad. Por esto ha sido creado y rescatado después de la caída, para que fuera el señor del mundo y en el cielo diera vida al décimo coro.

CII. Dios reina en el cielo con el poder de toda su potencia, ilumina a las estrellas, y examina a las demás criaturas. Y el hombre se sienta sobre el trono, que es la tierra, y domina las otras criaturas, porque tiene grabadas las señales de la omnipotencia de Dios.
Estas señales son los cinco sentidos del hombre que provienen de la potencia de Dios, con los que el hombre entiende y siente que tiene que adorar con recta fe la Trinidad en la unidad, y la unidad en la Trinidad en Dios. La adoración de Dios es el ornamento de los nueve coros de los ángeles, de los cuales fue expulsada y destruida la fila de los diablos. El hombre en realidad es el décimo coro, que Dios mismo restauró poniéndolo en el sitio de los ángeles caídos, porque Dios quería hacerse hombre. Su humanidad es la torre donde caminan los que forman parte del décimo coro. Pues, como ya se ha dicho, Dios ha representado en el hombre tanto las criaturas superiores como las inferiores. Y el hombre, después de haber sido invadido por el aliento de la vida, que es el alma, se levantó y conoció todas las criaturas, y las acogió en su ánimo con amor fuerte.

 

La naturaleza del alma es de fuego y encierra en sus energías muchas posibilidades de acción. A través del alma conoce a Dios, gobierna su propio cuerpo, lo hace sensible y lo mueve a cumplir las obras.

CIII. El alma del hombre es de fuego que calienta y vivifica todo el cuerpo, y por esta causa el hombre está dotado de sangre. El alma además sigue los caminos del viento, porque lleva la respiración dentro del hombre y la emite fuera. Cuando lo lleva al interior, el hombre se seca, lo cual es útil, porque su carne adquiere salud a causa de esta acción secante, y cuando lo emite fuera, el fuego interior del hombre se debilita y manda calor al exterior. De ello se deriva que todo el cuerpo esté dotado de sensibilidad, para poder permitir al hombre vivir y dominar los cinco sentidos con sus funciones. Si el calor no saliera al exterior, el fuego del alma ahogaría el cuerpo, lo mismo que cuando el fuego devora una casa.
Gracias a las fuerzas del alma el hombre se reviste de carne y de sangre y alcanza su completo desarrollo, igual que los frutos de la tierra maduran gracias al soplo de los vientos. Como es de fuego, el alma reconoce tener un Dios. Y como es respiración espiritual, comprende que puede servirse del cuerpo para actuar. Por eso Dios le ha mandado hacer sus obras con justicia y no mirar al abismo del norte, donde el primer ángel quiso reinar y cayó. Efectivamente, cuando hubo reunido voluntariamente todo el orgullo y toda la soberbia de que era capaz, enseguida voló velozmente en dirección al norte, haciendo todo lo que quiso y de cualquier modo. El orgullo y la alada soberbia son parecidos a las aguas que ningún barco podrá surcar nunca, porque son desagradables a Dios y a los hombres, y lo destruyen todo. Por esta razón sus obras fluyen fuera sin que la caridad las traspase, porque no pueden querer ni ser queridas por los corazones fieles, sino quieren apoderarse de lo que no tienen y dar órdenes a aquellos sobre quienes no tienen ningún poder. Por eso están destinadas a la ruina.
El alma, pues, es la señora de la casa del cuerpo, en el que Dios ha formado todas las habitaciones de las que ella tuvo que tomar posesión. Nadie puede verla, como ella no puede ver a Dios mientras esté en el cuerpo, sino en la medida en que lo ve y lo reconoce mediante la fe. El alma actúa en el hombre con todas las criaturas que han tenido origen de Dios, de modo que, como la abeja construye en su colmena el panal de miel, el hombre puede llevar a cumplimiento su obra, comparable a un panal, con la ciencia del alma, que es como el dulce líquido que lo llena. Y ya que ha sido mandada por Dios, pone en el corazón, y luego recoge en el pecho, los pensamientos que pasan posteriormente a la cabeza y a todos los miembros del hombre. Además penetra en los ojos, que son las ventanas por las que conoce a las criaturas ya que, estando llena de racionalidad, distingue solo con el nombre las energías de estas criaturas. Por consiguiente el hombre lleva a cabo sus obras para satisfacer todas sus necesidades según la voluntad de sus pensamientos, porque cuando el viento de la ciencia del alma se mueve en el cerebro, desciende transformándose en pensamientos del espíritu, y así se cumple la obra de la voluntad. El alma, en su ciencia, siembra lo que realizan los pensamientos, y estos actos se cuecen por el fuego del alma adquiriendo ese gusto juiciosamente apreciado.
Y todavía el alma introduce dentro del hombre el alimento de las comidas y las bebidas para restaurar la carne. Gracias a sus energías, el hombre ordena y dispone como tiene que desarrollarse y asumir consistencia en las diversas partes de su cuerpo, y llena las entrañas con sus fuerzas. El alma no es de carne ni de sangre, pero llena una y otra para que vivan con ella, porque ha sido creada racional por Dios, que ha inspirado la vida al primer hombre hecho de barro. Por eso el alma y la carne son una única obra en dos naturalezas. Al cuerpo humano el alma le aporta el aire en el acto de pensar, el calor para reunir las fuerzas, el fuego para sustentarlo, el agua en hacerlo crecer, la fecundidad en reproducirse, como ha sido establecido desde la creación del primer hombre, y está en todas sus partes, arriba y abajo, alrededor y dentro del cuerpo. Así está hecho el hombre.

