Así como el hombre está reforzado por los ojos y los demás sentidos, y el cielo está iluminado por el sol, la luna y las estrellas, que alternándose lo socorren con su luz, así las obras de la verdadera penitencia iluminan el alma, y los suspiros y lágrimas lavan las culpas.

XXXV El hombre, además, ve con los ojos, huele a través de la nariz y gusta a través de la boca. Del mismo modo, gracias a la energía del sol y la luna, algunos rayos provenientes de las estrellas más altas, que tienen por misión ayudar al sol y a la luna, son enviados alguna vez hacia el resto de astros, y así una luz está vivificada por otra.
El alma, pues, cuando ve obras malvadas y deshonestas, se entristece, y cuando las ha conocido por referencias, suspira como sintiendo su mal olor, y cuando las ha probado en el cuerpo, como a través del gusto, hace desatar en llanto al hombre y con su ciencia le inspira arrepentimiento, suspiros por el conocimiento de los pecados y lágrimas por sus efectos.
La penitencia ilumina al alma, y los suspiros y lágrimas forman parte de ella. La penitencia rápidamente lava las culpas en el hombre. Los suspiros y las lágrimas que se producen con ella están al servicio de la verdadera penitencia, como también las otras virtudes que vivifican gracias al espíritu de fortaleza y temor de Dios iluminan eficazmente al hombre de fe.

 

Así como la cabeza es sustentada por el mentón y las zonas superiores lo son por las nubes, y así como los huesos en el hombre se consolidan por el fuego y la médula se coagula con el frío, y así como en el mundo, la tierra se cultiva en verano y en invierno para que dé frutos, de la misma manera las mentes de los fieles se fortifican con el fuego del Espíritu Santo y el rocío de la contrición, mientras que se debilitan por la inercia del error y la negligencia.

XXXVI. Todo lo que está situado en la cabeza del hombre se mantiene junto por el mentón, igual que todos los elementos de los que se ha hablado están sustentados en su lugar por las nubes, lo que quiere decir que las mentes de los fieles alcanzan estabilidad al obrar el bien, y logran los bienes celestes perseverando en él. El calor corresponde en el hombre a los huesos y el frío a la médula, porque el alma cuece con el fuego los huesos y la médula se coagula con el frío que se induce en su cuerpo. Así el verano y el invierno ponen a prueba toda la tierra, de modo tal que sus frutos son coagulados en la semilla bajo tierra a causa del frío del firmamento, y se deshacen a causa del calor. En efecto, el calor del sol y la humedad de las aguas se unen y se mezclan en las nubes de modo que cada fruto de la tierra se regula y fortifica por ellos. El calor del sol y la humedad de las aguas, cultiva toda la tierra, y la hacen productiva y perfecta, como el alfarero en el torno modela a la perfección sus vasijas. Ambas fuerzas se unen una a otra y con las nubes, de manera tan indisoluble, que nunca, antes del día del juicio, se consumirán o se separarán entrando o saliendo o dispersándose por aquí y por allá.
También el alma en el hombre se fortifica para cumplir el bien gracias al fuego del Espíritu Santo, mientras que se debilita con el frío del entumecimiento y la negligencia. El fuego de la fortaleza y el arrepentimiento de la mente del hombre, uniéndose el uno a la otra, producen buenos frutos en el hombre, lo fortifican para toda obra fructuosa y lo disponen para que no se aleje nunca del servicio y del amor de Dios. Y si el hombre cae en la desgana, en el aburrimiento nacido de los pecados, esta misma desgana frenará sus pecados lo mismo que el fuego se ahoga a causa del humo denso y no puede arder con toda su fuerza. Pero cuando las energías del alma arrancan del espíritu del hombre el deleite de la carne, entonces los suspiros por la patria celeste se entrelazan en el hombre, como la abeja fabrica el panal junto con la miel en el mismo recipiente. Donde también se ve que la verdadera humildad dirige las obras nuevas y antiguas del hombre, y las mezcla unas con otras, para que el calor de la soberbia no las encienda ni las queme, secándolas.
Así el fuego del Espíritu Santo y la humedad de la humildad llevan a perfección a las virtudes fecundas en el habitáculo del Espíritu Santo que la sabiduría ha elegido para morada. El hombre recoge en si estas virtudes que están frente a la mirada de Dios y sus ángeles, como si fuera el perfume de todos los aromas, y ya no las abandona.

 

De nuevo habla sobre la utilidad de los sentidos en el hombre y la función de los astros en el mundo. El engaño del diablo con el que llevó al error a Eva y transmitió el pecado original a toda su descendencia, se compara con una niebla que se levanta del aire maléfico y cubre la tierra, perjudica los frutos e impide a la vista discernir la pureza del día.

XXXVII. La vista sujeta y dirige el oído, olfato, y la racionalidad de la boca y el tacto, para que el hombre pueda conocer qué son las cosas y de qué manera están hechas, del mismo modo que toda la estructura del firmamento está ordenada e iluminada por el sol, la luna y las estrellas. Con los ojos el hombre ve lo que después entiende con la ayuda de la sabiduría, y estas cosas las aprende por el oído, el olfato y el gusto. En cambio, lo que está encerrado en su corazón lo conoce gracias a la ciencia, pero no lo ve con los ojos. También el engaño de la serpiente estuvo oculto, y se manifestó cuando la serpiente interrogó a Eva por primera vez sobre lo que ella no conocía, y la engañó porque ella, en un principio, era inocente. Así, todo lo que empezó con el primer pecado original proviene del engaño del diablo, y se parece a una niebla que se levanta del aire maléfico, y cubre toda la tierra de modo que no pueda verse la pureza del día, niebla que corroe las obras de la sabiduría como si las despreciara. Así, el engaño no tiene ni alegría ni felicidad, y no encuentra quietud de ninguna parte.
Estas cosas indican que todos los sentidos humanos se vuelven adonde los dirige la intención del hombre, y las virtudes corren a corregirlo cuando pregunta a Dios. El hombre dirige sus sentidos adónde lo conduce su intención, sin embargo no se conocen los pensamientos de su corazón, porque permanecen en el secreto. Por eso, Eva, cuando fue engañada por el diablo, no conoció su astucia, porque el diablo se había escondido tan bien, que su engaño no pudo ser visto por nuestros primeros padres. Así arrastró a todo el mundo al mal, porque no tenía en si nada bueno.

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