En la espalda y en los costados del hombre se representa la superficie de la tierra, en los muslos y en las nalgas las colinas y las montañas, y la aspereza de la tierra dura e impenetrable se representa en sus regiones inferiores unidas a las regiones superiores, más blandas. De modo parecido las fuerzas del alma separan la suavidad de la carne de los vicios, para que decorada por las perlas de las virtudes suscite la admiración en los ángeles y la alabanza de Dios.

LXXXVI. La espalda y los costados del hombre indican las planicies de la tierra. El alma, que es espíritu operante, realiza con el hombre las santas obras y las virtudes excelsas por las que Dios es alabado por los espíritus angélicos. Ella es invisible para el cuerpo y lo gobierna en todo, del mismo modo que Dios, Creador de toda la tierra, es invisible para el hombre. Y como el hombre actúa con fuerza gracias al vigor de la espalda y los costados, así también el alma cumple todas sus obras con ayuda del cuerpo. En los muslos y en las nalgas se representan las alturas y las rugosidades de la tierra dura e impenetrable. Como los muslos cuelgan de los lomos y del vientre y permiten andar al hombre, y como las nalgas lo mantienen estable, así la parte inferior de la tierra, que es impenetrable, está unida a su parte superior, tierna y blanda, y la retiene con su fuerza como si fuera acero para que no se disuelva.
Del mismo modo, el hombre gobierna toda la tierra con la habilidad de sus artes y la voltea con el arado ora más profundamente, ora más superficialmente, así el alma con sus fuerzas y sus virtudes traspasa y dirige el cuerpo favoreciendo, unas veces, el placer de la carne, y con estas espesas energías del alma el hombre comete pecados graves y criminosos, u otras veces, pecados más leves, que no consisten en obras sino en pensamientos, cumplidos únicamente por el latido de las alas del alma.
El diablo, a causa del odio que tiene por su Dios, sugiere al hombre que se complazca en el placer. Todas las veces que el hombre se irrita, sale un humo por su cuerpo, porque el hombre no se irritaría nunca, si no hubiera probado el placer de la carne. El alma, que es inmortal, cuya separación supone la muerte del cuerpo, cumple todas las acciones siguiendo los deseos del cuerpo como el aire y el viento hacen germinar la tierra. Y el alma, no deja nunca de actuar en el cuerpo, lo mismo que el agua de un torrente, no se para nunca.
Todos los ángeles se maravillan del hombre que se engalana con el elegante vestido de las obras santas, porque serán sus compañeros en la alabanza a Dios. El alma sustenta todas sus obras, como los muslos y las nalgas sustentan a todo el hombre. Y como la tierra dura y profunda hace de soporte a la parte blanda y a los ríos, así las fuerzas del alma sustentan al hombre y están a su servicio, como los muslos y los lomos están unidos al vientre. Con sus fuerzas el alma sustenta las obras del hombre, igual que lo sustenta la espalda, y lo obliga a alegrarse en el bien y a entristecerse en el mal, y lo circunda de obras buenas y de muchas virtudes como de frutos y de perlas. Por lo cual Juan dice:

 

Palabras del apóstol san Juan, en el Apocalipsis, que contempla y describe la elegancia de la novia de Cristo, es decir del alma santa, y cita de David en el Salmo en que exalta la excelencia del hombre.

LXXXVII. “Y vi a Jerusalén, que bajaba del cielo, ataviada como una novia se adorna para su esposo”. (Ap. 21,2). Esto se interpreta así: la novia indica el alma santa y engalanada que se ha unido a Cristo, teniendo como dote su sangre, y se dirige como la novia al novio, porque el Hijo de Dios descendió del cielo en el vientre de la Virgen, donde edificó la nueva y santa ciudad de Jerusalén. Por tanto, los ángeles, que contemplan siempre el rostro de Dios, se admiran de las obras de los santos, que resplandecen a los ojos de Dios con innumerables adornos y que, subiendo hacia la Jerusalén celeste, edifican siempre nuevos tabernáculos, ante los cuales resplandecen como letras grabadas con oro.
Por eso resuenan con el sonido del salterio, de la cítara y del canto de todas las alabanzas. Dios ha creado al hombre para que ejecutara obras luminosas que resplandecieran en el cielo, para que los ángeles se maravillasen de las obras humanas, como se maravillan frente al rostro de Dios. Por eso ha sido igualmente escrito: “Lo has hecho un poco inferior a los ángeles, lo has coronado de gloria y honor, le has dado poder sobre las obras de tus manos” (Sal 8,6-7). Esto se interpreta así: Dios siempre está presente en los ángeles, que son su alabanza, por tanto por ellos es visto y conocido, mientras el hombre, que es criatura dotada de alma, lo conoce por la fe y no en su divinidad, pero Dios le glorifica, le honra y le embellece de muchos adornos, porque le ha creado para que obedezca sus mandatos y le ha puesto por encima de todas sus obras.

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