La tierra no es plana, sino redonda en toda su superficie, como nos indican las hinchazones de las colinas y las montañas que tiene por todos los lados. Esto es señal del curso desigual de la convivencia humana a causa de los muchos conflictos entre el alma y la carne a través de las virtudes y los vicios.

XC. La tierra tiene montañas y colinas y en su redondez no es llana, y sin embargo el aire la toca por todas partes. La tierra tiene por arriba y por abajo montañas y colinas como el ciervo lleva sus cuernos. El alma, que es el soplo mandado por Dios, detesta con furiosa intolerancia la avaricia, que es el cuello de la lujuria, porque a causa de estos dos vicios el hombre no puede tener costumbres pacificas y mansas ni hacia sí mismo ni hacia los otros. El alma ha sido introducida en el cuerpo para combatir junto al hombre a la confusión del diablo y a sus tentaciones, porque la lujuria le nace al hombre por instigación del Leviatán, que quiere tragar el mundo. Por su causa, la lujuria quiere contaminar las almas y atraerlas a si, como el avaro atrae al dinero. El hombre avaro y soberbio, al igual que la tierra está cargada de montañas y colinas y carente de llanos, agrava su posibilidad de pecar cuando abandona el temor de Dios como si no tuviera que ser juzgado por Él, entonces hace todo lo que quiere siguiendo los deseos de su corazón. Y como el aire no toca todas las partes de la tierra, sino que la toca según las características de la tormenta que descarga, así él, justificando las obras de la iniquidad, actúa injustamente según la vanidad de su corazón.
Pero el alma de este hombre afligiéndolo con sus fuerzas, hace que suspire a Dios por sus pecados, le obliga a cumplir con humildad obras buenas y santas sobre la tierra, destruyendo en él la montaña de la soberbia, aunque antes pecó con soberbia como si obrase bajo tierra. El alma obra el bien y el mal según las capacidades de su ciencia, y a causa de la gran aflicción que deriva de la soberbia, el cuerpo se queja: “¡Ay de mí, ay de mí!, ¿De dónde he venido? ¿Qué hago?, ¡sólo llanto puedo juntar a los suspiros, porque contamino mi ciencia con la podredumbre de los pecados!” Y con este llanto obliga al hombre a adorar Dios con estas palabras: “Ten piedad de mí, Señor, porque he contaminado mi alma con los pecados, cura las cicatrices de mis heridas, porque sólo contra ti he pecado. ¡Oh Dios mío!, ¡enséñeme más eficazmente a cumplir obras buenas y santas para que mi alma sea curada, porque la he perturbado mucho!” Sucesivamente, el hombre se inclina intensamente delante de Dios y disfruta del banquete de la penitencia en que sacia el hambre de su alma.

 

Como la superficie inferior de la tierra, casi como fosos de hierro, rechazan las aguas que la golpean y la circundan, así la fuerza del alma, como acero que forja el filo de todas las armas, tiene que corregir y mantener lejano el engaño y las calumnias del diablo.

XCI. La superficie de la tierra es redonda tanto por dentro como por fuera, y es resistente como el hierro frente a las aguas que se infiltran y corren alrededor. También el alma, que se esconde en el cuerpo, vuela con todos los sentidos del cuerpo con el pensar, el hablar y el actuar. Según sus indicaciones, actúa en el hombre con todas las criaturas, mientras otros espíritus existen solamente para alabar a Dios y no realizan obras. Los ángeles, en las alabanzas que dirigen a Dios, admiran las obras del hombre que es celestial y terrenal al mismo tiempo, por esto en el cielo se cantan sus alabanzas y con sus obras llena toda la tierra. La fuerza de su alma, que circunda el cuerpo y todas las obras del hombre, es parecida a la redondez de la tierra, y actúa según la naturaleza de la carne, o según su propia naturaleza. La fuerza del alma es como el acero, con el que todas las armas se afilan y endurecen, para que combata y venza los deseos de la carne, que penetran en su naturaleza, para que el hombre no perezca, y para no ser ahogada bajo el peso de los pecados. La fuerza del alma toma las armas y combate los engaños del diablo.

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