Del mismo modo que el cerebro y las entrañas, llenos de humores, necesitan ser purgados, así también el aire y la tierra parecen purgarse en la estación otoñal. El aire se coagula en largos filamentos, y la tierra en algunos lugares parece que se limpia vomitando una sucia espuma. De ese modo se muestra que la carne se seca con el sudor del placer, mientras el alma expía con el trabajo de la penitencia.

XXVI. El cerebro, cuando está lleno, expulsa de si los humores, y las entrañas, después de haber sido llenadas, evacuan. Y esto ocurre frecuentemente en el hombre. Igualmente la humedad y el calor descienden sobre la tierra y la hacen brotar pero, después de que sus frutos han madurados completamente, la humedad y el calor se retraen arriba. Por tanto, al comienzo de los fríos, cuando el invierno se acerca, el aire se eleva y en parte se coagula por el calor del sol, y así se voltea formando como largos filamentos. Entonces la tierra se ablanda por la humedad que viene de lo alto y vomita una sucia espuma. Análogamente, cuando la carne realiza sus obras, rezuma sudor y así se origina en ella el placer. Por esto el hombre comienza a obrar, por el gusto del placer. Pero cuando el alma se percata, en su ciencia, de haber obrado según la voluntad y el deseo de la carne, inspira en la carne el dolor por los pecados, porque ha obrado mal. Entonces el alma rehuye la concupiscencia de la carne para no conocer el pecado, y así logra que también el cuerpo opte por abstenerse de los pecados.
Entonces el alma no ahorra ni una sola aflicción al cuerpo y lo castiga por los pecados cometidos. Por eso el hombre siempre se encuentra lleno de tristeza, porque el alma regaña a la carne mientras la carne se alimenta del placer. Por esto se conoce el mal en la acción del pecado, como en el proceso de evacuación. En realidad el alma a menudo obra por el placer de la carne, y posteriormente la rechaza, como la tierra sometida a la acción de la humedad y el calor hace brotar hierbas inútiles y útiles. Y cuando la costumbre de pecar se prolonga, como los pecados son cada vez más peligrosos para el hombre, entonces el alma inspira al cuerpo para que invoque a Dios por la penitencia, como la humedad y el calor a menudo se retraen hacia arriba. Y así, suspendido en medio en esta condición, el hombre obra el bien o el mal.
A veces, cuando la carne del hombre fija su mirada en su propio placer, el alma se extiende hacia el calor de la razón, aunque esté obstaculizada por su morada terrenal. Cuando, a causa de su fuerza, el cuerpo pone en peligro al pecar el conjunto de los elementos en que ha sido concebido, el alma racional se coagula porque consiente los deseos de la carne. Sin embargo la misma alma se eleva de nuevo hacia arriba, hacia la racionalidad, y, poniendo en evidencia los hechos depravados, toca el corazón del hombre y le hace gemir y llorar. De este modo vence a la carne, y gracias a las fuerzas del alma, impide que su cuerpo recaiga en el nocivo efecto de los pecados. Tocado entonces por el rocío celeste del Espíritu Santo, abandona la anterior dureza y reflexionando sobre sus mismos pecados, los juzga como si fueran lodo despreciable.

 

La vasija del cerebro indica el fuego superior que enciende al sol, y la humedad del aire húmedo modera el calor del mismo sol y limita su curso, para que no queme todas las cosas que hay por debajo. Cómo análogamente el alma, colocada bajo la potencia y el juicio de Dios, en virtud de la racionalidad que le es propia, tiene que gobernarse con discernimiento a si misma y a su cuerpo en toda circunstancia.

XXVII. La vasija del cerebro, que comprende la frente y se extiende hasta los ojos, representa el fuego superior bajo el que arde el sol. Este fuego, unido a una moderada humedad, se mezcla con el aire húmedo. Esta humedad es el límite que el sol no puede traspasar superando los límites de su propio espacio, y es la misma humedad que, al subir al sol debido a la pureza del éter, mitiga su ardor para que no queme con calor excesivo las cosas que están sobre la tierra. También el alma, que tiene en sí la ciencia y la razón, además de la capacidad de manifestar vergüenza y una saludable prudencia, revela la potencia de Dios bajo cuyo dominio se encuentra, fuerza que inspira felices suspiros en las mentes de los fieles. Y estos suspiros retienen el juicio de la fuerza de Dios para que no se muestre con excesiva severidad, y calman con la auténtica penitencia el juicio de la fuerza divina, para que se olvide de los pecados del hombre cuando este se arrepiente.
Como el viento hace arder el fuego, así la racionalidad mueve e ilumina el alma del hombre. La racionalidad está en el alma como el viento y la luz en el fuego. El alma es el soplo introducido por Dios en el hombre, inagotable y racional. Y como el fuego sin arder no sería fuego, también el alma sin racionalidad sería incapaz de entender. Sin embargo, el viento pasa de largo por todas las otras criaturas irracionales, puesto que no es fuego ardiente. La racionalidad, con el conocimiento, conduce al alma por todas partes y examina y conoce de mil modos las acciones del hombre, por lo cual, cuando el alma comprende el bien con esa misma ciencia y se alegra, arde como el sol y revela su naturaleza celeste. El alma todavía no puede permanecer siempre en este ardor celeste, porque la carne del hombre desfallecería. Por esto, el alma alivia al cuerpo de la misma manera que mi Hijo, al vivir en el mundo con su cuerpo, rogó, trabajó y después reconfortó su cuerpo alejado del pecado, ya que fue concebido sin pecado.
Como hay un punto en que el sol se retiene, para no superar sus límites, también el alma, modera el cuerpo y lo regula para que no decaiga. Y hace todo esto con gran pureza, para que el cuerpo del hombre no se ponga en ridículo por sus obras malvadas, ni se destruya por la inclinación excesiva del alma a las cosas celestes, como la humedad regula el sol para que no se consuma.
El alma quiere discernimiento en todas las cosas. Por esto, cada vez que el cuerpo del hombre come o bebe sin discernimiento, o hace cualquier otra cosa sin orden, las fuerzas del alma se desmoronan, porque todo tiene que ser cumplido con discernimiento. Porque el hombre no es capaz de estar siempre suspirando inmerso en las realidades celestes.
De modo parecido a la tierra cuando se desmorona por el excesivo calor del sol, y a la semilla, que no brota cuando la lluvia no es suficiente, todas las cosas útiles brotan gracias a una correcta unión de calor y a humedad, así todas las obras del cielo y la tierra están destinadas a cumplirse con discernimiento y con bien, gracias al justo equilibrio. Aquellos a quienes el cielo ha iluminado han apreciado y todavía aprecian esta disposición, pero el diablo no quiso ni quiere poseerla, ya que se encamina, o a la excesiva altura o a la excesiva profundidad, por lo cual ha caído y no resurgirá.

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