A través del pelo, que adorna la cabeza con elegancia, se simbolizan externamente el rocío y las gotas de lluvia, con las que la tierra es fecundada y revestida elegantemente de hierbas y de frutos. También simbolizan interiormente el respeto a la inocencia, a la castidad y a la humildad, por lo cual el alma resplandece delante de Dios.

XLVI. El pelo, que cuelga de la cabeza, representa las gotas de lluvia que descienden una por una de las nubes y que, al regar toda la tierra la hacen verde y fecunda de frutos. Análogamente el alma, enviada por Dios al cuerpo mortal e imperfecto del niño, lo vivífica y le hace desarrollar sus fuerzas. Y así el alma se mantiene en la natural simplicidad, muy engalanada, como revestida del elegante vestido de la inocencia, porque se aleja de todos los vicios que son como tempestades y produce la fecundidad de las virtudes al igual que en la tierra, los frutos brotan de las semillas gracias a la dulzura de la lluvia. La inocencia, en efecto, es una reina revestida con vestido de oro, por lo cual se entiende la castidad, cuya virtud ella multiplica como la lluvia. El origen de la castidad es la humildad. Estas dos virtudes, unidas y juntas en el hombre, hacen repicar el cielo de alabanzas y llenan la tierra de ejemplos de virtud y santidad.

 

Por que razón sobre la cabeza de algunos hombres los pelos se mantienen con la misma fuerza y no se desarraigan, mientras debilitados por la calvicie se caen de la cabeza de otros. Esto simboliza, en lo exterior, el sentido de la fertilidad y la esterilidad de los frutos de la tierra, y las virtudes del alma en lo interior.

XLVII. El hecho de que algunos hombres no pierdan el pelo de la parte alta de la cabeza y que se mantengan fuertes hasta el punto de no poder arrancarlos depende de que la carne de estos hombres esté húmeda con los humores que nutren el pelo como la tierra bien regada produce gran número de hierbas. Con eso se muestra que el alma, gracias a sus energías, acrecienta las virtudes de las buenas obras en aquellos hombres que escuchan la palabra de Dios con mente devota y, gracias a la inspiración ardiente del Espíritu Santo, emiten frecuentemente la humedad de las lágrimas entre suspiros y el deseo de las cosas celestes.
Su santa intención fructifica con alegría, como la fertilidad de la buena tierra. Del mismo modo, cuando el cuerpo está conforme con el alma en las obras buenas, ya en esta vida exulta y es feliz en Cristo, consolidada por la dulzura de su caridad continúa en santa perseverancia, sin secarse y sin venir a menos por estar vagando entre los vicios espirituales o carnales.
En cuánto a aquellos a quienes se les cae el pelo hasta volverse calvos, esto ocurre porque su carne está seca por el calor. El calor llega hasta la punta del pelo, y lo hace caer poco a poco, uno por uno, cuando no tienen humedad. Al igual que la tierra sin humedad se seca y aridece y se despoja del verdor de las hierbas, así los hombres que viven en la dureza del olvido de Dios, que no consienten hacer la voluntad de su alma ni por las admoniciones del Espíritu Santo, ni a causa de doctrina o consejo de los doctores de la fe, se parecen a una tierra árida que no produce fruto por aridez y falta de humedad. Todas sus obras se conforman a la voluntad de su deseo y no a la naturaleza del alma. Por lo cual, oprimidos por la cantidad y variedad de sus pecados, no tienen ninguna esperanza de santidad que los haga inclinarse a las cosas celestiales, y en las cosas terrenales ni siquiera desean ser útiles a los hombres con su ayuda. A estos hombres les falta el calor que viene del fuego del Espíritu Santo y carecen de aquel discernimiento que es la madre de las virtudes, y por eso lo que antes les gustaba ahora les desagrada, a causa de la inconstancia de sus costumbres. Están privados pues de la estabilidad de las santas virtudes, como la cabeza está privada de sus cabellos.

 

Qué indica con respecto a las muchas acciones del alma la posición del hombre que tiene el rostro vuelto a oriente, la espalda a occidente, a su derecha tiene el sur y a mano izquierda el norte.

XLVIII. El hombre, vuelto a oriente, mira a oriente como hace el occidente, y tiene los brazos separados. Tal como el sur y el norte están separados entre sí, él extiende su brazo derecho al sur y el izquierdo al norte. De este modo, también el alma, obrando en el hombre con sus fuerzas y con los cuatro elementos, en la ciencia del bien y el mal, mira hacia oriente con la ciencia del bien, y hacia occidente con la ciencia del mal. Por esto el hombre, inflamado en la ciencia del bien, abrasado por el fuego que es Dios, vuela con el viento del sur a la perfección de las obras más santas, mientras que si hace obras malas se le castiga en proporción a los pecados cometidos, en los lugares de pena del norte. El alma que da la sensibilidad al cuerpo, también le comunica al hombre por sus energías, el frío y el calor, por lo cual el alma siente el calor del sur y el frío del norte, como podemos constatar en la respiración que el hombre emite, que puede ser caliente o fría según su voluntad.
También en la criatura que discierne por la vista, el hombre puede obrar con el alma el bien o el mal según quiera la carne. Y cuando el alma obra bien por temor y amor de Dios, actúa en la parte derecha del hombre. Si la ciencia del bien supera a la del mal con la ayuda de la gracia de Dios, significa que la mano izquierda ha sido dominada por la derecha, que tiene más fuerza. Este alma, soplo procedente de Dios, que vive invisible en el cuerpo, en el momento en que lo empuja a cualquiera acción no se reconoce a través de la vista, sino en virtud de la razón, lo mismo que no se ve el viento, pero se siente por el ruido y el movimiento del aire. La ciencia humana no puede comprender ni entender estas realidades.

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