Múltiples razones, apoyadas en diferentes y oportunos testimonios de la Escritura, para explicar las estaciones y los meses del año en relación a sus propiedades y a su cualidades, al levantarse y al ocaso del sol, y al crecer y menguar la luna. Cómo afecta todo esto a las cualidades del hombre, considerado según las distinciones y las proporciones de sus elementos, según las edades de su vida, y según las propiedades de los humores del cuerpo, desde el punto de vista de lo que es provechoso y de lo que es dañino en los diversos estados de ánimo.

XCVIII. Tal como Dios ha impreso en el hombre la señal de todas las criaturas, así también ha puesto en él el orden de las estaciones. El verano corresponde al hombre despierto, el invierno al hombre que duerme, lo mismo que el invierno esconde dentro de sí lo que el verano ofrece alegremente, de regalo. Así el hombre que duerme se conforta en el sueño para estar listo, una vez despierto, y afrontar cualquier acción con la plenitud de sus fuerzas. Y Dios ha puesto en él la diferencia de los meses, imprimiéndole sus cualidades y virtudes.
El primer mes en el que sol empieza a subir es frío y húmedo, muy variable, y rezuma agua transformada en nieve. Por esta razón sus cualidades están unidas a las del cerebro, que es frío y húmedo, y se purga toda la humedad superflua expulsándola por los ojos, las orejas y las narices. Representa la edad de la infancia, que está privada de malicia y no siente los atractivos de la carne, y por lo tanto es incapaz de herir al alma actuando contra su naturaleza. El alma obra con la alegría de esta condición infantil, es fuerte y potente, es simple e inocente en sus deseos. Mas tarde en cambio, cuando viene a faltar alegría de la inocencia infantil, entra en una condición de gran tristeza, como el peregrino desterrado de la patria. Cuando los humores del cuerpo aumentan, el hombre, corrompido a causa del placer de la carne, abrazando la sensualidad y olvidando a Dios, se alegra y disfruta en el banquete de los pecados. Lo mismo que el sol sube hacia arriba en el curso del primer mes del año, así en su primera edad el alma no es todavía prisionera y tenebrosa, por el placer y el efecto de los pecados. Cuando el hombre es adulto, y carece de la santidad de las obras justas, se transforma asumiendo costumbres inestables y se endurece en la sordera y en la vanidad. Pero si aquél mismo hombre, gracias a la enseñanza y a la exhortación del Espíritu Santo, vierte una lluvia de lágrimas, sin ignorar ni cansarse de las obras buenas, se purifica de la impureza de los pecados, con el dulce olor de la palabra del bien.
El segundo mes es de por sí purificador y está representado en los ojos. Porque los ojos, cuando están húmedos, purulentos y enfermos, producen a veces ellos solos la propia purificación. El alma en el hombre es como la savia en el árbol, porque, como todos los frutos del árbol crecen gracias a la savia, así todas las obras del hombre se cumplen por la acción del alma, y cuando sus venas y médulas se han llenado, el hombre empieza a actuar según los deseos de la carne, pero después de haber actuado, obligado por la naturaleza espiritual del alma, a menudo se entrega al llanto. Así, considerando con el ojo de la ciencia como ha comenzado a pecar y ha continuado hasta el final sin hacer penitencia, purificado de toda suciedad, se aplica con atención a evitar pecados ulteriores.
El tercer mes, que por su naturaleza tumultuosa trae tempestades, esconde pestes y dispersa con los fuertes vientos todas las semillas de la tierra. Corresponde a los oídos, en los que se difunde el sonido de todas las cosas útiles e inútiles, lo cual incita al movimiento del cuerpo. De manera parecida, el alma está en conflicto contra las mismas energías naturales en el cuerpo, el cual por la acción del alma se mueve, se llena de fuerzas y se entrelaza por las venas. Cuando el hombre está en la plenitud de su juventud es parecido a un árbol, que primero se hace fuerte y luego da frutos. El hombre tiene en sí las tempestades de sus costumbres inquietas, cuando comprende lo que puede hacer, porque su médula es rica y sus venas están llenas. Entonces su alma se hace sentir con voz quejumbrosa y llorosa, porque su dolor por los pecados aumenta cada vez más, porque ella es el principio vital que mueve todas las acciones humanas. Y ese hombre, deseando verse alabado más de lo justo, al reputarse sabio se vuelve más tonto, cuando su temeraria soberbia se convierte en herida purulenta y se ve empujado a la mentira. Entonces no goza de aquella reputación de honestidad y de aquel buen nombre que él en cambio querría tener. Por esta razón llora y se entristece el alma en que se refleja el efecto de todas las acciones, buenas y malas, como en los oídos repican las noticias útiles e inútiles, y cuyas energías permiten de cumplir cualquiera acción. Cuando sin embargo, después de que por gracia de Dios la efervescencia de la mente juvenil se ha reajustado, se vuelve a la parte mejor de si mismo y enmienda sus pecados, entonces el alma, que antes estuvo triste y que inspira en el hombre con su soplo todas las cosas, útiles e inútiles, lo empuja a la penitencia por sus acciones malas e inútiles, y por las acciones buenas y útiles le hace feliz como si estuviera en el paraíso.
