La tierra ha sido puesta en el centro del aire para resistir a las tempestades, y está templada por montañas y colinas, en parte calientes o frías, en parte caracterizadas por su excesivo calor o hielo, como una ciudad defendida por torres y murallas. De este modo el alma, en los múltiples conflictos en que combate contra los deseos de la carne, está guarnecida y defendida por la protección de las obras santas.

LXXX. La tierra pues, está en el centro del aire, como un panal entre la miel. Tiene muchas alturas en algunas zonas inhabitables por exceso de calor y en otras por exceso de frío, mientras otras partes son templadas, ni demasiado calientes ni demasiado frías. Estas alturas protegen a la tierra como las torres y murallas defienden la ciudad. Las colinas protegen a los valles, y las montañas defienden la tierra contra las muchas tempestades, por eso la tierra está circundada y fortificada de montañas y colinas como de un cinturón de murallas.
Esto significa que el alma, arraigada completamente en el cuerpo por orden de Dios, reconoce que está destinada a cumplir, junto con todas las criaturas, obras orientadas al cielo y obras terrenales. El alma comprende que Dios juzga las malas acciones del hombre, y también el alma sabe que las buenas obras del hombre son alabadas por todos los ángeles y santos de Dios, ya que él es soberano y emperador de todas las cosas en los reinos celestes y es libertador en las realidades inferiores, pues liberó al hombre asumiendo la mortalidad de la carne. Asimismo comprende que Dios, admirable en su ser, cumple con sus santos muchos milagros. Si el hombre peca siguiendo el gusto de la carne, a menudo es vuelto a llamar por el alma a hacer penitencia. Pero si alguien ha atropellado al alma pecando continuamente, el alma se queja en él con voz de llanto, porque el hambre de su naturaleza no se sacia nunca, y no puede tener ninguna esperanza de salvación en Dios.
Pero la gracia de Dios, llevando este hombre al conocimiento de sus pecados por la vía de la penitencia, lo sustenta, porque lo separa del mundo, y eso alegra mucho al alma. Y así las obras del hombre son parecidas a la tierra que el aire sustenta por arriba y por abajo, por todas las partes, y el alma está con el cuerpo como el aire con la tierra y como el panal entre la miel. Y como la tierra tiene alturas habitables templadas por el calor y el frío y otras extremadas e inhabitables, así el hombre realiza obras buenas, por las que es conducido a la patria celeste, y otras malas, por las que es conducido a los lugares de castigo.
Si luego el alma vence, superando la voluntad de la carne, por su naturaleza se alegra en las obras buenas, ya que es espíritu, y sirve a Dios en el amor de la fe como los ángeles que contemplan su rostro. Además, ya que los deseos de la carne se la oponen, obliga el cuerpo a realizar obras buenas y santas, y si lo vence en las victoriosas batallas de las obras buenas, se reviste y refuerza con estas mismas obras buenas como una ciudad con torres y murallas.
El alma es humilde, y a causa de la mezquina naturaleza de la carne por la que está oprimida tiene una voz débil como un quejido. Esta voz no permite nunca que el hombre que levanta la cabeza con soberbia conozca la felicidad completa. Y ése también, por la naturaleza de su alma, no puede probar tampoco la alegría en la penitencia, porque los propios pecados le molestan. El alma obliga al hombre a la verdadera ascensión, que es la humildad, para que no se pierda en las vanas calles de la soberbia.
El alma que sube al alto monte a través de la escalera de la humildad que es la morada de la Jerusalén celeste, continuamente aconseja al hombre que se aleje de la soberbia y cultive la humildad para no ser derribado por el engaño de la antigua serpiente. Porque, como las colinas defienden los valles de la lluvia excesiva, así la humildad defiende el hombre de los males. Y como la tierra es defendida de las variaciones del tiempo por los montes y colinas, por quienes está protegida y reforzada como por una muralla, así el alma gracias a las obras santas, que son fortificadas por la humildad como por una muralla, llegará a la patria celeste abandonando la confusión diabólica.

 

Cómo la tierra está en una posición tal que puede ser templada por todas partes por el sol, así el alma sumisa a Dios, empapada de la virtud del discernimiento, puede ser iluminada por la luz de la sabiduría.

LXXXI. La tierra se encuentra en relación al curso del sol en una posición tal que permite que éste la temple por todas partes. Así también el alma, que es templada cuando está junto a la sabiduría, gracias a las gotas del manantial que es Dios, impregna al hombre y hace que se mueva en los espacios abiertos del discernimiento y de los santos deseos, teniendo el conocimiento de Dios, y por su amor abandone el placer de los pecados. Y el hombre que actúa según los deseos del alma, es iluminado por ella con las obras santas, como el sol ilumina la tierra.

 

El hombre, hecho a semejanza de la tierra, tiene los huesos sin médula en el sitio de las piedras, los huesos con médula en el sitio de los árboles, y según la cualidad de sus costumbres puede ser representado por la dureza de las piedras o bien por la amenidad de un jardín florido o un huerto lleno de frutos.

LXXXII. La tierra es estable gracias a las piedras y a los árboles, y el hombre ha sido hecho de manera análoga, porque su carne es como la tierra y sus huesos que carecen del humor de la médula son parecidos a piedras, mientras los huesos que tienen médula son como los árboles. Por esta razón el hombre edifica su morada en conformidad con la misma naturaleza, con la tierra, las piedras y los árboles.
El alma además, es contraria a los deseos de la carne, constituye la razón de la estabilidad de todo el cuerpo, infunde al hombre sus energías y realiza junto a él todas sus obras. El hombre, a su vez, obrando según el deseo del alma, se convierte en un jardín en flor, en el que Dios conforta sus ojos. Cuando en cambio obra según la voluntad de la carne no resplandece delante de los ojos de Dios, como el sol cuando sufre un eclipse.
El hombre que ha cumplido obras buenas es comparable a un huerto lleno de toda fruta buena, lo mismo que la tierra que está reforzada y revestida por piedras y árboles. Cuando en cambio, a causa de la dureza de los pecados, ha cometido acciones malvadas, se halla infructuoso frente Dios como la tierra dura que no produce frutos. La carne del hombre significa la ciencia del bien, cuya suavidad produce frutos, mientras los huesos significan la ciencia del mal, que se endurece oponiéndose a Dios, por fin, los huesos faltos de médula significan las obras malvadas.
El alma, en realidad, obra en el hombre siguiendo los mandatos de Dios ya que, lo mismo que ha hecho el cielo lleno de alegría para los habitantes celestes y a los hombres les ha dado la tierra para habitar, así el alma cumple junto al hombre con alegría las obras buenas, que son de naturaleza celeste, mientras, quejándose de tristeza cumple las obras malvadas, que son terrenales. La ciencia del bien y la del mal equivale) pues a las entrañas del alma, con la cual enseña al hombre la humildad, madre de todas las virtudes, y controla con sus fuerzas al hombre en los pecados, de forma que nunca pueda cumplirlos con alegría. Y como el hombre planea según su voluntad la forma de la casa que quiere edificar, así el alma dispone en el hombre, en la medida en qué puede, todas las obras.

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