También las venas de los riñones, alcanzadas a veces por los humores desordenadamente excitados, ponen en agitación las otras venas y secan las médulas de los huesos. Significado del malestar interior que provocan en el hombre.

XVII. También las venas de los riñones, alcanzadas a veces por los humores desordenadamente excitados, ponen en agitación las otras venas que están contiguas a ellas en las pantorrillas o en el resto del cuerpo, y como se ha dicho, secan las médulas de los huesos y las venas de la carne. Así el hombre languidece, arrastrando por mucho tiempo esta debilidad. En efecto, cuando el hombre se descuida en contener el ombligo y los lomos, cuando permite a sus pensamientos vagar entre las cosas más inútiles, comportándose como tiranos, entonces desprecia la constancia de las virtudes que están conectadas a la abstinencia y a la abstinencia misma, que debe ser observada con discernimiento y templanza para poder conservar el pudor. Por esto también, todas las demás obras, faltando la efusión del rocío celeste, se secan y hacen languidecer su alma, hasta que no vuelve al vigor de las virtudes.

 

Qué significan, desde punto de vista espiritual, los humores demasiado abundantes en el pecho del hombre y que se mueven al hígado, y por las venas de las orejas y por los riñones y suben del ombligo al cerebro.

XVIII. Pero también pasa que aquellos humores con su humedad inundan más de lo debido el pecho del hombre y esta humedad llega al hígado. Entonces empiezan a levantarse en este hombre innumerables pensamientos diferentes, por los cuales en unos momentos se cree demasiado sabio y en otros, demasiado necio. Y sucesivamente los humores, remontando hasta el cerebro, lo envenenan, luego descienden en el estómago y producen fiebres, y así provocan que este hombre enferme crónicamente. Con esto se muestra que estos diversos pensamientos del hombre, después de haber abandonado la impiedad, se difunden con suavidad y vanidad fácil y lasciva, con esta ligereza, los humores intentan ahogarle el sentido de la justicia. Y por tanto, cuando se presentan con estas características, ora lo levantan como si fuera sabio, ora lo deprimen como si fuera necio y, confundiendo en él el conocimiento, le inoculan la voracidad. Así su alma, envuelta en estos males como en una enfermedad crónica, a menudo sufre y está peligrosamente oprimida.
Los humores llegan a veces también con el exceso de flema a las venitas de los oídos y éstas a su vez envenenan las venas del pulmón con la flema, tanto que el hombre tose y apenas puede respirar. Esta misma flema en exceso, pasando de las venas del pulmón a las venas del corazón, se manifiesta como dolor. Dolor que, desplazándose hacia la cadera, provoca la pleuresía y golpea al hombre como si tuviera epilepsia en la luna menguante. Esto indica que a veces la diversidad de los pensamientos produce en el hombre un alboroto tan grande, que confunde el oído de su alma hasta hacerle incapaz de comprender y de acoger el bien en sí. Está agobiado como cuando tose. Estos pensamientos turban su corazón haciéndolo insensato hasta el punto que no puede en ningún modo conseguir la tranquilidad que sería útil a su alma, y vaga aquí y allá titubeando sobre el camino de la rectitud como si estuviera moribundo, porque la luz de la rectitud se ha oscurecido en él.
Con su humedad excesiva, los humores desplazan las entrañas recogidas en el ombligo del hombre, y suben al cerebro y en muchos casos le provocan un frenesí. Agitan las venas de los lomos y activan una crisis de melancolía que transtorna al hombre y le pone triste e incapaz de discernimiento. Con esta perturbación inmoderada que desborda la lascivia, los pensamientos le llevan al ansia de la concupiscencia. Hacen trizas todo sentido de la ciencia, para sumergirlo en la abyección de las malas acciones, haciéndolo insensato e incontinente en la impudicicia. Cuando no puede satisfacer completamente el deleite de la carne, la tristeza lo ofusca.
A veces los humores alcanzan las venas de los riñones haciéndolas demasiado húmedas, y luego envenenan las venas de las pantorrillas y las otras venas del cuerpo con su excesiva humedad. Y si en este punto el hombre abusa en exceso de la comida y bebida, los humores le harán enfermarse de lepra grasa, porque sus carnes empiezan a hincharse. Con esto se muestra que a veces los pensamientos impresionan al hombre con la seducción inmunda y viscosa del placer y lo arrastran a una vergonzosa debilidad, alejando de él la fuerza de la abstinencia que debería asegurarle el dominio de la carne, induciéndolo voluptuosamente a la voracidad que enciende las llamas de la libídine. De este modo lo corrompen con la podredumbre de los pecados, que es como una lepra, porque no sabe resistir al placer del cuerpo. En efecto, quién no macere la carne a través de una abstinencia equilibrada, sino que la nutre con los vicios y la concupiscencia, acumula sobre sí la obesidad de los pecados y así se hace sórdido y repugnante ante Dios.

 

De cómo los mismos humores perfeccionan los pensamientos más íntimos cuando son templados adecuadamente en el cuerpo del hombre. Cita del Cantar de los Cantares en armonía con esto, y su explicación.

XIX En cambio, si los humores en cuestión no se difunden por los elementos ni con excesiva sequía ni con excesiva humedad, sino templados en medida adecuada y constante, el hombre se mantiene sano en el cuerpo y fuerte en el conocimiento del bien y del mal. Esto significa que, cuando los pensamientos del hombre no tienen ni una dureza excesiva nacida de la impiedad, ni una lascivia excesiva nacida de su complacencia, sino que se mantienen bien ordenados en la honestidad de las costumbres, tanto según el criterio humano como según el divino, convierten el hombre en un ser tranquilo por la mansedumbre de su cuerpo, y sutil en el conocimiento. Entonces el hombre no se inclina ni a la derecha ni a la izquierda en la tentativa de huir del favor del mundo sino que, sustentado por la abundancia de las virtudes, anhela los bienes celestes, está escrito en la Cantar de los Cantares: ¡Que bellos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe! (Cant 7,2).
Esto se interpreta así: tú, que en tu corazón te deleitas en buenas obras, tú que anhelas a Dios, que te confiere la esperanza de la vida eterna, esta esperanza que resplandece por ti en la alegría como el sol en el alba, a todos muestras la belleza de tus pasos que caminan siguiendo la senda del Hijo de Dios cuando, como si te obligase el calzado, te impones la mortificación de la carne, es decir, tapas la desnudez de tus pecados, cuándo, en tu libre albedrío, quieres a Dios más que a ti mismo. Y entonces tu alma es llamada hija del príncipe, de aquel príncipe llamado príncipe de la paz que ha liberado a su pueblo venciendo a la antigua serpiente y ha lavado en su sangre toda la enemistad que separaba a Dios y al hombre. Los ángeles anunciaron esta paz a los hombres en la humanidad del Hijo de Dios y de ella se alegraron, porque Dios se unió a la tierra de modo que los hombres pudieran verlo en forma humana y los ángeles lo vieran perfectamente como hombre y como Dios. Pues cada hombre que teme, que quiere a Dios, abre a estas palabras la devoción de su corazón y sabe que se dicen por la salvación de los cuerpos y las almas de los hombres, no por un ser humano, sino por Mí, que soy el que soy.

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