TERCERA VISIÓN DE LA PRIMERA PARTE

 

Recopilación simple de algunas visiones relativas a la naturaleza, los vientos que rodean el firmamento por arriba y por abajo, lo que conduce a los astros de occidente a oriente en el círculo superior y los retiene en su curso. Sobre los humores del hombre que reciben sus cualidades del aire y de los vientos, cuando se encuentran. Sobre las venas y las entrañas del interior del cuerpo humano, cómo están conectadas y cooperan en sus muchas funciones, y por que causas a veces se alejan de su equilibrio.

Visión 3

I. Y vi que el viento de levante y el viento de mediodía junto con sus vientos colaterales movían el firmamento con el soplo de su fuerza. Lo hacían girar en círculo de oriente a occidente por encima de la tierra. Luego vi que el viento occidental junto al viento septentrional y sus vientos colaterales, sustentaban y empujaban el firmamento con sus soplos, rechazándolo de occidente a oriente debajo de la tierra.
También vi que, a partir del día en que los días empiezan a alargarse, el viento meridional con sus colaterales, casi sustentando el firmamento, lo empujaban poco a poco hacia arriba, desde la zona meridional hacia el norte, hasta el día en que los días cesaban de alargarse. Y a partir de aquel día en que los días empiezan a acortarse, el viento septentrional con sus colaterales, como retrocediendo delante de la luz del sol, empujaba el firmamento hacia abajo, poco a poco, rechazándolo del norte hacia el sur, hasta que el viento meridional empezó de nuevo a levantarlo a partir del punto en que empiezan a alargarse los días.
Y también vi que en el fuego superior apareció un círculo que circundó todo el firmamento de oriente hacia occidente, desde el que avanzó un viento de occidente, que forzaba a los siete astros a proceder de occidente hacia oriente en sentido contrario al movimiento circular del firmamento. Y este, como los otros vientos de que antes se ha dicho, no exhaló hacia el mundo sus soplos, sino que se limitó, como ya hemos explicado, a regular el curso de los astros.
Y luego vi que por las diversas cualidades de los vientos y el aire, cuando topan unos con otros, los humores que hay en el hombre, agitándose y transformándose, asumen las características de los vientos y del aire. Dentro de cada uno de los elementos superiores, hay en efecto, aire. Este aire es el que hace girar a este elemento gracias a la energía de los vientos, ya que de lo contrario permanecería inmóvil. Y de cada uno de estos elementos, con la ayuda del sol, de la luna y las estrellas, también liberan el aire que templa el mundo. A veces, sin embargo, cuando o por el ardor del curso del sol, o bien a causa del juicio de Dios, un elemento cualquiera está en contacto con una región cualquiera del mundo, este elemento, movido junto con el aire que lo mueve, envía a partir de este mismo aire un soplo que es llamado viento, directo hacia el aire de abajo. Este viento se mezcla enseguida con el otro viento, ya que en parte proviene de él y en alguna medida son parecidos, y entonces entran en contacto con el hombre, produciéndole la modificación de los humores internos, según las propiedades correspondientes a este viento y a este aire. Así el hombre tan pronto se siente débil como fuerte.
Y también vi que, cuando uno cualquiera de los vientos, con todas aquellas cualidades, se levanta en cualquiera región del mundo bajo la influencia de las variaciones del curso del sol y de la luna o por decisión divina, como se ha dicho, emite su soplo en aquel lugar. Después de haber puesto el aire en movimiento y haberlo hecho parecido a sí, aquel aire preserva todos los elementos del mundo y altera los humores del cuerpo humano según la cualidad de aquel soplo. Porque cuando un hombre, cuya cualidad natural concuerda con la del viento, inspira y luego espira este aire tan modificado, el alma, absorbiendo este aire, la transmite dentro del cuerpo, también los humores internos se modifican y en muchos casos le hacen enfermarse o lo curan, como ya se ha dicho anteriormente.
