Todo fiel que sigue devotamente las huellas del Hijo de Dios, caminando entre tentaciones y reforzado por el sostén de las virtudes, alcanzará la alegría eterna. Palabras de Isaías que lo confirman, y su explicación.

XLV. De este modo, como se ha dicho, la imagen está envuelta y circundada por estos signos, ya que el hombre de fe, que sigue lealmente las huellas del Hijo de Dios, defendido y adornado por la claridad de las santas virtudes, está rodeado por ellas de modo tal que, arrancándole de las insidias diabólicas, lo conducen felizmente a la felicidad de las alegrías celestes. Allí gozará para siempre, tal como Isaías, mi siervo, certifica diciendo: “Habitará allá arriba, se refugiará en una ciudadela edificada en la roca, le daremos pan, el agua no le faltará. Verá al rey en su resplandor, contemplarán sus ojos la tierra que se extiende hasta muy lejos”. (Is 33,16-17).
Esto se interpreta así: El que cambia dirección de la izquierda a la derecha, teniendo presente que Dios descansa sobre el que es humilde y tiene paz en el corazón, también vence la soberbia del diablo cuando lucha consigo mismo y dice: “Dios me ha iluminado con dos ojos con los que medito sobre la gloria que la luz tiene en las tinieblas, y gracias a ellos, puedo escoger por qué vía proceder. Reconozco que tengo elección, visión clara o la ceguera, y yo conozco al guía al que invocar para conducirme hacia el día o hacia la noche. Sé que si me escondo en las tinieblas puedo cometer acciones lascivas, que no seria capaz de realizar a plena luz del día, porque me contemplarían cuantos estuvieran presentes, pero en las tinieblas no conseguiré ningún premio, sino condena y castigo. Y por tanto machacaré aquella estrechez de corazón por la que me deleito en los pecados, e invocaré al Dios viviente para que me conduzca por la calle de la luz y cure mis heridas, para que a plena luz no tenga que ruborizarme a causa de ellas. Si actuó así, romperé las cadenas de mi prisión, porque de este modo habré capturado a mi enemigo, a cuyas sugerencias di mi consentimiento en las tinieblas, y que de ese modo se burló de mí”.
En efecto, el que así obra habitará en lo alto de los cielos y en una fortaleza construida sobre la roca que es Cristo. Estará en su alta morada, donde le darán el pan de vida, alimento que nunca puede cansar, porque siempre deleita con el gusto de la dulzura que tiene la verdadera caridad. Por esta razón, como el agua de vida origina y fluye por un riachuelo, así, en virtud de los dones del Espíritu Santo, todas sus obras fluyen en la santidad, de modo que los ojos de paloma del Espíritu Santo las ven. Estas aguas son fieles, ellas no se vaciarán ni se secarán y el hombre nunca estará saciado de ellas. Como fluyen del oriente, no podrá ver ni su altura, mientras permanezca en el cuerpo, ni su profundidad, porque las aguas en las que el hombre renace a la vida fluyen del Espíritu Santo. De este modo solo el hombre de fe verá al rey en el resplandor de la santidad, y en su ciencia divisará la tierra de los vivientes, cuando con el corazón y con el cuerpo esté lejos de los pecados. Podrá considerar, entonces, qué bien elegir.

 

La luz clara que procede de la boca de la figura que tiene una rueda en el pecho, se difunde en forma de hilos con los que parece que se miden los signos que hay en la figura, en la rueda y en los círculos. Razonamiento místico sobre estas cosas.

XLVI. Ves pues que, de la boca de la imagen de hombre, en cuyo pecho aparece la referida rueda, sale en forma de hilos una luz más clara que la luz del día. Quiere decir que de la virtud del amor verdadero, en cuya ciencia está colocado el círculo del mundo, procede la suprema armonía de su orden que reluce sobre todas las cosas, todas las contiene y a todas las atrae a sus leyes. Con estos hilos se miden con medida exacta y nítida los signos de los círculos y las otras figuras que se distinguen en la rueda, y los signos de cada uno de los miembros de la imagen humana, es decir de aquella imagen que se ve dentro de la rueda, como ha sido dicho anteriormente y continuaremos explicando. Con esta medida el amor distingue como es debido la justa medida de las fuerzas de los elementos y los adornos celestes que defienden al mundo, permitiendo su desarrollo y belleza, y todas las estructuras de los miembros del hombre que tiene el dominio sobre el mundo, como tantas veces te he explicado.
De este amor verdadero, completamente divino, proviene aquel bien que es más precioso, mas deseable que todo, ya que recoge y lleva consigo a todos los que lo buscan y valora con justo juicio los méritos de los deseos celestes y los gemidos espirituales que proceden de la inspiración divina, además de todas las obras del hombre realizadas por amor de Dios, como saben bien todos los que quieren a Dios con un amor perfecto, según las palabras que digo por medio de mi siervo Jeremías:

 

Palabras del profeta Jeremías sobre el mismo argumento, y como tienen que ser entendidas

XLVII “Yo soy el Señor, el que escruta la mente, y examina el corazón. Y doy a cada cual según su conducta, según el fruto de sus acciones”. (Jr 17,10). Esto se interpreta así: Los que quieren a Dios no se dejan arrastrar por falsos pretextos para querer a otros que no sea él, ni quieren hablar sobre la concupiscencia de la carne a hurtadillas con otros. Sin embargo el hombre muchas veces hace lo que quiere, como Adán, que quiso ver de qué era capaz. Pero el hombre no puede servir al mismo tiempo a Dios y al diablo, ya que el diablo odia lo que Dios quiere, y Dios desprecia lo que el diablo quiere. Lo mismo ocurre dentro del hombre, porque la carne se deleita en los pecados y el alma está sedienta de justicia, y entre las dos hay una gran batalla, porque una parte se opone a la otra. Así, la obra que el hombre inicia de este modo, se realiza con gran esfuerzo, como cuando un siervo se ve obligado a servir a su señor, ya que cuando la carne se hace servir del alma incurre en el pecado, mientras que cuando el alma somete la carne, obra el bien junto a ella. En efecto, cuando el hombre avanza rápido favoreciendo los deseos del alma, se niega a sí mismo por amor de Dios y se hace extraño a la concupiscencia de la carne. Así hacen los justos y los santos y también lo hizo Abel, que dirigió la mirada a Dios. Cuando su sangre fue derramada toda la tierra tembló. Por esto la tierra fue llamada viuda, porque fue privada de la perfección de la santidad a causa del homicidio de Caín, como la mujer, privada del consuelo del marido, queda viuda y abandonada.
Y Yo, Señor de todo, escudriño los corazones contritos que desprecian los pecados, y sondeo las entrañas que se abstienen del placer de la concupiscencia. Yo, que retribuyo al hombre según la fatiga de su camino, según los frutos que produce y según sus pensamientos, porque todos los frutos del hombre los tengo escritos, delante de Mí. Justo es el hombre que renuncia a su voluntad y a la concupiscencia. En cambio no se podrá definir como justo quien dirige la voluntad exclusivamente a la concupiscencia. Sin embargo, si se ha convertido al bien, sus cicatrices serán lavadas en la sangre del Cordero, y el ejército celestial, al ver las cicatrices curadas, entonará admirado la alabanza a Dios. Todo hombre que tema y aprecie a Dios, que abra la devoción de su corazón a estas palabras, y sepa que ellas han sido proferidas por la salud de los cuerpos y las almas de los hombres, no por un ser humano, sino por Mí, el que soy.

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