Del mismo modo, el alma, que gobierna al cuerpo con sus energías, adora al Dios uno en la Trinidad. Como si imitara a un astro, semeja alternar el día con la noche, es decir, ahora resplandece por la fuerza espiritual, que simboliza el sol, corroborada y elevada por la luz de las obras santas, ahora se oscurece sucumbiendo a los deseos de la carne.

XXIV. El alma, con sus energías, gobierna sabiamente el cuerpo del hombre, cuando el, en la bondad, perfección y santidad, entiende y siente y sabe las cosas que conciernen Dios. Adora al verdadero Dios en su Trinidad y no busca otro dios en el engaño, del mismo modo que las fuerzas del alma se unen para obrar en común y en el mismo momento.
El espíritu de fortaleza toca el alma, que así puede tomar en consideración en cada momento el principio de sus obras y su cumplimiento final, evitar las obras malas y transmitir al cuerpo en que habita la dulzura de los regalos celestes, con lo que lleva a todos sus elementos a la honestidad, porque las fuerzas del alma han sido reunidas en una unidad gracias a la fuerza de la potencia divina.
Y cuando la fortaleza fortalece así al alma, entonces somete todo el cuerpo a su dominio, por lo cual el cuerpo derrama a menudo sus lágrimas acompañadas por gemidos. Entonces el hombre se mantiene en tal condición de humildad y quietud que sabe gobernarse tanto en las realidades temporales como en las espirituales, porque está bien instruido en todas las cosas buenas. Pues su alma, cuando un buen día obra en el deseo del bien sube bien arriba, pero cuando condesciende con la concupiscencia de la carne, está oprimida como cuando la vence el sueño cada noche. Ya que en un caso usa las defensas de la fortaleza, en cambio en el otro se junta a la pereza. Cuando está atenta al bien somete a examen todo cuanto la circunda, como el día, mientras que con pereza es como la noche, no logra prever nada. Sin embargo, igual que a veces la noche se ilumina por la luna y luego de nuevo se oscurece cuando la luna desaparece, así las obras del hombre son mixtas, es decir, un momento luminosas y otro oscuras.
Cuando el alma, obligada por el cuerpo, obra el mal junto con él, entonces se oscurece su virtud, privada de la luz de la verdad. Pero luego, al darse cuenta que está oprimida por los pecados, se levanta contra la voluntad de la carne, y la aflige y la reprocha todas las obras malas. Y así la luz de la beatitud resurge, superada la noche de los pecados, de forma que el alma vence a la ciencia mala junto a la carne, y la carne es al fin castigada a través de la penitencia y la corrección de las obras perversas. Cuando la carne está así bien sujeta, el alma también hace de modo que la carne desee también alcanzar las realidades celestes, ya que rápidamente la somete al temor de Dios, fortalecida por el espíritu de fortaleza.
En realidad el alma ayuda a la carne y la carne el alma, ya que el alma y la carne realizan conjuntamente todas las obras. Por tanto el alma vuelve a la vida cumpliendo obras santas y buenas junto a la carne.
Pero la carne a menudo se cansa cuando actúa junto al alma. Entonces ésta condesciende con la carne y la permite deleitarse en alguna otra obra, como una madre hace reír a su niño que llora. De este modo la carne cumple junto al alma algunas obras buenas, mezcladas sin embargo, con algunos pecados que el alma tolera para evitar que la carne se abrume. Como la carne, en efecto, vive gracias al alma, así el alma revive obrando el bien junto a la carne, porque ha sido colocada en la creación que es la obra de las manos del Dios.
En efecto, como el sol vence a la noche y sube hasta a mediodía, así también, el hombre, al evitar las obras malvadas progresa hacia arriba. Y como el sol después de mediodía va hacia el ocaso, así el alma condesciende con la carne. Y el sol reaviva a la luna para que no se debilite, así la carne del hombre es sustentada por las energías del alma para que no muera.

 

Tal como todas las venas del cuerpo llevan el calor al cerebro, que atrae la humedad de las entrañas, así los círculos superiores asisten con sus fuegos al sol, para que el calor no le falte cuando, a veces, hace bajar el rocío y la lluvia. Qué puede significar esto en relación a los acuerdos y desacuerdos entre el alma y la carne.

