El espacio que va de la base de la garganta hasta el ombligo simboliza el aire. El aire, que penetra en todos los lugares vacíos y practica de varios modos su acción moderadora sobre la tierra para que entregue sus frutos, es comparada al alma, que vivifica el cuerpo entero y lo mueve para que cumpla sus obras.

LVII. El espacio que está entre la base de la garganta y el ombligo representa al aire que desciende de las nubes hasta la tierra y endulza con su virtud natural a las criaturas terrenales. En realidad el alma, que es chispa viviente y soplo racional emanados por la potencia divina, penetra el entero cuerpo con su fuerza vital, lo circunda de su amor, moviéndolo a cumplir todas sus acciones, y lo empuja a obrar junto a ella, aunque el cuerpo ha sido engendrado en el gusto de los pecados. El alma, descendida de lo alto de los cielos sobre la tierra, al hombre al que da vida le hace comprender que ha sido creada por Dios. Es parecida al aire que se ve en la zona intermedia entre cielo y tierra, porque por intermedio del alma, el hombre puede hacer el bien en las realidades superiores y el mal en las realidades inferiores.
El aire, en efecto, atraviesa todos los espacios de la tierra ejerciendo una acción moderadora: dónde la tierra es árida, la humedece, dónde es grasa, la contrae y consolida con el calor, dónde está húmeda, la seca, dónde es dura, la ablanda. Actúa así hasta la mitad de la profundidad terrenal, volteándola como con un arado para que reciba el calor y el frío, y la hace fecunda manteniendo el justo equilibrio. De manera análoga, cuando el alma advierte que su cuerpo es árido y falto de la fecundidad de las virtudes, se entrega a la aflicción y al luto, y empuja el cuerpo a los suspiros y a las lágrimas gracias a la ciencia de la razón y al espíritu de compunción, porque reconoce que sus obras son depravadas, y así hace reverdecer su cuerpo árido con la humedad de la gracia divina.
Pero si el hombre, suponiéndose colmado de fuerzas, intenta realizar obras más grandes de las que puede realizar, el alma, mide sus posibilidades, lo reconduce hacia atrás y dispone más ordenadamente sus acciones Y si este hombre vive en el olvido de Dios sintiéndose completamente seguro, el alma después de aterrarlo con el temor de Dios le hace salir de este olvido. Cuando en cambio, el hombre que va en busca de un dios extraño se endurece en la infidelidad, el alma le atormenta con inacabables tribulaciones angustiándole con que no podrá tener esperanza de salvación ni felicidad alguna. Con esta tristeza, el alma le reprocha y le reconduce por un mejor rumbo, y le hace suspirar por el verdadero Dios.
Así pues, gracias al alma, que es chispa viviente y vida que viene de Dios, el cuerpo es reconducido a la esperanza del perdón, a discernir el valor de cualquier acción y a deshacer las consecuencias. Y después de haber abandonado el error de la doblez, se le lleva de nuevo a la línea recta de las obras buenas, como agua que fluye en su lecho siguiendo ordenadamente su curso, y sucesivamente adquiere fuerza con el buen vivir y el temor de Dios. Un calor dulce acompañado de ligero frescor transmite humedad a la tierra y la hace fecunda en los árboles, en las hierbas, en los cereales, de modo que todas estas criaturas reverdecen a causa de la humedad. Análogamente el alma, en el calor dulce de la fe y en la invencible fuerza de la paciencia, conforta al hombre para que tolere todas las injurias, y lo convence para rehuir las obras que realizó anteriormente, cuando no vivía correctamente, y en las que no está permitido permanecer. Así hace también florecer el hombre, fecundo en obras buenas y santas virtudes.
El mismo aire deja caer a veces también sobre la tierra el frío en forma de nieve. La nieve reviste todo, y gracias a eso la tierra se calienta para poder brotar. De este modo se da frío a la superficie, para preparar el interior a cumplir su función de fecundidad y producir semillas. Y por fin transmite de nuevo la fuerza vital a los frutos de todas las plantas que ha hecho brotar. El alma regula en el hombre el placer de sus acciones, con lo que lo obliga a girar como un molino, porque ella es el aire que hace fluir la sangre, gracias a la cual el hombre está provisto de sentido e intelecto. El alma también hace rezumar sudor a la carne, por cuyo calor el hombre posee el sentido, y por cuyo humor frío y húmedo posee el intelecto. Por eso todos los frutos de sus obras están fundados sobre la sensibilidad y el intelecto.

 

Las aves necesitan del aire para volar y algunos peces pueden sobrevivir en el agua por algún tiempo sin alimentarse. Del mismo modo el hombre, siguiendo los deseos, no de la carne sino del alma, tiene que volar en la contemplación y alimentarse de la dulzura de las escrituras.

LVIII. Ciertos pájaros de gran fuerza, alcanzan durante su vuelo este aire, para encontrar allí fuerza. Y cuando a veces este aire baja al agua de los ríos, proporciona a algunos grandes peces un sostén tan fuerte, que pueden sobrevivir sin alimentarse por algún tiempo.
Análogamente el alma, cuando consigue el consentimiento del cuerpo, vuela hacia las alturas del cielo como un pájaro en el aire, y como el pájaro no puede volar sin aire, así tampoco el cuerpo se mueve por él mismo, sino por impulso del alma. Y cuando a veces el hombre consiente en los deseos del alma, entonces se quema todo en el amor de Dios. Y así, volando día a día en la alegría de la felicidad eterna, se deleita en la fe contemplativa y en la sabiduría de las santas escrituras, de cuya dulzura se alimenta y se sustenta como de manera invisible, así como este pez que, confortado por el aire y por el flujo de las aguas, puede vivir por algún tiempo sin alimento.

siguiente>>