Por qué también estas cabezas, como las otras de que se ha hablado, soplan hacia el interior de la rueda y hacia la imagen de hombre.

XXIX. Y todas estas cabezas también soplan hacia el interior de la rueda y hacia la figura del hombre, porque todos estos vientos mantienen unido el globo terráqueo con la fuerza de sus ráfagas y empujan al hombre, en él colocado, a ocuparse de lo que le hace falta, para no perecer en la debilidad.
Pues, cuando cada uno de estos vientos emite su soplo con todas las cualidades descritas, sea por naturaleza, sea por disposición de Dios, penetra sin obstáculo en el cuerpo del hombre, y el alma que lo recibe lo conduce naturalmente al interior, hasta todos los elementos del cuerpo que tengan afinidad con la naturaleza de aquel viento. Así, a causa del soplo de los vientos, el hombre recibe consuelo o es privado de él. Y cuando el hombre goza de prosperidad material, el sufrimiento del cuerpo, que es la venganza de Dios, sale como un oso del fuego del juicio, lo agarra y no lo deja avanzar en el camino de sus placeres. Y exhalando contra él algo como un soplo, es decir la miseria que de él procede, lo alcanza tanto en la prosperidad como en la adversidad, y no le permite obrar siguiendo sus deseos, antes le hace desear y tener humildad y pobreza de espíritu. De este modo el hombre empieza a comportarse justamente, abraza la paciencia, virtud simbolizada por la cabeza del cordero, evita el mal e imita la prudencia, representada por la cabeza de la serpiente. Muchas veces el hombre llega a las riquezas espirituales pasando primero por las tribulaciones del cuerpo, y gracias a los tesoros del espíritu conquista el reino de los cielos. Otro soplo, es decir la mansedumbre, sale de la boca de la cabeza de cordero que representa, como ya hemos dicho, la paciencia. Llega a la perfección, que está situada entre las penitencias del cuerpo y el temor de Dios, y otro soplo, es decir la providencia, sale de la boca de la cabeza de la serpiente que representa la prudencia, y llega hasta hacia la perfección, que está entre las penitencias del cuerpo y las penas infernales. Ambos exhortan al hombre, castigado a causa de la venganza de Dios, a despreciar las cosas terrenales y a dirigir su deseo a las cosas celestes, como hemos señalado más arriba.
Tanto el principio como el final de los misterios mencionados, sus acciones y sus sentidos, tienen un único objetivo, que es educar al hombre en una sola manera de obrar, aunque parezca que haya varias maneras. Todo lo que la ciencia de Dios indica como conveniente para la salvación del alma le conduce a la salvación, y con sus fuerzas empujan al hombre a unirse fielmente al Creador en cuerpo y alma. Por eso, el hombre por su parte tiene que fortalecerse en el camino hacia la santidad, huyendo de los deseos carnales y renegando los excesos de los vicios malolientes. Servirá así sabiamente a Dios, que quiere la continencia y la castidad. Es necesario que el hombre no sea demasiado mezquino ni demasiado estéril en la práctica de las virtudes ya que quién se niegue a someter y castigar la propia carne, encaminará el alma hacia la perdición. En cambio, quien estime las virtudes dominando su cuerpo y las conserve con amor, llevará su alma a la vida eterna, ya que de parte de Dios se reparten correcciones y castigos, como dice David, por Mí inspirado, cuando afirma:

 

Palabras de David del Salmo CXVII aplicables a estas cuestiones y su explicación.

XXX. “Los castigos del Señor han sido severos, pero no me ha entregado a la muerte” (Sal 117, 18) Esto se interpreta así: El hombre es a menudo inconstante e indisciplinado y no es temeroso, excepto cuando todas sus venas están recorridas por el sufrimiento. De aquí se comprende cómo el diablo engañó al primer hombre cuando lo hinchó de gran vanidad y deseó ser lo que no podía ser. Como consecuencia, el hombre conoció la tristeza y el dolor. En efecto, a causa del sufrimiento el hombre adquirió el temor, por la vanidad, el olvido y por la desobediencia a la ley, la necia confianza. Pero el temor del Dios prevalece, ya que gracias al temor el hombre tiembla frente a Dios y conoce perfectamente la inutilidad de todas las demás cosas. Primero sobreviene en el hombre el temor a Dios, luego sigue el abrazo a la caridad, y por fin llega el momento en que el hombre ama a Dios y piensa como reconciliarse con él para que Dios no se acuerde de su iniquidad. Pero cuando el hombre busca a Dios en el amor, Dios no deja de castigarlo con continuos sufrimientos, para hacerle decir con confianza: “Al castigarme con sus flagelos, el que es Señor de todas las cosas, ha castigado a un pecador, pero sin embargo, a causa de aquel mismo castigo con que me flagela no me ha entregado a las penas mortales del infierno, porque con amor he ido en su búsqueda y le he confesado mis pecados, y en este mismo castigo soy paciente y prudente, cuando reconozco que sus juicios sobre mis culpas son justos. Y me apresuro, entonces, a volar a su lado con dos alas, la de la ciencia del bien y la del mal, con el ala derecha ayudaré a la izquierda hasta avanzar en la senda recta y uniforme”

 

Acerca de los siete astros que se ven en varios círculos de la rueda de la figura humana, separados por distancias determinadas.

XXXI. Sobre la cabeza de la imagen de hombre están representados los siete astros en este orden, partiendo desde arriba: tres en el círculo de fuego brillante, uno en el círculo de fuego negro debajo de éste, y tres en el círculo de éter puro, debajo de este último. Todos estos astros salen de oriente y se pasan uno a otro según la altura de la misma órbita. Y cuando han completado su curso se dirigen de nuevo a oriente para retomarlo desde el principio.
Tres tienen su órbita en el círculo del fuego brillante, uno en el círculo del fuego negro inferior, y otros tres debajo de ellos, en el círculo del éter puro. Los tres que tienen su órbita en el mismo fuego están alimentados por él en la misma llama y el fuego es confortado en su ardor por sus fuerzas, del mismo modo que el fuego incendia la leña y se vuelve más potente en su ardor gracias a la leña. Y son solo tres, porque si estuvieran en número superior harían arder excesivamente aquel fuego y lo consumirían al realizar sus órbitas, mientras que si fueran menos de tres, el mismo fuego, privado del alimento conveniente a su ardor, se adormecería. El primer astro ilumina con su resplandor el resplandor del sol, el segundo asiste con su ardor al ardor del sol, el tercero retiene con su órbita la órbita del sol en el recorrido correcto. El sol está circundado, dirigido y retenido por estos astros, para que pueda distribuir al firmamento y a todo el mundo un clima adecuado gracias a su calor y a su luz.
Los tres astros que están en el círculo del éter puro, que obtiene su pureza del fuego superior y del agua inferior, están controlados por el éter para que mantengan la pureza de su resplandor, pero su propia pureza también purifica el éter. No están en número superior ni inferior a tres, porque son garantía del mantenimiento de la pureza del éter sin excesos ni carencias. Lo ayudan a conseguir una justa medida, sin recargarla al aumentar, ni arruinarla al disminuir. El primer astro, colocado en el éter puro sobre la luna, favorece la fase creciente y la protege siempre que no se aleje demasiado. El segundo astro, vecino del primero, conserva la luna en la fase menguante para que no se desvanezca completamente. Estos astros es como si tuvieran la función de preceder, seguir y empujar la luna, en modos diferentes pero convenientes para asegurar el equilibrio de todo el mundo.

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