De qué manera se corresponden recíprocamente el estómago, el mundo y el alma. Se explica que Dios no quiere que al hombre le falten nunca las reglas de la ley. Que significan en él la vitalidad del verano, la aridez del invierno y el vasto espacio del mundo.

LXXI. El estómago, cuya sede está en el vientre donde las comidas se introducen y de donde se eliminan, se parece a un saco atado a las vísceras. Ello designa esta capacidad que tiene el mundo de llenarse con las criaturas que germinan y crecen. Cuando esta potencia se debilita, el estómago queda vacío. Significa que el hombre, que crece y disminuye como la luna, actúa en virtud del alma que está llena de todas las criaturas. Como la sangre está en las venas, así todas las obras del hombre están en el alma. Cuando el alma está saturada de buenas acciones, como ella desea, sube a la eterna morada donde se nutre del alimento de vida, pero cuando es devastada por las acciones malvadas desciende hacia el hedor y la putrefacción de las penas infernales donde perecerá. Dios, que ha dado su mandamiento a Adán, quiere que el hombre se someta a esta regla. Cuando el alma la observa recoge con alegría las obras de salvación, mientras es empujada en llanto hacia el destierro de la perdición cuando el hombre consiente en los deseos de la carne, al no observar el mandamiento divino.
Y como el estómago, que recibe y evacua la comida, está unido a las entrañas, así el alma actúa en el hombre junto a todas las criaturas, sea en subir hacia el bien, sea en descender hacia el mal. Y como las criaturas en verano florecen y reverdecen, y en invierno se secan y marchitan, así el alma florece y reverdece en la alegría de las obras buenas, mientras se seca y se marchitan en el dolor de las obras malvadas. Al estómago no le hace bien estar vacío, lo mismo que al mundo no le serviría su capacidad si estuviera vacío de las diversas criaturas. Su capacidad es la que dispensa las energías fecundas de la tierra, y nunca deja la tierra en estado de soledad y vacía de aquello que es necesario a su función de producir frutos. Si el mundo estuviera encerrado dentro de límites estrechos, carente de la posibilidad de dilatarse, no podría contener la plenitud de las criaturas que hay en el.
No sería bueno tampoco para el hombre tener una única ciencia, porque entonces estaría como vacío, sin poder empezar ni acabar ninguna obra, ni discernir la luz del día o las tinieblas de la noche. Sólo con las dos ciencias tiene el hombre su plenitud. Gracias a la ciencia buena, quiere a Dios por sus buenas acciones, y por la mala, aprende el temor del Dios, dándose cuenta de sus malas acciones.
El alma ocupa el cuerpo con la solicitud de un padre de familia en su casa, siempre atento para no ser despojado de sus bienes, ya que ella siempre tiene la preocupación de que el hombre, caído en el pecado, pierda la santidad de los deseos que ella produce. Cuando en cambio, cansado de sus pecados, el hombre se pone de acuerdo con el alma, élla llena de alegría le presenta con amargura todas sus culpas, y transmitiéndole el deseo del cielo, más dulce que un panal de miel, en muchos casos le devuelve a la santidad para conducirlo al reino de los cielos. Tal como el hombre moriría si su estómago siempre estuviera vacío, así el alma no podría existir sin estas dos ciencias, y lo mismo que el mundo se secaría si fuera privado de frutos buenos y malos, así también el alma estaría árida y vacía sin las obras que el hombre realiza gracias a las dos ciencias.
En realidad el alma dispensa al hombre todo lo que le corresponde, dirigiéndolo con el discernimiento sobre el camino derecho. Así, gracias a la bondad de Dios, de quien lleva su divina naturaleza, y también gracias a las obras santas que realiza junto al hombre, el alma confía en que tendrá su morada en la tierra de los vivos. Por la ciencia del bien, que permite el conocimiento del mal, reconoce la injusticia, y a pesar de que se vea obligada por el cuerpo a cometer a menudo el mal, si no tuviera esta ciencia del bien y del mal, sería como un fuelle sin herrero. Y como el mundo estaría privado de toda la plenitud de los frutos si no brotara gracias a su energía vital, así el alma estaría privada del honor y de la felicidad de las obras buenas, si no floreciera en la razón que le comunica la ciencia del bien y del mal.

 

A semejanza del aire que ayuda a la tierra a dar frutos, también el alma a través de sus energías mueve al cuerpo a cumplir cada una de sus obras. Si estas obras son siempre rectas, verá perfectamente a Dios, a los ángeles y a las almas santas, pero si en cambio han sido malas, carecerá de esta visión por su impureza.

LXXII. La mencionada capacidad del mundo contiene en sí el aire, que transmite a la tierra su fuerza vital con sus energías, y la hace fecunda, y cuando los frutos de la tierra están maduros los seca con el frío de los vientos. Aunque este aire reseque exteriormente la tierra con este frío, sin embargo en su interior la engorda, para que pueda brotar en verano. Pues el Creador de todas las cosas, que hizo de la tierra su lugar de trabajo, ha creado el alma, gracias a la cual el hombre realiza todas sus obras, haciéndola parecida a si, y que al igual que la santa divinidad es invisible al hombre. El hombre es la obra de Dios y ejecutará sus obras hasta al final de los tiempos. Pero después del día del juicio, cuando el hombre se haya transformado completamente en espíritu, entonces tendrá una visión perfecta de la santa divinidad, de todos los espíritus y de todas las almas.
Este alma es una energía fecunda, que comunica a todo el hombre su movimiento y la vida misma. Y como el hombre se cubre con un vestido entretejido de hilos, así el alma, se reviste de todas las obras acabadas junto con el hombre, como de un vestido. Y estas obras, sean buenas o malas la sirven de cobertura, de la misma forma que la sirve de cobertura el cuerpo en el que habita. Cuando se haya separado del cuerpo, las obras buenas resplandecerán sobre ella como un vestido todo decorado con el fulgor del oro más puro, mientras las obras malas mandarán mal olor como un vestido manchado de inmundicia. El alma, además, actúa junto con el hombre a semejanza del aire, que transmite a la tierra sus energías, gracias a las cuales es fecunda y hace madurar sus frutos, y seca la tierra con el frío del invierno. Sin embargo la tierra conserva en si el calor que le permite producir frutos, y así las energías del alma permiten a la infancia, a la adolescencia, a la juventud y la edad más avanzada, producir los frutos de las obras buenas y llevarlas a maduración. Pero si la vejez, en su debilidad, reseca en cierto modo estos frutos, la verdadera fe los conserva para conseguir las recompensas de la felicidad eterna después de la muerte del hombre.

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