El cuarto mes, en cambio, es verde y lleno de perfumes pero también hace sonar espantosamente el trueno, representa a la nariz, donde la respiración del alma percibe el olor y rechaza todas las cosas que el hombre elige con temor. Este mes se puede considerar también parecido al hombre que en su ciencia, a causa del soplo de la razón, ha elegido sabiamente la fecundidad de las obras buenas, pues en él todos los frutos reverdecen, y es perfumado, porque su reputación de bondad y utilidad en alabanza a Dios se difunde por todas partes como un dulce perfume. Sin embargo el alboroto producido por los hombres perversos e indeseables a menudo rechaza sus virtudes y obras buenas y le llaman injusto y malvado, como los judíos mintieron afirmando que el nuestro Señor Jesucristo era injusto y manchado de culpas, aunque sabían que era santo y justo en todas sus acciones. A veces este mes hace sonar el trueno con peligro y temor, sin secar sin embargo el fruto de la tierra. Del mismo modo, las energías y las virtudes del hombre santo no se secan a causa de estos males, pero perecen quienes se ponen furiosos. Y así el hombre, cuando por las narices atrae a sí, eligiendo con la respiración de la racionalidad, los olores más dulces y nobles y rechaza aquellos fétidos e inmundos, será gratificado por los premios eternos y honrado por la alabanza de los hombres, mientras que, quien no eche de menos los premios celestes, nunca podrá recibir la verdadera alabanza de los hombres en la tierra. El que teme y aprecia a Dios, protege su entendimiento de todo mal, como el hombre aleja la nariz todo lo que es inmundo y maloliente.
El quinto mes es suave, dulce, glorioso por todos los frutos de la tierra, como es dulce y agradable el gusto que reside en la boca, porque por el gusto se reconocen y se saborean las cosas con que el hombre se alimenta con alegría. Así, la razón es al mismo tiempo la columna vertebral y la médula de los cinco sentidos, que sustenta y dirige a la acción, como la tierra, volteada por el arado, brota y se hace fecunda. Efectivamente la vista, es decir el sentido que pertenece al ojo, gracias al cual el hombre ve y conoce todas las cosas, tiene, con justicia, la primacía entre los demás sentidos. Por su posición, está situado más arriba que los otros sentidos y percibe mejor que los demás las cosas más lejanas. Por esta razón la vista de los ojos es manantial de alegría y gloria, porque con su ayuda el hombre distingue las cosas útiles de las inútiles, reconociéndolas y haciendo su elección. El quinto mes, es decir mayo, tiene un olor dulce de flores, y por ello se alegran los corazones de los hombres porque en este mes se originan todos los frutos de la tierra con que el hombre se alegra. Así el hombre, conociendo naturalmente cada característica de la naturaleza con la vista de los ojos, discierne con la agudeza de la razón la diferencia entre las cosas que ve. Y la riqueza de frutos que pertenece a este mes es parecida al gusto que reside en la boca, gracias al cual, el hombre conoce las cosas útiles para su alimento.
