En la cabeza del hombre, desde la cumbre del cráneo hasta la garganta, hay tres partes diferenciadas pero de igual medida. Se refieren a los tres círculos superiores del firmamento con los dos espacios de intervalo entre ellos. Cómo la densidad de aquellos mismos círculos está indicada, en proporción, en la redondez de la cabeza, y cómo todas estas cosas se pueden poner en relación a las facultades del alma.

XVII. En la cabeza del hombre están representados los tres elementos superiores. Desde la superficie del cráneo hasta la frente, ambos fuegos, el fuego luminoso y debajo de él, el fuego negro. Desde la frente hasta la punta de la nariz, el éter puro, y desde la nariz hasta la garganta, el aire húmedo situado arriba del aire denso, blanco y luminoso. Estas partes son equidistantes entre ellas, teniendo como referencia la densidad del fuego superior con respecto del fuego negro. Del mismo modo, la densidad del éter puro y el del aire húmedo con respecto del aire denso, blanco y luminoso son de igual medida.
En el alma hay tres fuerzas, la comprensión, por la cual se comprende en la potencia de Dios las realidades celestes y terrestre, la inteligencia, por la cual se entienden muchas realidades y reconoce que los pecados son males, y por consiguiente los evita a través de la penitencia, y la capacidad de movimiento, por la cual se mueve por sí misma en todas direcciones junto a la morada que la contiene cuando cumple las obras santas según los ejemplos de los justos. La comprensión y la inteligencia se unen al movimiento del alma, haciendo todas una sola cosa, de manera que si al predominar alguna el alma abarcara más de lo que puede entender o mover, se rompería la justa medida. Así, las tres fuerzas que están en el alma están de acuerdo y ninguna sobrepasa a la otra. En efecto, la acción del alma de comprender, circunda al cuerpo entero con todos sus apéndices, es decir lo lleva todo, en justa medida, hacia aquellas cosas que la carne, que siente y gusta, desea, como un constructor toma la medida exacta de su edificio para que los hombres los puedan habitar.
El cuerpo es movido por el alma, y el alma no puede evitar el incitar al cuerpo a diversas obras, ya que conoce lo que la carne desea, puesto que la carne vive por ella. El alma, cuya esencia es la vida, es un fuego que vive en el cuerpo. En cambio, el cuerpo es la obra cumplida, y no es por tanto capaz de abstenerse de obrar de dos modos diferentes, o sea, según el gusto de la carne o según el deseo del alma. La obra buena del alma es como un bonito edificio en la presencia de Dios y de sus ángeles, pero su obra mala se presenta como un edificio hecho de barro y empapado de inmundicia. Por tanto, el alma que cumple obras buenas es alabada por los ángeles de Dios, pero a la que cumple obras malas, según el gusto de la carne, le niegan toda alabanza.
En cuanto a estas medidas idénticas que van de la frente en la parte anterior de la cabeza, comprendidas las cejas, hasta ambas orejas, y detrás, hasta el principio del cuello, representan el espesor uniforme de los elementos y la constitución que les es propia. Análogamente, hay tres fuerzas iguales en el alma, el soplo del espíritu, la ciencia y las sensaciones, que le permiten ejecutar sus obras. Por el soplo del espíritu inicia las obras que puede hacer, y éste es como la parte anterior de la cabeza. La ciencia se extiende como hasta ambas orejas, y las sensaciones se dirigen como hacia atrás, hasta el principio del cuello. Estas fuerzas se equilibran mutuamente, ya que el alma con el soplo del espíritu sólo empieza a hacer lo que la ciencia puede comprender y las sensaciones sustentar, y así obran con unanimidad, puesto que ninguna de ellas sobrepasa a la otra, lo mismo que la cabeza tiene sus medidas exactas.

 

Descripción de las proporciones que se hallan en los labios, en las orejas, en los hombros y en la garganta del hombre, y como según estas mismas proporciones el hombre interior debe comportarse en las obras de Dios y en la penitencia. Cómo los espíritus malvados y los que perseveran en el mal son extremadamente confundidos, porque no pueden quitar al hombre la penitencia.

XVIII. También el labio superior y el inferior de la boca del hombre, que expulsan las flemas de la cabeza y el vientre, son de la misma medida, y son de igual densidad que el fuego negro, que purifica cumpliendo el castigo de Dios, y que el aire denso, blanco y luminoso que endulza y modera sus efectos. Y también comprobamos la misma distancia entre ambas orejas, pasando por la parte posterior de la cabeza, y desde los agujeros de las orejas hasta los hombros y de estos a la base de la garganta. En esto es evidente que el hombre, ya sea en las realidades superiores, celestes, ya sea en las inferiores, terrenales, debe alabar con la boca a Dios siempre con el mismo fervor, alejando de sí los males tanto del alma como del cuerpo, ya que Dios es el protector de las almas y los cuerpos.
El hecho de que la medida de una oreja a la otra, de las orejas a los hombros y de éstos a la base de la garganta sea la misma, como antes se ha dicho, significa que el hombre que percibe los preceptos de Dios con las orejas, los carga fielmente sobre los hombros, y los introduce dentro de su garganta como si los tragara, tiene que mantener en todo una medida uniforme y armoniosa, para poder alcanzar aquel equilibrio en que no hay ninguna deformación. En efecto, cuanto más tiempo peca el cuerpo, tanto más se turba el alma junto al cuerpo entregado al pecado, y cuanto más se aflige el cuerpo por la abstinencia y la penitencia, tanto más goza el alma del premio de la gloria eterna. Tanto como el hombre se preocupa al principio de las obras, así el hombre también debería considerar atentamente el fin y los méritos que derivan.
Dios introduce el alma en el cuerpo del hombre para que el cuerpo reciba la vida gracias a ella, y para que sea consciente de que tiene su origen en su Creador. También el hombre invoca el nombre de Dios, tanto si se encuentra en una secta herética como si está en el camino correcto de la fe, puesto que esta aptitud la arraigan en él las fuerzas buenas de su alma. Por esto al invocar el nombre de Dios el hombre se eleva y escoge con qué reglas de disciplina puede venerar al que invoca. El alma sabe que el juicio de Dios caerá sobre quien desobedezca la ley. Por esto a veces hace que su vestido corpóreo llore lágrimas a causa de los mismos crímenes que ha acumulado con dolor, tal como la flema se expulsa por los labios. Entonces el dolor golpea el cuerpo donde el alma se esconde hasta hacerle avergonzarse por sus inicuas acciones. Y sin embargo el cuerpo sigue los placeres de la carne y muy a menudo impide al alma subir a aquella altura en que ella percibe a Dios, y así la ciega. Pero sin embargo, no consigue dominarla e impedirla que se duela de los pecados, aunque el hombre se deleite en ellos. Los espíritus malignos no tuvieron nunca un arrepentimiento parecido, y se avergüenzan muchísimo de no poder privar al hombre del arrepentimiento.

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