Cuando corremos, por la excesiva distensión de los nervios y las venas del cuerpo entero llega el cansancio al hombre. Experimentamos un placer momentáneo por la compresión y por la excitación de las venas. Disposición y utilidad moral de estas cosas en el hombre.

XIV. Cuando a veces el hombre corre de prisa o camina rápidamente, los nervios que están bajo las rodillas y las venitas que están en ellas, extendidos más allá de su medida, tocan las venas de las pantorrillas, numerosas y unidas como parte de una red. Y así, con la fatiga, reclaman a las venas del hígado, y las hacen ponerse en contacto con las venas del cerebro, y de este modo el cansancio se propaga en todo el cuerpo. Significa que, cuando el hombre abandona el camino de la rectitud, la ausencia de moderación en su comportamiento hace que se incline a todo tipo de incorrecciones, y la abstinencia en sí misma incluso le priva de la justa medida de la ciencia. De modo que, cuando se abstiene sin moderación de las cosas lícitas, incurre en el aburrimiento por las otras virtudes, y cuando cree haber emprendido el camino hacia la justicia y cree tener una ciencia superabundante, se construye la trampa en la que caerá. Porque, a causa de este incoherente concepto de la abstinencia, minusvalora la temeridad de la osadía y la presunción, empieza a dudar de poder perseverar en esta disciplina, y así se precipita en la trampa de la desesperación. Entonces, las venas de los riñones tocan la pantorrilla derecha con más fuerza que la pantorrilla izquierda, porque la pantorrilla derecha se conforta con el calor del hígado. Significa que la concupiscencia aumenta cuando la abstinencia se practica de modo exagerado y sin discernimiento, ya que eso no está conforme ni con la ley divina, ni con el amor de Dios, mientras en cambio la abstinencia practicada con discernimiento se refuerza con la virtud de la justicia. Las venas de la pantorrilla derecha además suben a las venas de los riñones y las tocan, el hígado calienta los riñones, situados en la grasa que proviene de los humores, de modo que las venas puedan dilatarse velozmente, provocando un descanso rápido que acaba en cuanto cesa su acción, porque, cuando el hígado produce calor, el hombre bromea y está alegre, ya que la abstinencia auténtica, la que está en Dios, vence la tensión de la concupiscencia y la pone frente al juicio de la justicia, acusándola para que desaparezca completamente. Y la justicia quema a la concupiscencia con el fuego del Espíritu Santo, destruyéndola mientras yace en la inmunda suciedad, y así los males que contenía en ella misma son empujados a transformarse en contrición y amargura, aunque antes le hubieran proporcionado placer, aunque breve, porque el pecador que se convierte en justo, recoge el premio de la alegría.

 

Por qué causas, cuando a veces la flema y los humores se corrompen en el hombre, hacen aparecer en el cuerpo epilepsia u otras enfermedades, y que males suponen para el alma estos padecimientos físicos

XV. Cuando los humores interiores al hombre, puestos en agitación por un movimiento irregular, tocan las venas del hígado como se ha dicho, disminuye su humedad y también se reduce la humedad del pecho. Por tanto hacen enfermarse al hombre desecándolo, la flema en ése hombre se pone árida y venenosa, y en esta condición sube al cerebro y produce dolor de cabeza, dolor de ojos, y la médula en los huesos se pudre. Por eso a veces este hombre se enferma de epilepsia en la luna menguante. Entonces, en efecto, los pensamientos del hombre adquieren impiedad y dureza y se hacen tiranos, inclinándose a la soberbia. Oprimen con su tiranía la justicia que, invadida por el rocío del Espíritu Santo, debería hacer florecer en el hombre la santidad de las obras buenas, y al mismo tiempo debilitan en él las otras virtudes y las desecan. Este género de pensamientos además conducen a la desesperación, como con epilepsia, derrumbando su ciencia, el principio, la intención y la fuerza del bien obrar que en él anteriormente eran vigorosos, porque la luz de la verdad que resplandecía en él, ahora está apagada.
También la humedad que se encuentra en el ombligo, alcanzada por aquellos mismos humores, se seca y se endurece, y así la carne se pone ulcerosa, como si fuera leproso, aunque no se trate de la lepra. Y las venas de sus lomos, desordenadamente estimuladas por aquellos humores, excitan las otras venas del mismo modo, y provocan que se seque el justo grado de humedad y por esto se originan erupciones en la piel. Ya no se difunde en él la humedad de la continencia, que en el ombligo debería destruir su concupiscencia, puesto que el rocío del Espíritu Santo se ha alejado por estos pensamientos impíos, duros e ilícitos. Por esta razón, cuando la humedad abandona el cuerpo del hombre, sus pecados se gangrenan por las malas costumbres, y así se hacen evidentes a todos por el hedor de lepra que emanan. Y sus lomos, que la castidad ya no ciñe, se ponen en agitación a causa de esos mismos pensamientos. Una vez desecado el germen de los buenos frutos, los malos ejemplos nacen en este hombre, parecidos a costras. Como Oseas enseña inspirado por el Espíritu Santo, cuando dice:

 

Palabras del profeta Oseas sobre esta cuestión, y en qué sentido deben ser comprendidas.

XVI. “Lo que vi en la casa de Israel es horrible, allí se prostituye Efraím y se contamina Israel” (Oseas, 6, 10). Esto se interpreta así: En aquellas madrigueras yacía el que habría tenido que dirigir la mirada a Dios con corazón puro. Pero Yo, que escudriño todos los delitos, también los más ocultos, vi la más vergonzosa abominación, es decir al hombre que, envuelto en los pecados de fornicación inmunda y maloliente, se revuelve en ellos contaminándose como un cerdo en el barro. Cuando él debería buscar la pureza, comprenderla y abrazarla, se ha hecho en cambio disoluto y digno de todo desprecio. La impureza, en efecto, compromete las fuerzas del hombre, como si lo separara de su espíritu, porque éste ya no es capaz de dedicarse con el perfecto empeño de la honestidad ni a las cosas del mundo ni a las cosas de Dios. El incendio de la carne, junto al consentimiento de su voluntad, le sugieren y le transmiten soberbia, vanagloria y todo el dolor.

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