Qué significan respecto a las acciones del hombre el orto o el ocaso del sol, y el hecho de que a veces no se vea porque se esconde entre las nubes o debido al exceso de lluvia, pero cuando esta se seca, devuelve a la tierra su luz.

XXX. Velado por una nube negra, O escondido bajo el relámpago, el trueno y un exceso de lluvias, el sol no se muestra. Pero cuando todo ha acabado difunde de nuevo su luz. Representa así el alma del porque cuando el cuerpo la arrolla hasta el punto de obrar según los deseos de la carne, el resplandor de la razón se ofusca en ella, porque la cólera es como el relámpago, la avaricia como el trueno y los impíos deseos de la carne como el exceso de lluvia. Pero cuando se purifica por la penitencia, se ilumina de nuevo en la claridad de la verdadera luz, con la esperanza de la liberación y la salvación.
El alma emana racionalidad como el fuego sus chispas, y con ella distingue las realidades terrenales y celestes. Por tanto, si el cuerpo está dominado por ella hasta el punto de cumplir obras justas y buenas, también gozará de la vida eterna, pero si en cambio el cuerpo oprime al alma hasta el punto de cumplir el mal descuidando el bien, se precipita a los infiernos. El alma debe rechazar al diablo, que quiso ser semejante a Dios, y por tanto se tiene que mantener lejos del norte, porque cumpliendo el bien, o cumpliendo el mal, el alma nunca se llama Dios a sí misma sino que gracias a la razón reconoce que ha sido creada por Dios. Y a menudo el alma recomienda a su vasija terrestre que cumpla las obras celestes, pero luego vuelve a consentir en los deseos de la carne. Después cuando de nuevo empieza a elevarse hacia su deber, atormenta y castiga el cuerpo, separando con la penitencia todos sus males como la cebada se separa del trigo.
Éstas son las obras del alma porque, cuando cumple el bien es como el sol cuando resplandece a mediodía, pero cuando en cambio aspira al mal es como el sol que declina hacia el ocaso, y cuando luego se recupera con la penitencia, es como el sol que brilla con todo su resplandor tras la tormenta. Cuando, sin embargo, el hombre crece gracias a las fuerzas del alma, mientras sus venas y sus entrañas no están todavía bien llenas y fortalecidas, no puede conocer las realidades celestes a causa de la fragilidad del cuerpo, y no es capaz de reconocer las penas infernales porque su cuerpo todavía no está completamente depurado. Por eso también el alma está en aquel tiempo como vacía en su envoltura, porque entonces aquel hombre no tiene temor, de modo parecido a como en la primera edad del mundo, la humanidad no tenía miedo a la ley. En cambio en la edad madura, el alma del hombre se fortalece junto al cuerpo y le obliga a cumplir buenas obras, pero el cuerpo se aleja de su voluntad y ejerce su fuerza conforme a los deseos de la carne, y así pasaría toda su vida si las fuerzas del alma no lo frenaran con la penitencia.

 

La frente, que se encuentra entre el cerebro y los ojos, reúne las enfermedades que tienen origen en el cerebro y en el estómago, como la luna acoge lo que desciende de las zonas superiores y lo que sube de las zonas inferiores. Los ojos con lo blanco, con las pupilas y con su humor indican la señal del éter puro, las estrellas y el vapor que sale de las aguas inferiores. Diversas consideraciones sobre qué significa todo esto con respecto de las características del temperamento.

XXXI. Como se ha dicho, el espacio comprendido entre la frente y la punta de la nariz corresponde al éter puro. La frente, que se encuentra entre el cerebro y los ojos, mantiene la situación del cerebro y los ojos, y contiene en sí aquellas enfermedades que tienen origen en el cerebro y en el estómago. Como la luna, que está bajo el sol y es circundada por las estrellas, recibe a menudo lo que desciende de las zonas superiores y lo que sube de las zonas inferiores.
Los ojos, que observan tantas cosas, representan las estrellas del firmamento que resplandecen en todo lugar. El blanco del ojo indica la pureza del éter, su claridad indica su resplandor, mientras que la pupila muestra las estrellas que se encuentran en el éter. El humor de los ojos corresponde al humor con que el éter es humedecido por las aguas inferiores, para evitar ser dañado del fuego superior. Éste ocurre porque, entre la ciencia y la prudencia, el alma inmersa en la verdadera penitencia empuja al arrepentimiento al cuerpo, con la gracia de Dios. La vergüenza, que se encuentra entre la ciencia y la prudencia, les indica el camino, porque procede rectamente estimando el pudor y ocultando en sí misma las cosas nocivas para que no se manifiesten a todo el mundo, tal como el temor de Dios, al amparo de la fuerza de las virtudes celestes, benéficamente regula en si las cosas eternas y las caducas.
En efecto, la prudencia, por la cual el hombre se procura lo que es bueno, muestra su ardiente deseo que nutre con las realidades celestiales. La consideración de la prudencia, por la cual el hombre valora cuidadosamente lo que cree útil a su alma, solicita la sinceridad del verdadero arrepentimiento. La intención de tal consideración es que quiere la belleza de la penitencia, cuando el hombre se ve purificado de los pecados. Su intención es que, como la pupila del ojo, ilumina las obras ardientes y luminosas que tienen lugar en la penitencia, el perdón de los pecados adorne los gemidos y los suspiros con que el arrepentimiento se derrite en la humedad de las lágrimas, para no incurrir en el potente juicio de Dios.
El alma mira alrededor por todas partes, al principio y al final de cada obra, porque es de fuego, respira con el aire, y con la ciencia y la racionalidad actúa y distingue todo. En efecto, fortificada dentro del cuerpo, el alma empieza a obrar con fuerza porque lo desea. Pero a menudo se la oponen muchas enfermedades de la carne, en las entrañas, en la sangre y en el estómago. Por el calor de la médula, la sangre del hombre hierve, y por la pesadez de las comidas, la sangre del estómago se quema. Y estas enfermedades son un obstáculo para las fuerzas del alma, porque en el calor del cuerpo se desarrolla el pecado carnal que Satanás ha tramado con engaño, y de la parte terrenal sube hasta el alma, insinuándola que el hombre es sólo carne y que es necesario vivir según la carne. Por esta razón el alma a menudo se ve obligada por el cuerpo al que se encuentra atada, a obrar con él el mal.
Las obras del alma se realizan junto al cuerpo, que es móvil, como las estrellas giran alrededor de la luna. Y el alma con su ciencia, es como un artífice, usa a todas las otras criaturas, de modo tal que las obras de su arte, que atañen tanto a las realidades superiores como a las inferiores, se hagan manifiestas y sean conocidas por su habitáculo, como las estrellas más luminosas y las más oscuras resplandecen en el firmamento. La blancura de la ciencia se muestra en el hombre en lo blanco de los ojos, y el intelecto brilla en ese blanco tanto como su claridad, mientras que la racionalidad es luminosa como su pupila. Por tanto el hombre piensa que puede acercarse a las realidades celestes entre gemidos y llantos, cuando se juzga indigno del premio de la eterna recompensa, porque reconoce estar cargado de muchos pecados, y se afana para evitar al menos las penas del juicio.

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