Como y de dónde se forman los dientes en los niños, y porque a veces causan tan intenso dolor. Sentido de este suceso en nosotros.

XLIII. Cuándo el niño está en su tierna edad, un líquido baja de su cerebro a las encías y junto con algunos otros humores produce en ellas pequeñas cuevas, en las que se esconde hasta la madurez, como las florecitas en el curso del invierno quedan escondidas en las ramas de los árboles. Pero cuando luego fuerza de la sangre y calor se reaniman, como si en él llegara el verano, el mismo líquido junto con los otros humores, se consolidan por el calor de la sangre y provocan la erupción de los dientes. Así, al llegar el calor del verano, las florecitas empiezan a brotar sobre las ramas de los árboles.
Por tanto, antes que los dientes broten, el niño está afligido por algún tiempo, con un intenso dolor en las encías, perforadas por el líquido cerebral y por los otros humores. Pero luego, después de que la infancia ha pasado y ya se ha estabilizado en la plenitud de su sangre, cuando la santidad del alma empieza a venir menos a causa del placer carnal, se entrega a la lascivia. Por eso el hombre en la juventud tiene que mantenerse bajo el gran control del temor de Dios.
Así el alma domina al cuerpo mientras el hombre, dudoso, medita sus opciones, qué hacer y qué no hacer. Pero sin tardanza el alma se encuentra atada y como prisionera en el cuerpo, y cuando el hombre comete el mal por el placer del pecado producido a causa del calor de la sangre, también ella, aunque de mala gana, realiza junto al cuerpo que le pertenece cosas contrarias a la misma naturaleza.
Y lo mismo que el calor del verano lleva a la madurez las semillas de la tierra y los frutos de los árboles, así el hombre, atraído por las delicias de la carne a causa del calor de la sangre, no desiste en llegar al límite para satisfacer cualquier vicio.

 

Los dientes, que desmenuzan y mascan las comidas con que el hombre se alimenta, están hechos a semejanza de un molino. Cómo el alma en su interior imita estas características.

XLIV. Los dientes, que desmenuzan y mascan todas las comidas, con cuyas energías se alimenta el hombre, están hechos a semejanza de un molino, que se pone en movimiento con el empuje de las aguas y produce calor con el movimiento circular de la piedra. En efecto, el hombre ablanda la comida con la que se alimenta partiéndola con los dientes, así también su alma cumple con ardiente pasión cuanto él elige hacer según su propia voluntad. El hombre recibe del alma el sentido y el gusto para llevar a término cualquiera actividad tanto buena como mala, y lo instiga apasionadamente mientras los pensamientos giran como si fueran un molino, lo mismo que como el fuego arde más cuando lo inflama el soplo de los fuelles.
Así el alma obra en los cuatro elementos de los que el hombre está hecho. El hombre necesita todos ellos para obrar con su capacidad racional, mientras da vueltas a los deseos del corazón, como el molino construido artificialmente gira veloz por la fuerza de las aguas. Y como el molino a menudo es conveniente y cuidadosamente reforzado por su artesano para que mantenga su velocidad de giro, así el alma, todo el tiempo que permanece en el hombre, es empujada al bien por la gracia de Dios. Otras veces, sin embargo, por sugestión del diablo, se introduce en ella el perverso placer y el consentimiento en el mal.

 

El mentón, la garganta y el cuello tienen varias funciones del cuerpo, indican las muchas acciones de las nubes en el mundo. También en el alma aparecen los múltiples efectos de las virtudes.

XLV. Con el mentón, que es casi tan curvado como un arco, el hombre puede levantar la cara; con la garganta, que recibe toda la energía del alimento y lo introduce en el vientre bien regulado; y con el cuello, que sustenta toda la cabeza con su fuerza, se indica la diversidad de las nubes. En efecto, algunas nubes, cargadas por el peso de las lluvias, se inclinan bastante hacia abajo, mientras con el tiempo sereno semejan sonreír como los elementos superiores. Otras nubes, rozando la tierra con la fuerza del aire, la hacen templada, de modo que produzca gran riqueza de frutos, útiles a todas las otras criaturas. Finalmente otras nubes aglutinan todo lo que gira en el firmamento, sustentándolo a manera de columna.
El hombre que confiadamente concibe esperanzas cuando tiende su alma hacia Dios, con los dos ojos de la razón, es decir con la ciencia del bien y del mal, conoce la patria celeste y las penas infernales, porque con su rostro, que gracias al mentón se levanta hacia arriba, observa todas las cosas visibles y considera sus cualidades gracias al intelecto. Como, en efecto, el hombre, en virtud del alma, tiene el discernimiento de cada cosa, dispone estas cosas para que todo sea hecho honestamente frente a Dios y a los hombres, del mismo modo que la garganta transmite al vientre en justa medida la comida que recibe para mantener sus fuerzas. Y así, la verdad y la fe pura confortan al hombre para que el alma pueda mirar dignamente a la sede del verdadero Salomón, que es Cristo.
En efecto, la fe disipa todos los pensamientos que tienen origen en el pecado. Y con los suspiros del alma dirige al verdadero soberano todos los pensamientos que proceden de hombre en la sencillez de la verdad. La fe, además, como virtud fuerte y verdadera, sustenta todas las demás virtudes, igual que el cuello sustenta la cabeza. Y lo mismo que las nubes sustentan como una columna todo lo que gira en el firmamento, así, por la perseverancia en el bien mantiene en los hombres la práctica de las obras buenas y santas que edifican la Jerusalén celeste. Los incrédulos en cambio, indignos ante Dios, al apartarse de la fe, cumplen perversamente sus obras en la incredulidad, como la comida digerida es evacuada con hedor y son enviados merecidamente a las penas infernales.

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