A veces los humores se sublevan contra el hombre con la ferocidad de un leopardo, pero luego se vuelven más débiles. A menudo muestran sus cambios de modo variable como el cangrejo, que ahora anda adelante, ahora atrás. A veces, saltando y clavando los cuernos como un ciervo, manifiestan la misma variabilidad. Otras veces invaden al hombre con la rapiña de un lobo, aunando las características conjugadas del ciervo o del cangrejo, como se ha dicho. También enseñan que a veces puede actuar dentro del hombre, una fuerza parecida a la de un león, o ser como una serpiente que ahora se presenta con dulzura, ahora con perfidia, mientras que otras veces fingen ser suaves como un cordero, o bien gruñen como un oso, con cólera. También pueden manifestar al mismo tiempo las cualidades mencionadas de cordero y de serpiente. Efectivamente, a menudo los humores en el hombre están sometidos a este tipo de cambios.
Muy a menudo, después de haber sido tan modificados, los humores entran en el hígado del hombre, que es donde se valora su ciencia procedente del cerebro, conocimiento que está equilibrado por las energías del alma, y al que llega la humedad del cerebro para que esté bien nutrido, fuerte y sano. El hígado está en la parte derecha del hombre y el cuerpo está muy caliente, razón por la que la derecha es mas rápida de movimientos y más diestra en cumplir los trabajos. En la izquierda, en cambio, están el corazón y el pulmón, que sostienen los esfuerzos de aquellos órganos y que reciben el calor del hígado como de un horno.
Cuando estos humores en movimiento tocan a las venas del hígado, sacuden las venitas del oído del hombre y a veces las perturban. Por esta razón la salud o la enfermedad a menudo se introducen en el hombre por el oído, por ejemplo cuando las noticias agradables nos traen alegría en exceso o cuando las noticias de las adversidades nos hunden demasiado en la tristeza.
También vi que a veces estos humores se dirigen hacia el ombligo del hombre que, siendo como es el punto de llegada de las entrañas, las cierra dulcemente para que no se dispersen en todas las direcciones, y mantiene en un justo equilibrio sus trayectorias, su calor y el calor de las venas. A menudo sin embargo estos impulsos arrancan al hombre del descanso, de otro modo el hombre no podría vivir.
Y a veces se dirigen a los lomos del hombre. Allí se encuentran concentradas energías que pueden ser peligrosas al ejercitarse. Pero los nervios y las otras venas las refrenan, para que florezca en ellos la racionalidad por la que el hombre sabe qué hacer y qué evitar, y así disfrutar de sus obras. Los humores que se encuentran en la parte derecha del cuerpo se calientan y refuerzan por la respiración y por el hígado, para que el hombre reciba así discernimiento y disciplina acerca de como poner freno a las tempestades de los otros humores, con el fin de poder llevar a cabo sus actos con disciplina. A veces los humores también alcanzan las venas de los riñones y de los otros órganos, alcanzan las venas del bazo, del pulmón y del corazón. Y todos estos órganos, junto con las entrañas, entran en acción en la parte izquierda cuando el pulmón los calienta, mientras el hígado calienta la parte derecha del cuerpo. Las venas del cerebro, del corazón, del pulmón y del hígado y todas las otras dan fuerza a los riñones, y las venas de los riñones y descienden hasta las pantorrillas y las refuerzan. Y así, cuando los humores suben con estas venas de las pantorrillas, ellas forman conexiones en el seno de los órganos viriles y de la matriz femenina, y, lo mismo que el estómago asimila el alimento, estas venas introducen en aquellas sedes la fuerza para engendrar la prole, como la hoja de hierro se afila sobre la piedra. En efecto los músculos de los brazos, de los antebrazos y de las pantorrillas, e igualmente los muslos, están llenos de venas y de humores, ya que, como el vientre retiene en si las entrañas y las comidas, así la parte superior de los brazos y las pantorrillas de las piernas custodian en si las venas, y los humores refuerzan y sustentan al hombre con su fuerza particular, al igual que el vientre lo nutre.