XXV. Ya que el cerebro del hombre es húmedo y moderadamente frío, todas las venas y los elementos del cuerpo le proveen calor. Así todos los astros superiores, que resplandecen de fuego, asisten al sol, que hace a veces bajar sobre la tierra rocío y lluvia, suministrándole fuego para que no pierda calor. Humedecido por el agua y fortalecido por el calor, el cerebro sustenta y gobierna el conjunto del cuerpo como la humedad y el calor hacen florecer toda la tierra. Desde el corazón, el pulmón, el hígado y todas las entrañas del hombre, la humedad sube al cerebro y lo llena, y cuando el cerebro está colmado de humedad, algo de la misma humedad desciende a otras partes a internas y se apresura a llenarlas.
Análogamente, la ciencia del alma provoca lágrimas cuando los pecados la enfrían. Entonces la constante costumbre de la honestidad, además de las otras obras buenas, le trae el calor de los deseos celestes, de modo parecido a como las otras virtudes vienen en ayuda de la fortaleza, que introduce en cada fiel la humedad de la santidad. Cuando el rocío y el calor del Espíritu Santo invaden el alma de este modo, somete a la carne y la obliga a que juntas sirvan a Dios. A partir de los buenos pensamientos y de las palabras honestas, del uso de la justicia y de la plenitud de los deseos interiores, el vigor de la santidad produce y fortalece la ciencia en el alma. Y así, gracias a este lozano vigor, todo el hombre se refuerza con la ayuda de la paciencia, contra toda adversidad, para no estar continuamente en batalla contra los diferentes vicios.
Tal como los astros superiores abastecen de fuego al sol, así las energías del alma ayudan a todas las partes interiores del hombre en el cumplimiento de sus propias funciones. Y cuando el alma abandona los pecados para realizar la justicia, sube muy arriba con la racionalidad, mientras que cuando se percata de que el cuerpo está en dificultades, baja a él para que no desfallezca. Ella es el soplo viviente que pone en movimiento todo el cuerpo del hombre, aunque a menudo se somete al placer de la carne contra la misma voluntad. Cuando el alma tiene la voluntad de mantenerse en el bien es como el sol. La carne, en cambio, que permanece en su pasión, es como la luna, ya que cuando peca, mengua del mismo modo que la luna sufre una disminución. En todo caso, el alma a menudo se levanta hacia arriba como el sol, contra la voluntad de la carne, así el hombre se levanta aunque se queje, como la luna se reaviva por el sol.
A causa de la humedad, la carne se deleita en el pecado, y a causa del calor no deja de afligirse cuando se arrepiente, ya que la humedad proviene de la carne y el calor del alma. Toda obra, mala o buena, se cumple con estos dos elementos, del mismo modo que la fuerza de la tierra engendra todas las cosas inútiles y útiles. Este conflicto, es decir, que la carne se deleite en los pecados y el alma se aflija por ellos, es innato en el hombre. El hombre tiene que cumplir todas sus obras con el alma y la carne. Las malas obras desagradan al alma y gustan a la carne, porque la carne es mortal, mientras el alma es inmortal. El alma también vive sin la carne, mientras que la carne no puede vivir sin el alma. El alma es la respiración racional y su sabiduría encuentra morada en el corazón. Con esta sabiduría calcula y dispone todo, como el padre de familia gobierna todas las cosas de su casa. Y es que también tiene la prudencia, con la cual provee honestamente qué cosas útiles ha de tener su vasija, el cuerpo, de forma parecida a los pulmones que protegen el corazón. Del alma también proviene el discernimiento, con el cual distingue rectamente todas las cosas, tal y como las entrañas del hombre están unidas entre sí rectamente y con discernimiento.
El alma es de fuego y por eso calienta todos los caminos que van a parar al corazón y los pasa en conjunto por el fuego, los retiene juntos para que no se separen los unos de los otros y los llena para que no les falte de nada. Y así, con sabiduría, el alma, en sus pensamientos, ordena sabiamente todas las funciones del cuerpo, y se eleva a Dios gracias a la fe con buena y santa intención, ya que sabe que Él la ha enviado al mundo. De modo parecido a como la humedad sube al cerebro desde los elementos inferiores del cuerpo, así el alma, al conocer a Dios, levanta con su santo deseo todas las funciones del cuerpo del hombre. Y como de nuevo la humedad vuelve a bajar, llenando así las partes inferiores del cuerpo, así también el alma baja al cuerpo, para que las funciones del cuerpo no ofendan a Dios con sus obras

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