El sexto mes es seco por el calor. Favorece el desarrollo de los frutos con un aire templado que estimula la maduración en los frutos y a veces produce lluvias abundantes. Esto se representa en los hombros del hombre, caracterizados por la aridez y el calor y por sustentar toda fatiga. Llevan a cabo todas las acciones y mantienen junto todo el cuerpo aunque, sin embargo, solicitan a veces el descanso en lugar de la fatiga, como cuando el pájaro repliega sus alas por el cansancio, y la raíz del árbol mantiene sus ramificaciones. De la misma manera el segundo sentido, es decir el oído, tiene la función de comprender las palabras que escucha, como una minúscula pluma de las alas de la razón. Por que ocurre que, cuando los oídos oyen la voz de una criatura, el hombre se da cuenta de qué criatura es y dónde se encuentra, y por esta razón se pone con más atención a buscarla. La energía del alma que percibe por los oídos ni se cansa de escuchar, ni se sacia ni se hastía, si no que tiene mucho deseo de conocer y observar muchas cosas. Así el sexto mes, que no es húmedo, multiplica el tamaño de los frutos producidos con el dulce calor y empieza a hacerlos madurar. Y del mismo modo que en este mes las lluvias torrenciales se vuelcan acompañadas por peligrosos ruidos de trueno, infundiendo temor, así también, entre las noticias sobre los hechos humanos que el oído recibe tranquilamente, muchas de ellas las acoge con horror y tristeza.
El oído constituye el principio del alma racional porque, igual que las palabras que se escriben, primero se dictan, así todas las cosas que el hombre tiene intención de cumplir son primero dictadas al oído y luego llevadas a término. El alma, sin embargo, está obligada a realizar todas las acciones, buenas y malas, útiles e inútiles, y no puede gozar completamente de todas porque el oído le provoca suspiros y lágrimas desde que el hombre deja de hacer el bien. También los hombros, que sustentan la humedad de las entrañas y los otros elementos del hombre, y todo el cuerpo entero, tienen también semejanza con el oído, que es el principio del alma, gracias a la cual lleva a término todas sus obras, como todos los fardos se llevan sobre los hombros. Tal y como las entrañas están unidas recíprocamente, así las obras del hombre están en conexión la una con la otra. Debido a las obras buenas, a partir de las que se deduce la existencia del mal, el alma se alegra, mientras se entristece por aquellas malas, por las cuales se llega al conocimiento del bien y así, cuando se encuentra en la alegría, esta se transforma pronto en tristeza. Por tanto, el alma busca el descanso, como el hombre desea a menudo aquella quietud que no puede tener. Es la razón por la que el alma, fatigada por permanecer mucho tiempo en el cuerpo, es acogida por sus obras buenas en los eternos tabernáculos, mientras que por el mal realizado es enviada como merece a los lugares de castigo.
También el séptimo mes, gracias al ardor del sol, tiene gran fuerza y devuelve los frutos de la tierra madura y los reseca, y es tórrido con cualquier tiempo, sequía o lluvia. Corresponde a los codos, que son fuertes para colaborar con los hombros y las manos con que el hombre recoge cuanto le es necesario. El hombre percibe, gracias al olor, la naturaleza de cada cosa, distinguiendo y reconociendo cuál es útil y cuál inútil, y las que favorecen a la conservación de su naturaleza las elige y las recoge, y con ellas se mantiene en equilibrio, una vez secados los humores nocivos, para que salud se acreciente y los humores debiliten a la sangre por la corrupción de su fluido. El hombre, asimilando todas estas características con su ciencia, consciente de sus efectos, intenta aprovechar su poder para eliminar la corrupción de los humores y mantenerse en la fuerza de la salud, para ello, prepara estas cosas con discernimiento y fuerza, como son fuertes los codos del brazo, gracias a la colaboración de los hombros y las manos. En su mente, además, conserva los conocimientos que conciernen la salud y así prepara todo lo que pueda servirle, como todos los frutos alcanzan la madurez en este mes para poder ser cosechados.
El alma, soplo que viene de Dios, sigue un camino ardiente, como la sabiduría recorre la vuelta del cielo con un camino de fuego. Por este motivo, con los siete dones del Espíritu Santo y con los cinco sentidos, el hombre inicia y lleva a término todas sus obras por acción del alma, al igual que el séptimo mes lleva a la maduración todos los frutos de la tierra. Y estas obras pueden ser hechas para alabanza, como del lado derecho, o para confusión, como del lado izquierdo, igual que los frutos al final en parte maduran y en parte se secan. Efectivamente, a menudo se ocasiona una efusión de lágrimas en la amargura de la penitencia debido al recuerdo de los pecados, como en las fuertes energías del león, que es superior a todos los animales y así el hombre pisa todos sus vicios y pecados aplicándose con fuerte intención, y gracias a la sabiduría con la que conoce a Dios, a llorar, por las obras pecaminosas con que se alejó de Dios. El alma por su parte, con sus suspiros, por la exhortación del Espíritu Santo sostiene y mueve las energías del hombre cuando lo empuja a recoger en la penitencia toda la fecundidad de las virtudes para limpiar las heridas de los pecados, y por esto se alegra, puesto que siempre desea llegar a los tabernáculos eternos y permanecer siempre en ellos.
