Como la tierra, si floreciera dos veces el año y produjera frutos sin medida, se secaría y se reduciría a polvo, así el alma no podría realizar nada si permitiera sin medida todos los deseos y deleites de la carne. Y a semejanza de la tierra que da frutos de manera desigual, el alma, a causa de la misma variabilidad y por el conflicto con la carne, a veces se encuentra en ventaja y a veces en desventaja, y no logra alcanzar perfectamente en esta vida, ni la fe recomendada en el evangelio, ni la visión de Dios en el paraíso que en un tiempo perdió.

LXXIII. Si la tierra floreciera dos veces el año y produjera frutos sin medida, se secaría y se reduciría a polvo. Con eso se muestra que, si el alma permitiera sin medida todos los deseos y la voluntad de la carne, no podría realizar nada, ya que ella es un espíritu vivo, que penetra todo el cuerpo y lo vivífica tocándolo con su movimiento, como la respiración del aire vuelve fecunda a la tierra entera. Este aire es como el alma de la tierra, a quien toca con la humedad de su respiración haciéndola fértil. Y tal como este aire, cuya energía vital corresponde en el hombre a la sangre y su humedad corresponde al sudor, está en la tierra invisible e impalpable, así el alma, impalpable en el cuerpo, calienta la sangre y actúa de manera invisible en el cuerpo por la razón.
Gracias al alma el hombre comprende que tiene un Dios. Por eso, siempre ha habido ley, por él mismo o por obra de alguien más. Y esto es para él algo natural, porque el primer hombre aceptó los preceptos de la ley que poco después repudió, siguiendo el consejo de la serpiente. Y así, después de haber desobedecido el mandato de Dios, fue expulsado al destierro y ya no pudo habitar el paraíso, al que sin embargo, anhela entre muchos suspiros. Como el alma que, cuando es arrollada por el cuerpo, produce en su dolor muchísimo suspiros.
Pero si el alma sometiera al cuerpo a los deseos que le son naturales, con gran gozo se alegraría. Lo mismo que la tierra no produce igualmente sus frutos con frío que con el calor, así también el alma, al actuar bien y mal, produce obras desiguales. A partir de esta naturaleza, por la cual el alma a veces arrolla al cuerpo y otras el cuerpo supera al alma, el hombre no puede nunca poseer aquella fe pura que permite levantar una montaña y echarla en el mar, como decía el Señor a sus discípulos a propósito del grano de mostaza. Aquella fe en Dios que tuvo Adán cuando vio con sus propios ojos la luz invisible de Dios, con la que no dudaba poder hacer todo lo que quisiera. Pero después de que hubo desobedecido, ni Adán ni ningún otro hombre ha podido tener esta visión. Por esto el fiel puede fijarse en Dios solo con la vista interior del alma, en el espejo de la fe. Entonces confía de poder ser salvado por él, que lo puede todo. Es esta la fe por la cual muchos, mortificando los deseos de la carne, hicieron milagros.

 

Como las venas del corazón, del hígado y del pulmón asisten al estómago en la asimilación y en la expulsión de las comidas, ya que para el estómago sería nociva tanto la continua y excesiva plenitud como el ayuno, así el alma asiste al cuerpo en algunas obras, pero se perjudicaría a si misma si permitiera al cuerpo favorecer siempre los deseos de la carne.

LXXIV. Del corazón, del hígado y de los pulmones parten algunas venas como pequeños tubos, que asisten el estómago en la asimilación y en la expulsión de las comidas. De este modo el alma, que despierta al cuerpo con su gran energía cuando lo encuentra dormido, advierte la presencia de Dios en la multiplicidad de sus sendas. Y como las venas asisten el estómago cuando se llena y se vacía, así el alma asiste al hombre en todo bien y en todo mal. Por eso el hombre es, por ella, continuamente estimulada a pensar cómo dar principio y fin a la dureza de su malicia y a la suavidad del deseo carnal. Y como los vasos sanguíneos corren hacia el estómago, así el alma atraviesa todo el cuerpo con sus energías. Del mismo modo que sería perjudicial para el estómago estar siempre lleno o siempre vacío, así sería de prejudicial para el alma si el cuerpo siempre viviera en las delicias de los deseos de la carne, porque sus fuerzas se perderían en un apetito de los deseos de la misma naturaleza, como a menudo le faltan el juicio y la salud a quien no cesa nunca de pecar en la pesadez de la carne.

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