Las articulaciones, ya sean iguales o desiguales, que en el hombre van por el muslo a la rodilla y al talón y luego hasta la punta del dedo gordo del pie, y de la muñeca hasta la extremidad del dedo mediano, simbolizan en el mundo las curvaturas e inflexiones del océano y de los ríos, y en el hombre el ímpetu ardiente de los placeres. Y las múltiples formas de la naturaleza simbolizan la oposición constante entre carne y alma.

XCII. De las rodillas hasta el tobillo hay la misma distancia que desde el punto de la evacuación o bien de los muslos hasta la rodilla. En la medida que va de la rodilla al tobillo, se representa el océano que rodea toda la tierra porque, como las piernas se doblan hacia atrás, así las aguas que abrazan la redondez de la tierra no van más allá de su destino. Estas aguas no corren fuera su curso, porque fluyen como canalizadas en un surco, no superan sus confines, y tienen la misma profundidad de las aguas que se encuentran sobre el firmamento.
Así el alma, que está establecida en todos los elementos del hombre. Por él se ve obligada a atender todos los deseos de la carne, como los fuelles están obligados a soplar. Pero a continuación se dirige al hombre, quejándose con estas palabras: “Ay de mí, ay de mí, podredumbre rociada de ceniza, por qué Dios me ha enviado a ti, que me has encarcelado en tus deseos para obligarme a cumplir junto a ti las obras criminales que el diablo te sugiere?”.
Entonces el hombre, aunque viva disfrutando del insolente banquete de sus pecados, debido al quejido del alma a menudo repite dentro de sí: “¡Oh, miserable de mí!, ¿por qué no puedo dejar de pecar?, Reconozco que mis obras son impuras ante la presencia de Dios y los hombres, ¿por qué no temo a mi Dios, que juzga y rechaza de si toda mancha de pecado y toda maldad del diablo?”. Sucesivamente, haciendo una amarga penitencia, el hombre se aleja de los pecados uno por uno, y entonces se encuentra con el mismo malestar en que se encontraba el alma cuando él vivía en el pecado. Y dice: “Ay de mí, ay de mí, que me he olvidado mi Creador, cuando no me he apartado del deseo de la carne por el temor y el amor de Dios, aunque tenía la ciencia de la racionalidad”. En esta condición, postrándose en tierra con verdadera penitencia, dirige gritos a Dios con este ruego: “Oh Dios mío, ayúdame, y con tu sangre sácame de la profundidad de mis pecados, en los que estoy sumergido como si estuviera en el infierno, y con la ayuda de tu gracia atráeme hacia ti, para que yo pueda resurgir y salvarme”. Así, sometiendo a examen todos los pecados a uno a uno, los purifica en la verdadera penitencia.
La distancia que hay desde el punto de evacuación o del muslo hasta la rodilla indica que la fuerza de la libídine es excitada por la sugestión inicial del diablo en los lomos del macho y en el ombligo de la mujer cuando, a causa de aquel engaño, en el deseo y en la acción cumplen con igual pasión los pecados de la lujuria. Pero luego el hombre es inducido por el alma al dolor y al malestar por los pecados, y esto se indica en la medida que va de las rodillas al talón. El talón indica el lugar de destierro en el cual se puso a Adán. El hombre no se olvida de ello en todas sus obras, buenas y malas: ya que en las obras malas se acuerda de la expulsión de Adán y en las buenas recuerda de que manera ha sido creado por Dios. Dios creó para el alma racional una morada tan perfecta que el alma podía practicar todas las virtudes, del mismo modo que el hombre construye una casa para hacer en ella todo lo que quiere. También los vientos han sido creados por Dios para que atraviesen con su soplo todas las cosas, tanto en los momentos de felicidad, como en los de peligro. Y como el océano no rebasa el lugar en que fluye, así el alma no abandona esta regla por que no puede prescindir de alegrarse en las obras buenas y de entristecerse en las malvadas. Cuando, en efecto, el hombre peca según los deseos de la carne, delante de Dios es como una noche oscura. Cuando en cambio actúa según la naturaleza del alma, resplandece delante de Dios y a sus ángeles como la luz del día.
Del talón al final del dedo gordo del pie hay la misma distancia que desde la muñeca hasta la punta del dedo mediano, como ya se ha dicho. Los pies, además, indican los demás ríos, que dividiéndose por toda la tierra, la riegan por todas partes. Y como los pies están unidos a las piernas y a las manos a los brazos, así los ríos suman su fuerza a la del océano. En efecto, Dios ha creado la tierra de un solo elemento, que brota gracias a las fuerzas de los otros elementos, como la mujer es fecundada por la fuerza masculina.
El hombre pues, divino por el alma y terreno por la tierra, es la plenitud de la obra de Dios. Por lo cual conoce las cosas terrenales y, en el espejo de la fe, las cosas celestes. Así como del talón hasta la punta del dedo gordo y desde la muñeca hasta la punta del dedo mediano hay una distancia igual, así el alma, gracias a la que el hombre conoce que tiene un Dios, posee un cuerpo de igual medida, sin defecto, y en igual medida él la sustenta, de forma que el alma no tiene ninguna carencia en el cuerpo para realizar todas las obras que con el cuerpo pueda realizar. Y como la tierra engendra cosas útiles e inútiles, así los pies sustentan al hombre para cumplir obras útiles e inútiles. Y como todas las aguas proceden del océano, así todas las obras del hombre recorren el cuerpo y el alma.

 

Igualmente, las articulaciones de los hombros y los brazos, de las manos, de los lomos, de las rodillas y de los pies, que son las doce articulaciones mayores, representan los soplos de los cuatro vientos principales y los ocho colaterales y a la distancia entre ellos, y también el hecho de que los vientos se atemperen mutuamente con calor, frío, sequedad y humedad.

XCIII. En la rodilla de la pierna derecha, donde la pierna del hombre se dobla, se representa el viento principal de occidente, en el muslo y en el talón de la misma pierna se representan sus vientos colaterales. En la rodilla de la pierna izquierda se representa el viento principal del norte, mientras en el muslo y en el talón de ella se representan los vientos colaterales del viento septentrional. En los lomos y en el pie de cada lado se indican los soplos de los respectivos vientos colaterales.
Dios, como ya se ha dicho anteriormente, ha representado la organización de los vientos en el cuerpo humano, es decir en los codos, en los hombros y en las manos, en las rodillas, en los lomos y en los pies, donde están las doce articulaciones mayores, como doce son los vientos.
Los codos, con los elementos a él incorporados, representan, como se ha dicho, el viento oriental y meridional, con todos sus colaterales. Las rodillas, con los elementos a ellas incorporados, indican el viento occidental y septentrional con todos sus colaterales. Y como estos elementos están unidos al cuerpo en su totalidad, así estos vientos, junto sus colaterales, están agregados al firmamento, uno está regulado por el otro en lo que concierne al calor, al frío, la sequía y la humedad, y todos ejercen adecuadamente sus funciones, como el hombre realiza con los brazos y las manos todas las obras que decide en su ciencia. Y como estos elementos del hombre distan en medida igual uno de otro, así los vientos están a distancia igual el uno del otro.

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