El octavo mes es en su fuerza como un gran príncipe que gobierna todo el reino con plenitud de poder. Por esta razón enseña su alegría y, aunque ardiente por el calor del sol, también produce rocío a causa de presencia de un poco de frío. Y cuando el sol ya desciende hacia abajo, son terribles sus tormentas. Sus cualidades se manifiestan en las manos del hombre, que llevan a cabo muchas obras y tienen en sí el poder de todo el cuerpo, porque atraen hacia sí todo lo que pueden y lo custodian como un tesoro, así que el hombre a menudo es alabado por la obra de sus manos. Análogamente, gracias al gusto que reside en la boca conoce más perfectamente que con los otros sentidos las energías de las comidas con las que se alimenta y las domina con el poder de su ciencia, tal como este mes es grande en su fuerza. El hombre también se alegra de poder distinguir sabiamente cual de las sustancias naturales frías y calientes favorecen a su salud, lo mismo que este mes contiene en sí el ardor del sol y el frío del rocío. También se mantiene con su ciencia, lejos de las cosas peligrosas e inútiles, recoge aquellas buenas y útiles, como las manos llevan a cabo obras loables con la fuerza de la honradez, y como el arquitecto construye, con el poder de su arte, todas las habitaciones de su casa, en la que conserva con sabiduría todas sus pertenencias.
El alma luchadora penetra con sus deseos los afanes ilícitos del hombre y consigue la victoria, y al recorrer en su camino de fuego la misma órbita, sube desde el principio de esta batalla, hacia la cumbre. Combate contra los deseos de la carne con el escudo de la fe y con la armadura de todas las virtudes, y cuando los ha derrotado, se alegra como un héroe guerrero por haber derrotado a sus enemigos con su voluntad y esfuerzo. Ardiendo en el calor del verdadero sol, el alma hace suspirar al hombre para que se derrita en llanto en el frío de la verdadera penitencia, que seca todos los pecados. En efecto, el hombre desciende con la humedad de las lágrimas a la humildad de la penitencia, donde encuentra innumerables dificultades, considerándose nada más que barro, hasta el punto de apenas esperar la salvación de su alma. Pero el alma le enseña enseguida la cruz y todos los sufrimientos de Jesucristo, que lavan los pecados y lo levanta en la esperanza. Y por esta penitencia el alma reflorece mientras el hombre sube de virtud en virtud, y por cada clase de pecados que cometió produce flores de obras buenas y santas virtudes sin nunca cansarse. Con la penitencia, se eleva, y se fortalece cada día más, y acumula obras buenas y santas, por lo cual toda la multitud celestial manifiesta el propio gozo alabando a Dios.
El noveno es el mes de la maduración, el tiempo en él no es tan terrible y elimina todo jugo nocivo de los frutos buenos para comer, conservándolos tan seguros como en una alforja. Por esta razón es parecido, en sus cualidades, al vientre del hombre, donde todo lo que se traga sufre un proceso de cocción por el calor del hígado y las demás entrañas, para mezclarse con calor y frío, y ser luego debidamente expulsado en el modo establecido. Pero a veces, este procedimiento se altera por una enfermedad, como este mes puede perturbarse si el curso de la estación se adelanta. El hombre con el sentido del tacto reconoce que cosas están maduras y comestibles, para no enfermar a causa de las molestias provocadas por los humores inmaduros, justo como este mes elimina el jugo nocivo de los frutos. El hombre cuida también de no alimentarse desmedidamente, sino de manera correcta y en cantidad suficiente, para que sus humores no se transformen en repugnante podredumbre, y también recoge con cautela cuánto pueda serle útil, como se conserva atentamente un objeto querido para que no lo roben. Así pues, en el vientre, el hombre es parecido al tacto. El vientre expulsa lo que ha introducido después de haberlo digerido con calor y frío bien regulados, lo mismo que en este mes llegan a la maduración todos los frutos, cuyo jugo mas tarde se seca.
