El ombligo se puede comparar también con la tierra que produce lodos y aguas estancadas contaminadas en los pantanos, ya que el calor, el frío y la humedad empujan los alimentos y los líquidos para la digestión en las zonas inferiores. De modo parecido el alma, arrollada por los placeres de la carne e implicada en acciones sórdidas, debe ser enviada a los lugares de castigo que están abajo, a menos que se limpie con los suspiros de la penitencia.

LXXVII. El ombligo, junto a las venas del corazón, del hígado, del pulmón y de todas las entrañas, viene en ayuda del proceso de la digestión del hombre, todos ellos se mueven por el soplo del alma, como el aire exhalado invade la tierra y alimenta sus energías. El ombligo se encuentra en los confines de los lomos, como la tierra, que produce continuamente barro y aguas estancadas contaminadas en los pantanos. Efectivamente el calor, el frío y la humedad que mantienen con vida al hombre están encerrados en el ombligo. Y la comida y las bebidas, de las que el hombre vive en la carne y en la sangre, después de haber fluido hacia abajo son evacuados como barro.
El hombre que actúa según el mandato de Dios junto con todas las otras criaturas gracias a las fuerzas del alma, es al mismo tiempo duro y blando, como la naturaleza de la tierra. En la blandura entristece su alma con los placeres de la carne, los cuales no consiente si predominan en el alma. Y lo mismo que el aire alimenta a todas las criaturas y permite el crecimiento, y el ombligo, junto a las venas del cuerpo, vienen en ayuda de la función de la digestión, así el alma, con sus fuerzas, invade, contiene y penetra todas las obras del hombre.
El alma está cubierta por las funciones del cuerpo, como el gusano se esconde en el subterráneo que cava en el barro, y como el barro está en movimiento por acción de los gusanos, que no son siempre visibles, así el hombre lleva a término acciones sórdidas movidas por el alma invisible. Y aunque el alma tienda a atraer hacia si toda acción humana como el anzuelo al pez, sin embargo se ve arrollada por el cuerpo, al punto de no poderle resistir en absoluto. Pero también es consciente que tendrá que ser castigada y condenada por los castigos establecidos por el juicio a causa de los pecados que el cuerpo la obliga a cometer, porque el alma lleva escrito todo el que el cuerpo ha hecho. Por esta razón por todo el tiempo que está en el cuerpo, el alma suspira de dolor porque, al igual que el ombligo se arraiga en los confines de los lomos, los pecados se arraigan en élla, y con élla son echados a los lugares de pena, como la comida es evacuada en el barro y como la tierra produce lodos inmundos.

 

Así como la tierra y el hombre reverdecen y florecen, la una en el verano y el otro en la juventud, y luego aquella en el invierno y este en la vejez se secan y marchitan, así reverdece el alma que queda en el cuerpo y lo obliga a servirla, subiendo de una virtud a otra en el cumplimiento de obras buenas y siguiendo el ejemplo del Hijo de Dios. Y luego, cuando ha salido del cuerpo, como adornada de piedras preciosas y en espera impaciente de recobrar el cuerpo en que se fatigaba, descansa en presencia de Dios.

LXXVIII. El hombre llega a su plena floración en la infancia y en la juventud, y posteriormente tiende a descarnarse a causa de la vejez como la tierra en verano se embellece de flores a causa de la energía vital y luego, en invierno, palidece a causa del frío.
Pero si el alma se impone al cuerpo, de forma que él consienta con simple corazón y buena voluntad y se alegre en las buenas obras como con una dulce comida, entonces el hombre exclama inundado de deseo celestial: “Qué dulces son para mi boca las palabras de tu justicia, más dulces que la miel”. Él vive entonces en la inocencia, sin la atracción de la carne, con la sencillez de un niño.
A un hombre como éste, el alma lo nutre a través de los propios deseos hasta que, subiendo de una virtud a la otra, adquiere siempre nueva fuerza y florece en las obras buenas, siguiendo los ejemplos que el Hijo de Dios dejó a los hombres, porque el alma, no contaminada por la maldad y la lividez de los pecados, se alegra en él y se embellece. Y como en el frío del invierno falta la energía vital y el florecer y el madurar de todos los frutos, así el hombre, a causa de la muerte, se separa de todas sus obras, buenas y malas. El alma del hombre, que en la infancia, en la juventud y en la vejez ha llevado felizmente a cabo obras buenas, sube a Dios junto con sus obras, resplandeciente y como adornada de piedras preciosas, y espera impaciente al cuerpo que realizó sus obras con ella, para poder habitar juntos en la morada feliz.

 

Qué significan, a propósito de las muchas pasiones del alma, la fuerza y la petulancia de los riñones y la fuerza de la tierra que, si es equilibrada, produce frutos abundantes, pero si no lo es produce frutos inútiles.

LXXIX. En los riñones, donde se difunde la fuerza y la fogosidad de la lujuria, se representa a la tierra con fuerza, ya que lo mismo que en los riñones radican las fuerzas de los hombres, pero también los impulsos inadecuados, así una tierra moderadamente fuerte produce la fertilidad de los frutos, mientras que si es fuerte en exceso produce a veces frutos inútiles, aunque muy abundantes. Todas las obras que el hombre cumple bajo el círculo del sol y la luna en las estaciones y en los meses, las conduce a término en la sabiduría, en la ciencia y en el discernimiento, gracias a las fuerzas del alma. Por el alma, que es de la naturaleza del fuego y del aire, hace el bien y el mal a semejanza del ciclo de la luna que crece y mengua.
Siempre gracias a las fuerzas del alma, que es de naturaleza celeste por su inteligencia del bien, el hombre piensa y actúa, y con la capacidad de discernimiento, que es propia de la racionalidad, discierne los tiempos de las estaciones y los elementos con que hace el bien y el mal, y atribuye el nombre a todas las cosas que conoce. Lo mismo que en los riñones se esconden tanto la fuerza de ánimo, como la debilidad, la prosperidad y la inutilidad, y lo mismo que la tierra hace brotar todas las cosas de que el hombre vive, útiles e inútiles, a causa del sol, de la luna y del aire, así esta fuerza reside en el alma para que el hombre produzca, gracias a sus energías, las cosas buenas y malas, útiles e inútiles.

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