Se trata de modo especial del peligroso rigor y lo nocivo del soplo del viento del norte, que durante el verano a veces perjudica los frutos y seca los árboles con su humedad fría, esconde el sol y transforma el brillo de la luna con calores variables.

XCIV. Entre estos vientos, el del norte a menudo enseña su rigor lleno de pavor, cuando alarga especialmente su ala ventosa sobre la rueda del firmamento soplando hacia oriente, donde levanta a veces una masa de humo terrible y nocivo, y a mediados de verano, emana una humedad fría, que perjudica los frutos de la tierra y seca los árboles. Cuando esto ocurre, el mismo soplo horrible se descarga con toda su ferocidad y produce unas nubes con las que tapa la esfera del sol, por lo que el hombre piensa que el sol ha desaparecido. De este modo el soplo es causa de confusión debajo de las nubes. Y por esto se ocasionan tinieblas sobre la tierra. Pero una cosa de esta especie los hombres pueden verla solamente cuando se anuncian grandes prodigios, ya que todo se mueve por la acción de los elementos, como la mano doblada por el brazo, puede tocar y realizar todas las cosas.
Este mismo soplo, a causa de las obras de los hombres contrarios al orden divino, en muchos casos hace bromas con la luna, de modo que ora aparece de color negro, ora color del hierro, ora de colores diferentes en sus partes. Entonces su aspecto da miedo a los hombres. El viento del norte a cualquier parte que se dirija, es un viento peligroso, nocivo para todo sobre lo que pasa, porque con su frío y su ferocidad perjudica hasta privar de su útil fecundidad al viento caliente enviado por el sol que vuela dulcemente junto a la humedad del rocío y que produce sobre la tierra el verdor y los frutos de los campos, y que además sustenta a los otros vientos como un hombre que se apoya en la pared, y así les presta ayuda. Todos los cuerpos luminosos, entre las criaturas, aparecen más bellos y resplandecientes por contraste con las tinieblas de viento del norte, ya que está privado de luminosidad. De modo parecido a esto, el brazo izquierdo sustenta al derecho y le presta ayuda.

 

Cómo están relacionadas todas las cosas descritas en los dos capítulos anteriores, que se refieren a la medida y la articulación de los miembros humanos y los vientos, y también el alternarse del día y de la noche y de las horas, que deben ser referidas al alma. Se explica que Dios ha estructurado el alma en base a cuatro energías, que en la parte que se relacionan con el cuerpo derivan de los cuatro elementos, fuego, aire, agua y tierra. Son como cuatro alas que dirigen el mismo alma y su cuerpo.