Por su parte el alma, perturbada por muchas guerras, preocupaciones y apuros a causa de la culpa de Adán y de las batallas de su carne, sube con alegría con las obras buenas hacia las realidades celestes, y con las obras malas desciende entristecida. Ella se ha vestido con una coraza espesa, entrelazada y anudada con mucha diligencia, es decir la paciencia, para que ninguna flecha pueda perforarla, y se preocupa de que el hombre, en el recorrido ascendente de las obras buenas, o bajando los peldaños de la verdadera humildad, atribuya lo que ha hecho de bueno al que es el sumo bien por el cual tiene la gracia. Cuando el hombre se encuentra inmerso en una tristeza tan grande por sus pecados que desconfía de la salvación de su alma, entonces, de nuevo, el alma que lo sustenta pacientemente, le cuenta que Dios ha asumido el cuerpo humano para la salvación del hombre, y de la duda lo reconduce a la esperanza, como está escrito: “Si subo al cielo, allá estás tú eres, si bajo a los infiernos, os encuentro” (Sal. 139,8). Esto se interpreta así: ¡Oh Dios!, toda la elevación de los santos y sus obras celestes que enciendes con tu fuego es obra tuya, porque infundes al hombre el rocío de la compunción del corazón en tu amor, gracias al que todas las otras virtudes luego florecen lozanas. Aun cuando descendiera a la profundidad de los pecados, mereciendo las penas infernales por haberme olvidado de ti, si en la verdadera penitencia suspirase gritando hacia ti, tú me untarías con las gotas de tu sangre y me salvarías. Eres mi liberador y mi salvador”.
La paciencia junto a la humildad se encuentran arriba, donde derrotan a la soberbia, y también se encuentran en las tinieblas del pecado, dónde exhortan al hombre a no desesperar de la misericordia de Dios por sus culpas, y por eso mantienen todas las obras en la justa moderación como conservándolas maduras, salvan las que se cumplen en la santidad defendiéndolas contra la vanagloria, y salvan las que se ocasionan en el barro del pecado liberándolas de la desesperación. La paciencia se encuentra en el camino correcto, para que no abandone las cosas celestes y no desprecie las cosas terrenales. Desprecia todas las tentaciones con las que el diablo intenta corromper la luz verdadera, que es Dios, y en todo esto no se deja llevar por un exceso de alegría, ni cae en la tristeza, aunque a veces sea perturbada por el engaño del diablo, a quien resiste valientemente con el escudo de la fe.
El décimo mes es parecido a un hombre que está sentado, porque ya no desea más energías, y no anuncia el calor, sino que desviste las ramas de los árboles y rezuma frío. Es lo mismo que el hombre, cuando está sentado se encierra sobre si mismo para evitar el frío, y siempre en este mes se coloca encima el vestido, porque los vestidos le dan calor. Según este ejemplo, el hombre, cuando empieza a estar frío a causa de la vejez, se vuelve más sabio que antes, se cansa de costumbres pueriles y, en esta edad madura, deja secar los cambios que provienen de costumbres necias y lascivas, evitando la compañía de los necios para no engañarse con su ignorancia. Los inútiles y múltiples humores del placer de la carne disminuyen en él a causa del frío de la edad, como este mes, que no tiene la alegría de la verde vegetación, sino más bien ramas desnudas debido a su frío y aridez.
El alma, además, respiración viviente y prudente creada por Dios, que es la verdadera sabiduría, enseña al hombre a mantener con firmeza todo lo que viene de Dios y a hacerse santo con sus fuerzas por la gracia de Dios, y a someter el cuerpo al propio dominio y producir por él la satisfacción en el bien, del mismo modo que una señora hace con la sierva. Si en fin, a veces la carne, también en un hombre de esta naturaleza, está perturbada por el gusto del placer, el alma se sorprende indignándose y extingue aquel veneno en sus venas y en su médula. En fin, por la gracia del Espíritu Santo, lo retiene y vigila cautelosamente para que no se entregue a los pecados, confortándolo con la doctrina de las escrituras para conducirlo de los vicios a las virtudes.
