La mujer depende del hombre para vivir debido a su debilidad. Está sometida al hombre y ha de estar siempre preparada para servirlo. Qué significa para la vida interior su vida en común.

LXV. La mujer es débil y se dirige al hombre para que cuide de ella, como la luna recibe del sol su fuerza. Por esto, la mujer está sometida al marido y ha de estar siempre preparada para servirlo. Pero es ella quien viste al hombre con la obra de su ciencia, porque fue creada de la carne y de la sangre, en cambio el hombre fue barro antes de ser formado, y por eso él, en su desnudez, se dirige a la mujer para que lo vista.
Todo esto significa que el placer de la carne mira hacia el deseo del alma con gran temblor, porque el alma a menudo le reprende y somete, sin, sin embargo, poderse separar de las energías del alma porque, así como la mujer se dirige al hombre para que cuide de ella, sirviéndole con temor, así el placer de la carne siempre mira en dirección del alma. Pero cuando el hombre, a causa del placer, desfallece completamente, gracias al deseo del alma que lo exhorta recobra de nuevo sus fuerzas, y medita por qué no desiste del vicio, puesto que ha sido creado por Dios en tan gran honor. De este modo el alma a menudo reconduce su cuerpo al amor de las obras buenas. Esta facultad de actuar diversamente es siempre interior al hombre, tanto si los ángeles se alegran junto a Dios por las buenas acciones humanas como si se levantan en cualidad de jueces de las malas obras en el juicio de Dios.
El alma es respiración que proviene del espíritu de Dios. Y enviada al cuerpo del hombre no puede hacer nada sola, pero cualquier cosa que el alma reclame, la enciende, con la ciencia del bien como si fuera fuego por su naturaleza, para lo cual tiene el conocimiento de Dios, y con la ciencia del mal, para lo cual tiene de él el temor, siempre alegrándose por las obras buenas y castigando al cuerpo por las malas.
Gracias a las energías del alma, el hombre vuelve a la vida de tal manera que, comprendiendo que las acciones cometidas según el deseo de la carne desvisten al alma de sus energías, le empujan por fin a las lágrimas, con las que el alma se reviste como si fueran una camisa.

 

Quien se haya limpiado de pecados por la penitencia, no se ha de avergonzar más, y quién se mortifica con ayunos y oraciones adorna su alma, como si vistiera un vestido de púrpura.

LXVI. Por todo esto, no se avergonzará más que sus pecados quien se haya limpiado de ellos gracias a las lágrimas de la verdadera penitencia como Maria Magdalena, que lloró a los pies del Señor. Y si, después de las lágrimas, mortifica la misma carne con ayunos y oraciones, adorna el alma como si vistiera un vestido de púrpura, gracias al que se esconden las cicatrices de sus heridas, que no se verán más. El alma le solicita continuamente al hombre el arrepentimiento, porque él tiene el gusto por los pecados y le pide ser revestida con el vestido de la penitencia, como la mujer viste al hombre con la sutil ciencia de su conducta. Por su parte, el hombre que se aleja de los pecados, que cometió para satisfacer el placer de la carne, y se dedica a hacer el bien con todo su empeño, adorna su alma de coronas de oro y toda clase de adornos. Entonces los ángeles exultan de alegría por el alma que fue una oveja extraviada, y ella se alegra con ellos.
Los vicios y las virtudes en realidad son fértiles como la mujer, porque el vicio produce los vicios y la virtud produce las virtudes. El hombre, que según la orden de Dios es fuerte y vigoroso, lleva a término todas sus obras, buenas y malas, junto a la mujer, que fue la primera que dio ocasión al mal pero gracias a la que, mas tarde, los mismos males han sido reparados.

 

Así como el aire hace madurar los frutos de la tierra con el calor y con la humedad, del mismo modo el corazón, el hígado y los pulmones calientan el vientre para elaborar y digerir las comidas. Dios consume con el fuego de su venganza las perversas costumbres de los pecadores.

LXVII. El corazón calienta el vientre, el hígado lo fortalece y el pulmón lo humedece, de modo que mantiene los alimentos recibidos hasta la evacuación. Como el aire, de quien anteriormente ya se ha expuesto que confiere el verdor, el calor y la humedad a todos los frutos, desde que brotan hasta que están maduros.
Asimismo el alma, que es racional y de naturaleza ígnea, envía la razón con el viento, tal como el fuego ardiente sin viento no produce su llama. En el círculo de la ciencia del bien y el mal, que todo lo encierra, el alma distingue, gracias a la razón, qué es lo que le gusta a Dios. También comprende que Dios, en su celo, quema completamente la mala costumbre de pecar, tal y como está escrito:

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