Ningún fiel tiene que descuidar ninguna clase de virtudes, distintas unas de otras, porque el efecto de la virtud es conducir al hombre a la justicia y a la rectitud de las cosas celestes.

XXVI. Cada clase de virtudes presenta por sí y en su propio interior sus distinciones, porque una virtud muestra ciertos poderes, y otra otros, y así también son distintas sus operaciones en los hombres, y esto hay que entenderlo referido a todas las virtudes. Las obras buenas siguen a una voluntad buena. Igualmente, algunas virtudes se inclinan a la ciencia de Dios, y puesto que existen en la ciencia de Dios, conducen al hombre a todas las formas de la justicia al mismo tiempo que le hacen encaminarse con rectitud hacia las cosas celestes. Sin duda, todas las virtudes se apresuran a conseguir la salvación del hombre, aunque no todas aparezcan con igual medida en un solo hombre. En efecto, el juicio de Dios aterroriza al hombre y lo somete a examen, y no hay obra de hombre que no sea sometida a esta criba, porque el justo juicio de Dios juzga justamente todas las cosas. Pero la prudencia infunde en el hombre sus fuerzas junto con la providencia para que abrace la castidad, abandonando prudentemente el desenfreno de su tiempo. La paciencia en cambio, lo toca con la mansedumbre para que soporte pacientemente las tentaciones de la carne, porque en ambos sexos, tanto en el hombre como en la mujer, el ardor de la concupiscencia carnal tiene que ser apaciguado recurriendo a estas virtudes, sin aburrimiento ni negligencia. Por esta razón nadie tiene que descuidar estas virtudes, para que no lo abandonen haciéndolo desecarse en la aridez o ahogándole en deseos carnales. Mas vale que los creyentes imiten con ellas el ejemplo de las buenas obras, para que se conserven en la santidad.
Si el hombre, en cambio, descuida a Dios, incurre muy a menudo en el castigo de su cuerpo por el justo juicio de la divinidad, tal y como hemos dicho. Así, el azote de Dios lo somete a su poder tanto por parte de los elementos y por las criaturas superiores como por parte de las inferiores, con calor y con frío, con sequía y con humedad y con muchas otras aflicciones, porque al no observar la constancia en las virtudes no quiso comprender qué debía hacer. Cuando las virtudes empujan al hombre hacia lo espiritual, ellos también se hacen prudentes en los asuntos carnales, incluso las virtudes, sin aparecerles abiertamente en ellos, los obligan de muchos modos, en silencio, al temor de Dios. Pero cuando se manifiestan en ellos de tal modo que las cultivan abiertamente gracias a la acción de la caridad, entonces se verá que ellos han probado el temor de Dios, en primer lugar en las cosas temporales, y que luego se han sustraído a los impulsos de la carne, más por deseo del cielo que por temor de las penas infernales. Se han robustecido por la fuerza de las virtudes santas, como testimonia David, cuando de acuerdo con mi voluntad afirma:

 

Cita del Salmo CXVII en relación a esta cuestión, y como debe ser interpretada.

XXVII. “La diestra del Dios hizo proezas, la diestra el Dios me ha exaltado. No moriré, sino viviré, y contaré las obras del Señor”. (Sal 117,16-17) Esto se interpreta así: El hombre en primer lugar por temor de Dios y de las penas infernales comienza por inclinarse a la izquierda, luego, por el amor del Dios, sube hacia la derecha, es decir hacia los deseos de los bienes celestes. Y en cuanto comienza a hacerlo, se reviste de una armadura firme, porque ha separado la ciencia del bien de la del mal.
Por tanto el ojo se puede comparar a esta doble ciencia, que tiene un círculo acuoso situado dentro de la parte blanca, como un vaso que contendría un espejo. La ciencia del mal, que se extiende por el lado izquierdo, se parece al vaso de la ciencia del bien, que procede del lado derecho. En efecto, el ojo derecho, el de la ciencia del bien, mira por todas partes para darse cuenta de la inutilidad de la concupiscencia carnal que es incapaz de captar la luz de la verdad y que cuando se alegra en los placeres impuros, acaba al fin ahogada por la tristeza, como sumergida por el agua. Así la derecha del Dios, su energía, engendra la virtud que permite a los hombres conocer a Dios por la fe y los empuja a la ejecución de sus obras en su temor.
Por la penitencia, la derecha me exalta cuando me hundo en mis pecados. Más tarde, tras esta penitencia, esta derecha divina engendra la virtud que me enciende en el amor a Dios con un deseo tan grande que nunca podré saciar. Por esta razón no moriré en el pecado, porque estoy arrepentido de ellos, y un día resurgiré. Por la verdadera y pura penitencia que ofrezco a Dios, viviré por siempre jamás y así, arrancado de la muerte, contaré las maravillas del Señor, en el temor y en el amor de él, porque no se me ha entregado a la muerte sino que me ha arrancado de la perdición infernal.

