Tal como la carne del hombre se perjudica si consume comida o en cantidad excesiva o en proporción menor de la necesaria, así también el alma también se perjudica si trata de ser más o menos rigurosa de lo que es justo. Y el estómago, asimilando las comidas puras y rechazando aquellas malolientes, representa al hombre que se alegra en los pecados, pero luego se purifica con la penitencia.

LXXV. Si se consumen comidas en exceso, la carne del hombre se enferma palideciendo de modo inconveniente, mientras si son inferiores a la necesidad, la carne se deteriora, pues el estómago es el justo organizador del consumo y eliminación de las comidas. Pero si el alma, con su energía ardiente, somete al hombre empujándolo a mortificarse por voluntad propia en la abstinencia de los deseos carnales, entonces, empieza a despreciar a los demás e hinchado de soberbia por sugestión del diablo, a menudo habla así: “Yo soy un santo y por eso tengo que ser honrado y alabado por todos”. La soberbia le ciega así los ojos del alma. Entonces, este hombre por la excesiva tristeza del alma no puede gozar y desear las cosas celestes y por eso el alma se queja, agitada: "¡Ay de mí, ay de mí! Cegada por el hedor de la soberbia no puedo divisar el deseo celestial que me hacía ver a Dios y me he dado cuenta de que por ella estoy desnuda”.
Por eso el hombre que actúa bien, no según la carne y la sangre sino según las fuerzas del alma con las que Dios conoce y siente su presencia, tiene que estar muy atento a no enorgullecerse por las obras buenas, para no perder las recompensas de la eterna beatitud. Lo mismo que si el hombre consume comidas en exceso o en medida inferior a lo necesario, enferma su cuerpo, así también el alma pierde sus fuerzas a causa de la soberbia y de la abstinencia excesiva, faltas ambas de discernimiento. En cambio, el alma que da vida al cuerpo y tiene la inteligencia de Dios en la Trinidad de su unidad, es un espíritu humilde y muestra su humildad en la niñez del hombre, que no conoce todavía la soberbia ni el odio ni el gusto por los pecados.
En esta condición también puede ser feliz mucho tiempo, mientras que el hombre no se vea empujado hacia los pecados por los deseos de la carne. Afligida por los pecados, el alma está siempre lamentándose. Ella no puede actuar nunca plenamente según los deseos de su naturaleza, encerrada como está en el vaso de arcilla de su cuerpo, puesto que la carne busca el destierro y el alma la vida. Pero ella también aflige al cuerpo, por cuyos pecados a menudo es afligida, poniéndole delante el espectáculo doloroso de los pecados repugnantes y malolientes, y se los hace reconocer en toda su tristeza.
El estómago, que consume las comidas para eliminarlas luego en el hedor, representa al hombre que se alegra en los pecados y sucesivamente, gracias a la penitencia, los pecados se convierte en una molestia.

 

Así como el ombligo es el centro de las fuerzas de todas las entrañas que se le adhieren, y la circunferencia de la tierra es el recipiente de todas las demás criaturas, así todas las acciones del cuerpo y el alma, sean buenas o malas, conciernen al alma. Hay gran distancia entre los que pecan por orgullo y los que pecan por negligencia.

LXXVI. Todas las entrañas del vientre se adhieren al ombligo como todas las otras criaturas lo hacen a la circunferencia de la tierra, porque el ombligo es el centro de las fuerzas del vientre, como la circunferencia terrenal es el recipiente de todas las criaturas. Todo esto indica que el alma, mediadora de todas las obras del hombre, en las obras buenas y santas no confía en ella misma, sino se alegra encomendándose a Dios, mientras que se entristece por la vergüenza cuando sabe que la vasija que la contiene está implicada en los pecados. Con esta tristeza, como si fuera un estímulo, el alma aflige a la vasija, es decir al cuerpo, por lo cual el hombre se queja y se dice a sí mismo: “¿Por qué mi alma me aflige tan profundamente por los pecados, en los que he nacido y de los que no puedo contenerme, puesto que espero enmendarlos antes del fin de mi vida?”. Consolándose así mientras peca, vive alegremente entre ellos como en el griterío de un banquete.
Por esto el alma, para la cual no es natural consolarse de este modo, se llena de tristeza, porque ella es vida que procede de la racionalidad divina que mueve al hombre como criatura que es. Dios, que se tejió con la misma humanidad de la carne virginal de María la túnica de la vil naturaleza del hombre, quiere particularmente la humildad, gracias a la que ha derrotado la soberbia y la maldad del diablo. El alma aguanta el hombre en el bien y en el mal como la columna sustenta la casa. Cuando un hombre se aleja de Dios, orgulloso de su misma santidad, comprende gracias al alma que es detestable a Dios y a los hombres, y siempre es ella la que, entristeciéndolo de este modo, no le permite conocer la alegría.
Muchos perecen por el orgullo de la santidad y pierden así la recompensa de sus fatigas, hasta que al llegar sus últimos momentos, empiezan a suspirar a Dios, teniendo pocas posibilidades de salvación. Pero a los que han pecado sin soberbia porque han oscurecido la santidad y han seguido los deseos de la carne, Dios les concede el perdón de muchos pecados, si por ellos suspiran haciendo penitencia. Muchos de ellos se vuelven luego santos, columnas de la Jerusalén celestial. En efecto, lo mismo que el ombligo es el centro de las fuerzas de todas las entrañas que se adhieren a él, así todas las obras, sean buenas o malas, se fijan en el alma que constituye la fortaleza de todas las obras.

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