El undécimo mes se encorva y entrega el frío, y no muestra en sí la alegría del verano, sino la tristeza del invierno, cuando el frío cae sobre la tierra y la convierte en espuma cenagosa, fenómeno que el hombre imita cuando dobla las rodillas para no verse traspasado de frío. Por esta razón, cuando dobla las rodillas en la tristeza, acentúa en su corazón los pensamientos de dolor y se considera barro, no espera ya más alegría, porque en su tristeza se acuerda que en el regazo materno las rodillas del hombre están dobladas naturalmente. Igualmente, cuando el hombre envejece se debilita por el frío y, no teniendo ya la alegría de la juventud, se entristece por los inconvenientes de este secarse suyo, y se aflige por la delgadez y la afluencia de humores inmundos. Por miedo al frío todos los viejos, fríos por naturaleza, recogen sus miembros frente al fuego para calentarse. Así este mes, lejos de la alegría del verano porque todos sus días están fríos, se parece a las rodillas que el hombre dobla en la tristeza, cuando recuerda su origen, es decir del tiempo en que se sentó con las rodillas plegadas, como prisionero en el vientre materno.
Incluso si el alma, con sus fuerzas y gracias a su acción, consigue ventaja sobre el hombre, y este abandona en parte las actividades pecaminosas, no puede sin embargo impedir que desee pecar. Entonces se queja dentro de su recipiente, es decir de la carne en que habita, porque ella invade todo el cuerpo y lo mueve, como el viento que sopla dentro de una casa hace temblar las paredes y pasa por grietas y ventanas. Pero cuando el hombre se envuelve en las tinieblas de los pecados como el gusano en su agujero de barro, entonces el alma, situada en las venas y en la médula junto al resto de los miembros, empieza a desfallecer porque no se calienta con el fuego del Espíritu Santo y, ya que no puede producir obras que la hagan feliz por la naturaleza carnal, se queja sin cesar, porque está fuera de la luz diurna de la santidad. Olvida cual es su verdadera naturaleza y de dónde ha venido. El lamento del alma está lleno de dolor cuando se encuentra alterada por el abandono de su naturaleza espiritual porque, no estando ya inflamada por la gracia del Espíritu Santo, consiente en cumplir, aunque de mala gana, las obras que el cuerpo la solicita. Por esta razón, operar contra su voluntad la produce una gran tristeza, lo mismo que el cuerpo también experimenta tristeza cuando es obligado a actuar según la naturaleza del alma.
El duodécimo mes también es muy frío, de un frío potente, que solidifica la tierra endureciéndola, la reviste toda de fría escarcha y la convierte en terreno laborioso y fatigoso para el cultivo. Por esta razón en estas cualidades distinguimos los pies del hombre, que pisan y dispersan muchas cosas por aquí y por allá, contribuyendo a revolver la tierra, y no pueden levantarse por encima de ella, sino que están sobre su superficie. De este modo el alma del hombre que ha esparcido la sangre de su prójimo en la cólera o lo ha herido en el curso de una riña, se encuentra manchada gravemente junto al cuerpo. Como el cuerpo queda frío y falto de todo calor, cuando lo abandona el alma, así ella, al carecer del calor de los dones del Espíritu Santo y endurecerse por la cólera, se olvida de su naturaleza. En esta condición, llega a la presencia de Dios manchada de sangre, que la rechaza como rechazó a Caín, manchado con la sangre de su hermano. En la cólera, en efecto, la sangre del hombre se desborda.
Por esta razón, privado de su recto sentir, se vuelve casi loco a causa de los desordenes irracionales de la cólera y la blasfemia, y con el corazón y con la boca llenos de envidia hacia su hermano, en cuánto está en su poder, arranca toda la felicidad, y destruye, con el pensamiento y la palabra, todo el bien del hermano. Por tanto, es un homicida en la presencia de Dios a causa de la maldad y el odio que engendró en su alma. Él está encima del hermano rechinando los dientes, echándole encima palabras llenas de malicia que en su corazón ya ha pronunciado con odio, y por la dureza de sus injustos caminos, no puede tener en si ninguna dulzura de santidad y no puede sembrar la semilla de las obras buenas. Y a causa de esta dureza, que en él persiste sin tregua, no tiene nunca un suspiro de deseo de las cosas celestes. Por esta razón, la ceguera le aleja de las obras buenas y de la ciencia pura y santa. No tendrá nunca las alegrías de la santidad que ha desperdiciado en su cólera. Es parecido a un camello cargado con los fardos repugnantes de los pecados de los que está contaminado.
De este modo las energías y las cualidades de los meses se relacionan con el hombre. Por tanto el salmista, por mi inspiración, afirma:

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