 

Por qué el viento principal del Norte, a la izquierda de la imagen de hombre, aparece como una cabeza de oso en el círculo del fuego negro. Por qué sus dos vientos colaterales aparecen el uno en forma de cabeza de cordero, el otro en forma de cabeza de serpiente

XXVIII. A izquierda de la figura humana, en el círculo de fuego negro, aparece como una cabeza de oso que avanza cada vez más desde la zona septentrional. Para el hombre, el norte es muy a menudo fuente de dificultades, la causa de las cuales es el fuego negro. Como el oso gruñe enfurecido, porque su naturaleza lo hace feroz, así este viento prepara de vez en cuando, como si gruñera, agitaciones y estrépitos, peligros y tempestades. Pero la cabeza de oso exhala un soplo de su boca que se alarga a derecha e izquierda de la garganta. A la derecha toma la forma de cabeza de cordero, a la izquierda, asume la forma de una cabeza de serpiente. Quiere indicar que este viento que viene de la región septentrional, como se ha dicho, y que se extiende por una parte y por la otra, hacia la derecha, tiene la mansedumbre de la naturaleza del cordero, que es dulce y no peligroso, porque en aquellas zonas el viento mencionado se muestra dulce. Hacia la izquierda imita en cambio a la serpiente, que primero se desliza suavemente y después se precipita sobre la presa. Cuando no logra predominar en esta forma, empieza, temeroso, a suplicar al hombre, ya que inicialmente el viento de esta parte avanza con andadura engañosa, sin ruido, pero al final se muestra fraudulento y peligroso. Sin embargo, cuando ya los hombres se sienten perdidos, vuelve a la dulzura de antes.
De la boca de este cordero algo como otro soplo se extiende hasta el medio del espacio entre la cabeza del oso y del leopardo. Porque a semejanza del viento del cordero, este viento, colateral del viento principal que procede del Norte, emite soplando sus fuerzas hasta la mitad del espacio entre norte y oriente. En estas zonas se muestra suave como un cordero, aunque más allá arrecia como en el ímpetu de la cólera. Mientras, otro soplo surge de la boca de la cabeza de serpiente, y llega hasta la mitad del espacio entre la cabeza del oso y la del lobo. Como tiene la naturaleza de la serpiente, así este viento, colateral del viento septentrional, llega hasta el punto medio del espacio entre el viento principal del norte y el viento principal del occidente, y tan pronto manifiesta su fuerza de manera suave, como casi a traición y violentamente.
Aquella cosa parecida a un soplo, que sale de la parte derecha de la boca del oso para llegar a la cabeza de cordero, la otra cosa como un soplo que procede de la parte izquierda de la misma boca hasta la cabeza de serpiente, así como el soplo que llega hasta la indicada mitad del espacio entre la cabeza del oso y del leopardo, y el soplo que se alarga hasta mitad del espacio entre la cabeza del oso y la del lobo, el de la boca de la cabeza de serpiente, y el de la boca de la cabeza de cordero, son todos iguales y de la misma longitud, ya que el viento septentrional, principal, se alarga de una parte y de la otra con una misma extensión hasta los vientos colaterales a él subordinados. Y estos vientos colaterales, que se orientan a oriente y a occidente, alcanzan su punto final cubriendo un recorrido de la misma longitud que el delimitado al viento principal, que es, como hemos dicho, su punto de comienzo.

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