 

Dios juzgará al hombre según sus obras y lo destinará a la vida o al castigo. Y el alma santa, completamente desnuda del cuerpo, verá a Dios, al que ahora no puede ver porque se lo impide la corrupción de la carne. Y esperará el día del juicio con el deseo de recobrar su amado vestido, es decir su cuerpo, para poder gozar junto a los ángeles de la contemplación de Dios y alabarlo sin fin.

CIV. Cuando el hombre obra con rectitud, los elementos siguen también sus caminos rectos, pero cuando realiza, en cambio, acciones injustas, llama sobre sí los castigos que los elementos le puedan infligir. El cuerpo actúa junto con el alma según la voluntad del propio deseo, y Dios juzga al hombre según sus acciones, destinándolo a la vida o al castigo. Y el alma penetra todo el cuerpo con el pensamiento, la palabra y los suspiros, como el viento cuando sopla en cada rincón de una casa. En el hombre, cuando el cuerpo actúa junto al alma, este cuerpo es pesado, delimitado en el espacio, e incapaz de levantarse de tierra, pero en cambio, cuando el cuerpo se renueve junto al alma viviente, es decir después del fin de los tiempos, entonces será ligero y capaz de volar como un pájaro con las alas. El alma, por su parte, mientras está en el cuerpo, tiene el sentimiento de Dios, porque viene de él, y durante todo el tiempo que desarrolla su función en las criaturas, no puede ver a Dios, pero después de haber salido fuera de la cárcel del cuerpo, cuando se encuentre en la presencia del Dios, entonces conocerá su naturaleza y cómo estaba unida a Dios mientras vivía en el cuerpo.
Y ya que el alma conocerá entonces la gloria y el tamaño de su honor, reclamará su morada, su cuerpo, para que experimente su gloria junto a ella. Por esta razón esperará el último día con deseo ardiente, porque ha sido desvestida del vestido que amaba, es decir, su cuerpo, en el que contemplará el rostro de Dios en la plenitud de la gloria junto con los ángeles, pero sólo después de haberlo recobrado. Después de que esto haya ocurrido, de nuevo los ángeles se inflamarán en celebraciones de alabanza, como el primer día se inflamaron por la victoria conseguida en su combate. Después del fin de los tiempos, la alabanza de Dios será perfecta, cuando los ángeles alaben los últimos milagros de la obra de Dios, es decir el hombre, haciendo resonar las cuerdas de la cítara para celebrar con ellas la gloria y la alegría, y no se cansarán ni se debilitarán en esta celebración sin fin. Y como los ángeles sentirán el deseo de mirar para siempre el rostro de Dios, nunca dejarán de admirar la obra de Dios en el hombre. Tal como ya se ha dicho, la forma del hombre hecha de alma y de cuerpo, es la obra de Dios que contiene la totalidad de las criaturas, como Juan ha escrito, inspirado por mi Espíritu, con estas palabras:

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