Palabras de David sobre esta cuestión, y en que sentido deben ser entendidas.

LXVIII. “Subió el humo en su cólera y de su boca un fuego devorador. De él salían carbones ardientes”. (Sal 18,9). Esto se interpreta así: El hombre que al pecar se olvida de Dios provoca que caiga sobre él la cólera de la venganza de Dios, y sus pecados son juzgados delante de Dios con el juicio del fuego, porque, lo mismo que el fuego vuelve a encender el carbón apagado, así el fuego proporciona el castigo para quemar los pecados. El hombre mismo, gracias a la ciencia del bien y el mal, reconoce que deber ser castigado por sus malas acciones, y sabe que las obras buenas vuelan hacia arriba, encima de los querubines, en alabanza a Dios. Esta ciencia calienta la esperanza confiada que el hombre le tiene en Dios, y lo refuerza en el temor y en el amor de Dios.
Gracias a estas virtudes aparece la humedad de las lágrimas y se mantienen igualmente todos los bienes que tienen que ser llevados a la perfección en el hombre, de modo parecido al vientre que conserva la comida que ha recibido hasta que la evacua, gracias a la acción del corazón, del hígado y del pulmón. Todas las obras, sean buenas o malas, se le dan a conocer al hombre a través de la racionalidad del alma que es racional y aérea, acompañada de la fecundidad de la ciencia, del calor de los sentidos y de la humedad de la sabiduría. De forma semejante, el aire produce la fuerza vital, el calor y la humedad de todas las semillas de los frutos hasta que se produce su maduración.

 

La suavidad del vientre protegido por las costillas y por los huesos significa la suavidad de la tierra fecunda sembrada de piedras. Qué se quiere decir con esto respecto a las muchas cualidades de la vida humana, tomando como demostración un versículo del Salmo XVI que concuerda con lo expuesto.

LXIX. El vientre, sustentado por las costillas y por los otros huesos sin médula, representa la tierra blanda y fecunda salpicada de piedras. Este ejemplo muestra que el alma no tiene en su naturaleza el gusto del pecado, aunque cometa los pecados junto al cuerpo, en quien enciende el impulso de las acciones que el placer de la carne solicita, lo mismo que el viento incita a la tierra entera a la germinación. El alma controla el cuerpo en todas sus acciones, como la tierra blanda y fecunda es consolidada por las piedras que la salpican. Y tal como el niño de tierna edad puede hablar de los pecados que todavía no ha probado, y como Adán, antes de desobedecer, conoció el pecado pero no su sabor, así el alma, en el cuerpo que comete pecado, por su naturaleza no prueba el pecado para saborearle. El alma, que actúa en la santidad y en el bien, será gloriosa en la presencia de Dios en el reino celeste por los méritos de sus obras. Pero al alma que perpetra malas acciones solo la esperan graves castigos, consecuencia del juicio divino. Y así, el hombre beato es alabado en la presencia de Dios y los hombres por sus buenas acciones, y su alma es feliz, mientras que el hombre que se enfanga en las viscosas seducciones de los pecados va hacia una gran confusión en la presencia de Dios y los hombres.
Ese hombre huye de los otros hombres sudando de vergüenza por sus pecados, cuando se reconoce culpable, y se queja porque está destinado a la muerte y está desnudo del honor de la felicidad, dice: “Me cogieron como el león ávido de presa, o como un cachorro de león agazapado en su guarida”. (Sal 17, 12). Esto se interpreta así: cuando el hombre ha cometido pecado, está desnudo de toda beatitud, puesto que él mismo, por su misma voluntad, se ha despojado de toda forma de santidad, como el león arrebata la presa que quiere devorar. Y experimentando vergüenza por la confusión y miseria de sus pecados se esconde de los hombres, como el cachorro de león en su escondite, para que no se conozcan sus acciones. Así pues, cada acción del hombre consigue el premio en la gloria o el castigo en el juicio de Dios. Pero el alma, que se alegra en la santidad, se dirige a Dios con estas palabras: “Oh Dios altísimo, todas mis ofrendas son en alabanza tuya, porque yo solo, sin ti, no soy capaz de nada, sólo acreciento lo que enciendes dentro de mi a través de la gracia del Espíritu Santo."

 

Al igual que las flores caen cuando los frutos maduran y el hambre desaparece cuando se llega a la saciedad, del mismo modo el alma, cuando ha hecho penitencia de los pecados en los que languideció, como si tuviera hambre, se sacia por la justicia de Dios en el cumplimiento de las obras buenas.

LXX. El hambre, que exige la comida, corresponde a las flores que preceden al fruto. Cuando el vientre se ha llenado de frutos el hambre desaparece, como las flores caen cuando los frutos maduran.
Análogamente el alma, que es respiración de Dios y es como la habitación del tesoro de la justicia, en su continua búsqueda de la verdad ayudada por la ciencia del bien y el mal, comprende en lo íntimo de su naturaleza que Dios tiene que ser querido por encima de todas las cosas, porque proviene de él como una chispa sale del fuego. El alma hace brillar como chispas las obras del hombre, porque por ella el hombre está iluminado como por una chispa interna.
El alma le hace suspirar por las obras malvadas que cumple junto a ella en contra de la orden de Dios, y le aflige largo tiempo con el hambre de la justicia de Dios que élla lleva en sí, hasta que el hombre, reconociendo sus pecados, vierta por ellos lágrimas de penitencia. Si el hombre reprime sus pecados con la penitencia, el alma se siente saciada de justicia divina, y si después recoge alrededor de si las flores de las virtudes junto a las obras buenas, saciándose de ellas enseguida, deja de tener hambre, mientras que antes pasaba hambre en el dolor de las acciones malvadas. Entonces el hambre disminuye gracias a los frutos de las obras buenas, como cuando caen las flores.

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