Otra vez habla sobre la comparación entre la tierra dura y blanda inhabitable por el calor o por el frío, y de dónde provienen los terremotos. Y como la misma tierra, si no fuera dura como hierro o acero en la parte inferior, se haría pedazos por el calor excesivo cuando el sol está alto y en el ocaso por el fuerte frío. También, sobre los múltiples modos de acordarse de la carne y el alma, según lo que se ha enseñado.

LXXXVIII La parte blanda de la tierra está unida a otra parte dura como el hierro, sólida en su dureza como si fuera de acero, por lo que no puede ser quebrantada o debilitada por el desbordamiento de las aguas que corren alrededor. Cuando el hombre abraza el placer de la carne, así habla el alma, en su naturaleza espiritual: “¡Oh, debilidad de los placeres de la carne, con los que yo aflijo y de los que soy afligida!”. Por lo cual, el hombre gime así sus pecados: “¡Ay pobre de mí, porque he nacido predispuesto a tantos pecados que no soy capaz de vencerlos por mí mismo!”. En cuanto se da cuenta de este quejido, el alma atrae al hombre hacia sí, castigándolo primero por sus pecados, y luego se entristece cada vez más, porque el hombre ha consumido las energías del alma en los placeres carnales. Acto seguido el hombre, si obra según la naturaleza del alma, se mortifica a si mismo absteniéndose de los deseos carnales, hasta desear verdaderamente alcanzar el cielo.
Así el alma del hombre toma el dominio del cuerpo donde no encuentre un corazón acartonado, lo mismo que la tierra dura y casi de hierro sustenta con su potencia a la blanda. El alma hace estable al hombre con la fuerza de la fe, como el acero, para que no se debilite, cercado como está de los males de las costumbres pecaminosas. La parte de la tierra dura, como de hierro, presenta montes y peñas y cuatro ríos que corren por la región oriental, los cuales no pueden partirla pero que a veces la mueven sin herirla. Este movimiento proviene del excesivo llamear del sol en aquella parte del firmamento en que surge, y si la tierra bajo él no fuera como de hierro o de acero, estaría completamente reducida por las grietas de este excesivo ardor, mientras que por la otra parte del firmamento, donde el sol se pone, se hendería por el frío excesivo. Estas partes de la tierra son inhabitables a causa del desmesurado calor del sol y el frío excesivo.
Por tanto el alma, que es de naturaleza humilde, siempre combate contra la soberbia del hombre y le dice: “¿Por qué subes tan alto, como si te hubieras creado solo? Si deseas existir o actuar por ti mismo, caerás como el primer ángel”. El alma, además, conoce y tiene el sentimiento de Dios, por quien ha sido creada como esencia espiritual, y comprende que nadie es parecido a él. Por eso detesta la soberbia, que está desprovista de alegría y quiere existir por si misma sin obedecer a nadie. De aquí que el alma diga a la mente soberbia del cuerpo donde ella mora estas palabras: “Todo lo que deseas es vano y tramposo, y lo que tú llamas honor es blasfemia, si crees poder subir para arriba sin la ayuda de Dios y los hombres, caerás”. Pero a menudo el hombre suspira por la tristeza que invade su alma, y alejándose de todas las obras de la soberbia sube a la altura de las obras santas de la humildad. Y por estas obras se sustenta y consolida contra los pecados, como la tierra se endurece con las colinas y los peñascos.
Entonces el hombre realiza las obras santas ayudado por los elementos, como si se hubiera transformado y vuelto a una nueva vida. Evita así ser burlado y condenado a muerte en presencia de Dios y los hombres, tal como la tierra no puede ser partida por los cuatro ríos con su fuerza. El alma, que es de la naturaleza del viento, influye en todas las criaturas, en el hombre por el corazón y las venas, cuando se entrega con el cuerpo al placer de los pecados, y después de que ha gozado en el pecado a menudo le hace llorar, y le transforma por tanto su seguridad en gran confusión. El hombre a menudo incurre en graves enfermedades, cuando todas sus entrañas interiores no siguen el camino correcto en hacer lo que él quiere, y así el alma se vuelve en el hombre como una tormenta, lo aflige al mismo tiempo, con los pecados y con la penitencia, haciéndolo sufrir en la penitencia tanto como ella ha sufrido con los pecados. El alma sustenta al hombre para que no desfallezca en el ardor del pecado y en la penitencia, como la tierra de hierro y acero sustenta la tierra blanda. Como es la energía vital del cuerpo, nunca se alegra de los pecados que comete, sino que siempre se aflige esperando poderse levantarse.
Entonces el alma lo aviva y lo consuela, para que tenga confianza en ser liberado con la ayuda de la gracia de Dios y no se arruine cayendo en el precipicio de la desesperación. De esto es señal la tierra, que no se hiende por el frío excesivo de occidente.
La tierra inhabitable por el exceso de frío o de calor, simboliza al hombre, que, a causa de la expulsión de Adán, vive como un peregrino en el pequeño espacio de la tierra habitable. No puede tener nunca seguridad y siempre está en combates y guerras entre los pecados y la penitencia, porque en este triste destierro no puede contemplar la plenitud de alegría de la patria celeste, si no solo dirigirse a lo lejos hacia ella, a la sombra de la fe. Cuando se da cuenta de no poseer ninguna seguridad, dice:

 

Palabras de David en el Salmo CI, en las que lamenta la fugacidad y brevedad de sus días.

LXXXIX. “Mis días se desvanecen como una sombra, y yo me seco como hierba”. (Sal 102,4) Esto se interpreta así: El hombre, a causa del pecado original, es ciego con respecto de los acontecimientos pasados y futuros. Por eso en su ciencia ellos son como sombras. También por eso, ya que no posee ninguna seguridad, se seca como heno, siempre cree que sus acciones son inciertas. Todos los días del hombre, una vez pasados, caen en el olvido, pero la vida eterna es estable y se renueva, como cada año el verano produce nuevos frutos.

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