Cuando a veces el hombre corre de prisa o camina rápidamente, los nervios que están bajo las rodillas y las venitas que están en ellas, extendidos más allá de medida, tocan las venas de las pantorrillas, numerosas y unidas como de una red. Y así, con la fatiga, reclaman a las venas del hígado, y las hacen ponerse en contacto con las venas del cerebro, y de este modo el cansancio se propaga en todo el cuerpo. Entonces, las venas de los riñones tocan la pantorrilla derecha con más fuerza que la pantorrilla izquierda, porque la pantorrilla derecha se conforta con el calor del hígado. Las venas de la pantorrilla derecha además suben a las venas de los riñones y las tocan, el hígado calienta los riñones, situados en la grasa que proviene de los humores, de modo que las venas puedan dilatarse velozmente, provocando un descanso rápido que acaba en cuanto cesa su acción. Cuando el hígado produce calor, el hombre bromea y está alegre. Pero, cuando los humores interiores al hombre, puestos en agitación por un movimiento irregular, tocan las venas del hígado, como se ha dicho, su humedad disminuye y también se reduce la humedad del pecho, de forma que hacen enfermar al hombre desecándolo. Si la flema de ése hombre se pone seca y venenosa, y sube al cerebro, le produce dolor de cabeza, dolor en los ojos, y la médula en los huesos se pudre. Por esto a veces este hombre enferma de epilepsia en la luna menguante.
También la humedad que se encuentra en el ombligo, alcanzada por aquellos mismos humores, se seca y se endurece, y así la carne se pone ulcerosa, como si fuera leproso, aunque no se trate de la lepra. Y las venas de sus lomos, desordenadamente estimuladas por aquellos humores, excitan las otras venas del mismo modo, y provocan que se seque el justo grado de humedad y por esto se originen erupciones en la piel. También las venas de los riñones, alcanzadas a veces por los humores desordenadamente excitados, ponen en agitación las otras venas que están contiguas a ellas en las pantorrillas o en el resto del cuerpo, como se ha dicho, secan las médulas de los huesos y las venas de la carne, y así el hombre languidece, arrastrando por mucho tiempo esta debilidad. Pero también pasa que aquellos humores inundan con su humedad más de lo debido el pecho del hombre y esta humedad llega al hígado. Entonces empiezan a levantarse en este hombre innumerables pensamientos diferentes, por los cuales unos momentos se cree demasiado sabio y en otros demasiado necio. Y sucesivamente los humores, remontando hasta el cerebro, lo envenenan, luego descienden en el estómago y producen fiebres, así provocan que este hombre enferme crónicamente. Los humores llegan a veces también con el exceso de flema a las venitas de los oídos y a estas a su vez envenenan las venas del pulmón con la flema, tanto que el hombre tose y apenas puede respirar. Esta misma flema en exceso, pasando de las venas del pulmón a las venas del corazón, se manifiesta como dolor. Dolor que, desplazándose hacia la cadera, provoca la pleuresía y golpea al hombre como si tuviera epilepsia en la luna menguante.
Con su humedad excesiva, las flemas desplazan las entrañas recogidas en el ombligo del hombre, y suben al cerebro y en muchos casos le provoca frenesí. Agitan las venas de los lomos y activan una crisis de melancolía que transtorna al hombre y le ponen triste e incapaz de discernimiento. A veces los humores alcanzan las venas de los riñones haciéndolas demasiado húmedas, y luego envenenan las venas de las pantorrillas y las otras venas del cuerpo con la excesiva humedad. Y si en este punto el hombre abusa en exceso de la comida y bebida, los humores lo harán enfermarse de lepra grasa, porque sus carnes empiezan a hincharse. En cambio, si los humores en cuestión no se difunden por los elementos ni con excesiva sequía ni con excesiva humedad, sino templados en medida adecuada y constante, el hombre se mantiene sano en el cuerpo y fuerte en el conocimiento del bien y del mal.

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