Como la materia negra del cerebro, coagulada a causa del calor y la humedad, difunde en el cuerpo del hombre la flema y la mucosidad, así el fuego negro, que se encuentra en el segundo círculo, produce en el mundo tempestades y rayos. Análogamente el alma, en su elevación hacia arriba, y la carne corrompida por los placeres, emprenden entre ellos múltiples luchas con resultado alterno, oponiéndose la una a la otra.

XXVIII. En su parte superior el cerebro tiene algo negro que proviene de la respiración húmeda del hombre, que manda arriba la humedad y, cuando ésta alcanza el límite más allá del cual no puede ir, produce esta materia negra que resiste al calor para que el cerebro no hierva violentamente, igual que el fuego negro mantiene el fuego luminoso en sus límites. Además esta materia negra transmite al resto del cuerpo la flema y la mucosidad del cerebro, como el fuego negro a menudo produce sobre la tierra tempestades, truenos y granizo.
De este modo el alma, cuando dirige hacia arriba su ciencia para conseguir elevarse demasiado alto, se tiñe de negro, porque los anhelos del hombre, cuando se convierten en orgullo, privan de pureza a la verdadera luz. Por esto, la turbulencia de este impulso repugna a la fuerza que viene de lo alto, porque no lo suscita la ciencia animada por el calor de los deseos celestiales, sino la venganza de Dios. Entonces, el castigo divino que juzga en cada momento los pecados del hombre, a menudo retiene su propia potencia para no destruir al hombre pecador. La oscuridad de su ciencia a menudo inspira en el hombre negligente concupiscencia y temeridad al pecar, porque no dirige la mirada al juicio celeste y no ve como el juicio divino destruye con su castigo los muchos excesos de los pecadores.
En todo caso, el alma como abraza con amor el cuerpo en que obra, a menudo está conforme con sus designios. Pero cuando luego reconoce con la razón la negrura de su consentimiento, hace que la carne se angustie con la penitencia y después la conforta de nuevo para que el hombre no desmaye. El alma reside en el cuerpo del hombre, que es diverso según varíen los diversos humores que lo constituyen, como la abeja construye el panal de miel, ahora transparente, ahora turbio. Y cuando el alma se eleva a lo alto con el fuego de la racionalidad, de un modo que el cuerpo es incapaz de tolerar, baja de nuevo y lo conforta, porque la carne es tan frágil como la tierra. Y así el alma y el cuerpo están en lucha continua, porque el hombre realiza obras luminosas con el alma y oscuras con la carne.

 

El cuerpo entero del hombre está fortalecido por el cerebro igual que los seres superiores e inferiores están fortalecidos por el sol, que está en el medio de los astros. El sol ilumina tres partes del mundo, la cuarta Dios la dejó fría y tenebrosa. Sentido místico de estas cosas respecto a la interioridad del hombre.

 

XXIX. Como ya hemos dicho, las fuerzas del cerebro mantienen todo el cuerpo del hombre, como los seres superiores e inferiores son fortalecidos por el sol, ya que el sol manda su luz a los seres superiores e inferiores y recorre todo el círculo del firmamento, a excepción de la región del norte. Cuando Dios enriqueció la tierra con todas las criaturas, dejó un único lugar vacío, para que la creación supiera qué es y de qué naturaleza es el resplandor de Dios. Ya que la luz es exaltada por las tinieblas y la parte oscura está al servicio de la parte luminosa. La parte oscura que es aquel lugar vacío que Lucifer eligió cuando quiso igualar a su Dios.
El sol surge por oriente, y a mediodía su ardor es cada vez más fuerte, pero después de mediodía declina encaminándose al ocaso, y así cumple su curso hasta la mañana siguiente. Así como el sol evita la zona del septentrión, el frío reina sobre tierra, por la mañana y durante la noche.
Pero Yo, que no tengo principio, soy el fuego que enciende todos los astros. Soy la luz que derrota a las tinieblas. Las tinieblas no son capaces de acoger a la luz, por lo tanto ni la luz se mezcla con las tinieblas, ni las tinieblas pueden entrar en la luz.
En efecto, el hombre ha sido constituido por Dios dentro de la buena ciencia, que es la luz de la verdad, y como el hombre a veces se inclina al mal dentro de la mala ciencia, ciencia que ocupa un espacio vacío donde no hay ningún reconocimiento de méritos o premios, así en el hombre están representados cielo y tierra, luz y tinieblas. Todas las obras del hombre están gobernadas por la ciencia, como el espíritu de fortaleza contiene a todas las demás virtudes. Porque ese mismo espíritu florece en las realidades espirituales y del siglo, y defiende al hombre de las insidias de la antigua serpiente, esa serpiente que, vacía de toda felicidad, manifiesta el resplandor de Dios, para que a través del mal se reconozca el bien, ya que el sirviente tiene que estar sometido a su señor.
La fortaleza, que está presente en el inicio y en el cumplimiento de las buenas obras del hombre, evita que le sucedan males después de su cumplimiento. Y así, desde el comienzo, intenta que el hombre no se acerque al mal, porque desde el principio hasta el final de una actuación perversa nunca está presente el calor del Espíritu Santo, antes bien, el entumecimiento y la negligencia arrastran el hombre al mal. Pero el que es sin principio, es aquella luminosidad que enciende todas las cosas luminosas y rechaza todas las desgracias que nos traen las tinieblas. Esta luz nunca podrá ser apagada por las tinieblas. Y como el hombre fiel es gobernado por Dios y el perverso está alejado de Él, así en el hombre todos los elementos están ordenados distintamente.
El alma tiene el aspecto de fuego y, en ella, la razón es como una luz. El alma está invadida por esta capacidad de razonar, que es luminosa, como el mundo está iluminado por el sol, porque gracias a la razón prevé y conoce todas las obras del hombre. El hombre experimenta en sí placer y deseo, y por estas pasiones la sangre en sus venas se mueve junto al calor de las entrañas. Así el hombre obra, como la rueda que gira en cuanto se le da impulso, porque el cuerpo, probando placer y deseo, empuja al alma de una parte y de la otra, de modo que ella a menudo dirige sus pasos empujada por estos impulsos.

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