Las cejas, creadas para proteger a los ojos, representan el recorrido de la luna, sometida a crecer y menguar cada mes. De manera parecida la constancia y la seguridad del alma tienen que ser conservadas en el temor de Dios, tanto en la prosperidad como en la adversidad.

XXXVIII. Las cejas del hombre corresponden al recorrido de la luna. Tiene dos vías, por una, la luna se ampara en el sol para restaurar su propia naturaleza, por la otra vía vuelve hacia atrás después de haber sido encendida por él. Las cejas son defensa y amparo de los ojos, como la luna es protección y alimento de las estrellas. Porque, mientras comienza a crecer encendida por el sol, recibe fuego tanto de las estrellas como del sol, y de este modo los ayuda a rebajar el exceso de fuego, y mientras mengua aporta fuego a las estrellas pero no al sol, porque este, como un príncipe, se mantiene siempre en la misma condición.
De este modo el alma infunde en el hombre constancia y seguridad, para que tenga temor de Dios, y estas dos virtudes son para el hombre el camino a seguir, porque, temiendo a Dios, el hombre a veces encuentra la prosperidad y a veces la adversidad. En ambos casos es necesario andar con rectitud, sin engreírse en la prosperidad ni abatirse frente a la adversidad. Por eso, cuando el hombre está defendido por el espíritu de fortaleza, se muestra resistente en toda circunstancia. Estas virtudes hacen que la intención del hombre tenga protección, lo mismo que el temor de Dios es fundamento y escudo de las demás virtudes. En efecto, cuando el temor se reviste de fortaleza, reúne en si todas las otras virtudes y las muestra protegidas por la fortaleza y el temor, y hacen que el hombre se adhiera a los deseos celestes tanto en la adversidad como en la prosperidad.

 

Las funciones de la nariz, de la boca y de las orejas. Cual es su utilidad en el hombre. Qué significan sus diversos papeles en relación con los elementos del mundo externo y con relación a la interioridad del alma. Sobre el deber de seguir en todas las cosas los ejemplos de los justos.

XXXIX. La parte que va de la nariz a la garganta se corresponde con el aire húmedo acompañado con el aire denso, blanco y luminoso. La nariz representa el aire que mueven las aguas. La boca evoca la humedad que corresponde a la razón. Las orejas manifiestan en cambio el ruido y el sonido de esas mismas aguas, que se derraman del modo debido con el viento del aire húmedo y la subida de las nubes.
El oído que está en la oreja suscita movimientos en el hombre, del mismo modo que el sonido de las aguas superiores penetra los elementos. La boca, que es instrumento de la racionalidad, se empapa de humedad, igual que las zonas superiores se mojan con la humedad de las aguas que se han dicho para que no se sequen. Las narices se saturan de olores, igual que el aire pone en movimiento a las aguas.
El hecho de que la nariz en el punto más alto de su longitud apunte para arriba significa que este aire, que está húmedo, transmite sus humores a la pureza del éter que está sobre de ella y al ardor del fuego superior, y a cambio recibe de estos elementos equilibrio de fuerzas, para no disiparse y disolverse refluyendo en todas las direcciones. Por la nariz se purifican el cerebro y las venas, porque también los elementos a veces, al agitarse se purgan abundantemente con humedad y humo. En efecto, como ya se ha dicho, el éter puro está invadido por la humedad del aire húmedo, lo mismo que la penitencia se ilumina con las obras y los ejemplos de los justos y lo mismo que el oído que está en las orejas, donde las palabras resuenan, comprende los discursos de la ciencia. También el aire del olfato y la humedad de la racionalidad que está en la boca, se unen en una sola cosa. Del mismo modo que el agua fluye y resuena al mismo tiempo e invade toda la tierra con su humedad, análogamente el aire húmedo impregna los elementos superiores. La respiración del alma sigue un camino recto por la nariz y por la boca, no sube y no baja más allá de sus límites, lo mismo que el aire húmedo mantiene sus recorridos en el modo establecido.
Todas estas cosas indican que el alma, regalo de Dios al hombre, con el intelecto que distingue el buen olor, aprecia intensamente los ejemplos de los justos que la comunicación de otro transmitió al intelecto con la fecundidad de las palabras, y luego sacude las profundidades del corazón hasta el punto que, invadido por la gracia del Espíritu Santo, retiene con todo deseo el olor de las virtudes. Por esta razón la templanza, al recoger el perfume de la beatitud y al considerar las obras que los fieles llevan a cumplimiento, ya sea perseverando en el bien, ya sea alejándose del mal gracias a la penitencia, las confía a la potencia de Dios para que no se disuelvan por falta de moderación. Porque la ciencia del hombre, purificada por la perfumada templanza, lo hace resistente en el bien en todas las circunstancias. Por otra parte, cuando se pronuncian palabras verdaderas y santas para edificación de los fieles a menudo se suscita la penitencia con auténticos gemidos. La virtud de la justa moderación debe encontrarse en ellas, para que el hombre pueda disponer en orden al bien todas sus obras y levantar la mirada a las cosas celestes sin exceder su medida, pero avanzando bastante en la rectitud, con alma y cuerpo, a ejemplo de los santos.
Como en el aire húmedo hay un soplo que, cuando desciende sobre la tierra con la humedad del rocío, regula la fecundidad y el secarse de los frutos, la fecundidad en verano y el secarse en invierno, y como de este soplo reciben fuerza los frutos de la tierra, así por la boca se nutre todo el cuerpo del hombre. Y lo mismo que el mundo se ilumina gracias al resplandor del sol, igualmente todos los vientos de las zonas superiores se producen y regulan por aquel soplo. De manera parecida la penitencia surge a veces en el corazón de los fieles gracias al ejemplo de los justos, y producen en él la fecundidad de las obras buenas y el secarse del mal. Y es como si deseara el bien si fuese verano, y si fuese invierno despreciara el mal, por lo cual, alegrado y nutrido de este modo por estos frutos de justicia, siempre estará absorto en los deseos celestes.

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