XCV. Todos estos fenómenos están en relación con el alma. Ella reside en el cuerpo a semejanza de los vientos, cuyo soplo no se ve pero se siente y, ya que es de naturaleza aérea, despliega su aliento, sus suspiros y sus pensamientos, volando como el viento. Por otro lado es parecida al rocío gracias a la humedad de la sabiduría, vehículo de las buenas intenciones dirigido a Dios. Como el resplandor del sol ilumina todo el mundo sin perder vigor, así el alma es siempre la misma en la pequeña estatura del hombre, aunque con sus pensamientos pueda volar por todo lugar, subiendo hacia las estrellas, gracias a las obras santas en alabanza de Dios, o precipitándose en las tinieblas por las obras malvadas del pecado. De este modo el alma se corresponde con el sol, que resplandece con todas sus fuerzas por encima de la tierra durante el día, y por la noche brilla por debajo. Además el alma sube para arriba con las buenas intenciones, mientras que desciende cuando obra perversamente con mala intención, como las piernas, junto a las rodillas, que se mueven para arriba y para abajo en sus diferentes actividades.
El viento occidental, temible a veces, corresponde a la buena intención del hombre, que nunca tiene que estar privada de temor. Cuando el hombre yace todavía en el hedor de los pecados, lo sostiene como las rodillas sostienen el cuerpo. El talón y el pie indican la voluntad y el deseo, y gracias a ellos la buena intención se realiza en obras. Y como los vientos colaterales colaboran con el viento occidental en el desarrollo de su función, así la voluntad y el deseo colaboran en la realización de las obras. El viento colateral que se encuentra a la derecha indica que el hombre alcanza la victoria sobre los pecados apoyándose en la parte derecha del alma. El viento de la izquierda, en cambio, muestra que el hombre, cuando está dominado por los pecados, vive en el olvido de Dios, como el lado izquierdo.
El viento del norte, que seca con su soplo y con la ayuda de los vientos colaterales toda la vegetación sobre la tierra, representa al hombre que, siguiendo la propia voluntad y el placer de su corazón, realiza los deseos de la carne, por lo cual se ve privado de toda la felicidad de los bienes celestes. Pero cuando este hombre, perpetrando el mal como el lado izquierdo, rechaza ponerse de acuerdo con el alma, la fuerza de su razón, situada como a la derecha, lo impiden. Sin embargo todas las obras buenas y malas, las realiza el alma, como en el verano se originan todos los frutos de la tierra. Dios ha creado al alma dotada de la sabiduría necesaria para gobernar su contenedor, es decir el cuerpo, a través de las cuatro energías que posee, fuego, aire, agua y tierra, con los que también realiza todas las funciones del cuerpo, colaborando con él. El alma, antes de verse mandada a un cuerpo, no realiza ninguna obra, ni tampoco realizará más cuando haya salido de él.
En las articulaciones de los elementos del hombre Dios ha representado los cuatro vientos con sus colaterales, en los hombros, en los codos, en las manos, y en los muslos, en las rodillas y en los pies. Uno de estos, el viento oriental, está unido estrechamente a la fuerza de la aurora, que lleva el rocío del frío de la noche y rocía la tierra. Por la mañana, la aurora resplandece, a primera hora el sol ilumina el día, a la tercera empieza a calentar, y a la sexta alcanza el máximo de su ardor. Esto significa que el hombre, a causa de la buena intención, primero suspira, luego llora, después de las lágrimas emprende las obras buenas, y sucesivamente las lleva a cabo con todo el ardor de la buena intención.
El hombre que arde intensamente en la vida santa hecha de obras buenas, es como el viento meridional, que en un primer momento comienza a vivir santamente, como en la parte oriental, con suspiros y con buenas intenciones. Pero después, a continuación, como en occidente, terminan los combates agitados que permitieron al alma dominar el cuerpo. Es como el calor del sol, que surge en oriente, a mediodía arde en su plenitud, y se reduce al ocaso. Como el oriente y el mediodía participan del calor del sol, así el alma añade virtud a virtud y con ellas cumple todas las obras buenas, como las manos con los brazos. Pero cuando acaba el día, el sol desciende a occidente, como las rodillas del hombre corren con los pies sobre la tierra. Al caer la tarde, la serenidad del día los devuelve cansados y el hombre ya no se alegra de la luz diurna, sino que cansado, se entrega al sueño. Significa que el hombre, cuando actúa según el placer de la carne, ocupado en operaciones materiales y olvidando los bienes celestes, se convierte en una criatura nocturna. Cuando en cambio practica con el alma las santas virtudes en el fuego del Espíritu Santo, encuentra alivio de la concupiscencia carnal en el amor de Cristo.
El alma racional que profiere palabras múltiples con el sonido de la voz, produce muchas ramas, como el árbol. Y de la misma manera que las ramas provienen del árbol, las energías del hombre brotan del alma. Así, cualquiera que sean las obras que ha cumplido con el hombre, se parecen a los frutos del árbol. El alma tiene en efecto cuatro alas, es decir sentido, ciencia, voluntad e intelecto. Con el ala del sentido advierte sus heridas y rechaza lo que la carne quiere, porque siempre es soplo en movimiento. Con el ala de la ciencia incita en el cuerpo el deseo de actuar, porque el cuerpo se da cuenta de que vive a través del alma. Con el ala de la voluntad el alma desea actuar junto al cuerpo, porque se da cuenta de la existencia de este cuerpo. Con el ala del intelecto reconoce los frutos de cada obra, útil e inútiles, porque ella es vida sin fin. Y con estas cuatro alas vuela como un pájaro con ojos delante y detrás gracias a la ciencia del bien y el mal. Vuela hacia adelante, con las buenas obras realizadas gracias a la buena ciencia, y hacia atrás, con las obras malas acabadas gracias a la mala ciencia.

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