Por qué causas los ojos vierten las lágrimas en que se recogen los humores del cuerpo, y las nubes vierten las lluvias llevadas arriba por las aguas inferiores. Examen de todas estas cosas en cuánto se relacionan con las pasiones del alma.

XXXII. Y cuando el hombre se conmueve en su corazón de alegría o tristeza, las venitas del cerebro, del pecho y del pulmón son igualmente sacudidas Y las venitas del pecho y el pulmón empujan hacia arriba los humores hasta las venitas del cerebro, y éstas reciben los humores y los vierten por los ojos. Así nacen las lágrimas del hombre. Cuando al principio de la luna creciente o menguante, el firmamento agitado por los vientos golpea con violencia el mar y las demás aguas de la tierra, éstas producen humo y humedad. Entonces las nubes atraen estos mismos elementos, humo y humedad, y los mandan hacia la luna, que los bebe como si tuviera sed y los vuelve a enviar a las nubes, haciendo así que produzcan una lluvia adecuada. De este modo, la lluvia desciende sobre la tierra de las aguas inferiores, que las nubes hacen subir a lo alto y luego devuelven.
Así, a veces, el alma en el hombre se alegra porque está segura de salvarse y otras se entristece por la opresión de sus pecados. Entonces la ciencia del hombre la mueve a la penitencia, después de confesar por temor de Dios, y suspirando la levanta. Al ver las acciones que el hombre ha cumplido, el alma hace que broten lágrimas de sus ojos y lo hace llorar, ya que, cuando el temor de Dios sacude al hombre, le hace llorar entre quejidos, como si estuviera sediento de lágrimas. Por esto sucede que, cuando a veces un hombre deplora sus obras terrenales, a menudo dirige el ánimo al deseo de las cosas celestes, y abandona los intereses del mundo. Cuando se aleja de Dios, y llega a olvidarse de Él, enseguida su alma empieza a temblar, y todos los elementos del hombre, llenos de sus energías, se encaminan sobre un camino extraño, como si no se tuviera que venerar y temer Dios. Pero el alma pone delante de los ojos de su habitáculo la vergüenza y la confusión de los pecados y le hace suspirar, de modo que estos suspiros producen lágrimas.
Y así, de los suspiros y de las lágrimas, nace en este hombre el vigor de la penitencia. Y cuando, volviendo por fin a las buenas acciones, examina con mucha diligencia y arrepentimiento el peso de sus pecados, la carne de algunos miembros de su cuerpo empieza a secarse, y crece tanta amargura en su corazón que le induce a preguntarse a si: mismo: “¿Por qué he nacido dispuesto a tan grandes culpas? Con mi alma he pecado contra Dios, y con ella hago penitencia suspirando hacia Él, que se ha dignado tomar el cuerpo de Adán en una Virgen. Por eso estoy seguro que no me desprecia, sino que más bien me perdonará los pecados, y con el rostro de su santa humanidad me acogerá, si hago penitencia en la fe verdadera”. Entonces el alma y el cuerpo se reúnen, y unidos aspiran a Dios con toda la fuerza del deseo, porque los pecados no le gustan nada al alma. Solo está de acuerdo con la carne a causa del desconcierto de la concupiscencia carnal, de otro modo, si el alma empezara a deleitarse en el pecado, el hombre se ensuciaría siempre en el barro de los pecados. Pero el alma no se complace en ellos, aunque opere junto con el cuerpo, y tampoco los elementos que sustentan al hombre le obligan al pecado, sino más bien, en virtud del juicio de Dios, lo juzgan por sus pecados. En las obras buenas, en cambio, tienden sobre de él suavidad y dulzura.
Y cada vez que el alma obra mal junto con el cuerpo, lo llena de tristeza, porque aquellas obras no le gustan. Cuando en cambio hace el bien con el cuerpo, lo hace gozar. Por esta razón el hombre que hace el bien por la gracia de Dios es querido por los hombres aunque no lo sepa. Y a veces llega al punto de no llenar su deseo de obrar bien, de modo parecido a los ángeles, que ven el rostro de Dios y no se cansan nunca de contemplarlo. Este alma, además, probando la alegría de hacer el bien, vuelve a bajar al cuerpo y lo arranca de los pecados, provocándole suspiros y lágrimas a través de la humilde penitencia, para que sea fecundo en las virtudes, como las nubes llevan para arriba las aguas y luego las hacen caer.

 

Así como no existe ninguna forma visible sin nombre, tampoco existe sin medida. Qué significa en el hombre interior la medida idéntica de los ojos.

XXXIII. Así como no existe ninguna forma visible sin nombre, tampoco existe sin medida. Por esta razón ambos ojos del hombre tienen medida igual y sus órbitas son iguales en su circunferencia. Dios ha separado las virtudes de los vicios, las obras santas de los pecados, igual que ha distinguido una de otra sus criaturas, que son conocidas por el hombre por sus formas y sus nombres, para que el hombre, con la prudencia, como con los ojos, vea de lejos todos los bienes, y al considerar sus buenas intenciones tenga discernimiento sincero y equilibrado para no precipitarse en el abismo si traspasa los límites de la medida en el bien o, al revés, para no destruirse completamente en la desesperación, si experimenta el exceso en el mal.

 

El juicio del alma racional tiene que premiar el bien y castigar el mal. En comparación con la recompensa eterna no bastaría penitencia alguna, aunque superara el número de los granos de arena o las gotas de agua del mar.

XXXIV. Gracias a la razón, el alma muestra cuáles son y cómo son los pecados del hombre, e indica al mismo tiempo el modo de pecar y de arrepentirse. Las energías del alma inducen al hombre a arrepentirse, cuando se entristece por sus pecados haciendo penitencia, igual que la lluvia extingue el fuego. Sin embargo, si el hombre quisiera comparar la penitencia de que es capaz con la gloria eterna y con el premio inefable, difícilmente podría pensar cómo salvarse. En efecto, incluso si la penitencia del hombre fuera más numerosa que los granos de arena o más vasta que las aguas del mar, tampoco podrían compararse sus ganas de salvarse con la gloria inefable de la vida eterna. ¿Y dónde se encuentra quien renuncie a satisfacer los afanes de la carne, alejándose de los pecados?
La ciencia del alma racional se manifiesta en dos modos, en conocer el bien y en sentir el mal, y fija un premio por el bien y una pena por el mal. Estos son, pues, los deberes del alma, aunque en muchos casos obra sólo según como el cuerpo solicita. Por esta razón el hombre se parece al día en las cosas buenas, y a la noche en las malas.

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