Por qué el viento principal de occidente aparece en forma de cabeza de lobo bajo los pies de la imagen en el círculo del aire húmedo. Por qué sus dos vientos colaterales aparecen el uno en forma de cabeza de ciervo, y el otro en forma de cabeza de cangrejo.

XX. En el círculo de aire húmedo, bajo los pies de la misma imagen del hombre, aparece como una cabeza de lobo que emite como un soplo de la boca. Esto significa que el viento principal de occidente, bajo el poder del que se ha hecho hombre por los hombres, viene soplando en el aire húmedo en el territorio occidental como un lobo que vive escondido en el bosque y sale, saqueador, a la búsqueda de comida. Este viento, saliendo de su escondite, es decir del aire húmedo, tan pronto lleva consigo el verdor a las hierbas, como de repente las ahoga a causa de la sequía.
De la parte derecha de la boca del lobo, alargándose hasta la mitad del espacio dónde están las cabezas del lobo y del oso, surge la forma de una cabeza de ciervo. De su garganta sale un soplo que se agota en la misma mitad del espacio, ya que este viento, dirigiéndose desde aquella parte hasta el punto de medio entre occidente y norte, se transforma en la naturaleza del ciervo, de modo que el viento colateral que surge en este punto emite sus soplos hasta el mismo punto mediano, penetrando con fuerza y corriendo veloz a la manera del ciervo.
De la izquierda de la boca de la misma cabeza de lobo nace otro aliento, que se alarga hasta el espacio intermedio ocupado por las cabezas del lobo y del león. Este aliento se transforma en un cangrejo con dos pinzas como pies. De la boca del cangrejo sale como otro soplo que se para en el mismo punto medio, porque, cuando el mismo viento se sitúa en el medio entre el occidente y el sur, vuelve a la naturaleza del cangrejo, que se mueve adelante y atrás. Se trata de un viento colateral que procede oscilando como el cangrejo, se difunde en una y otra dirección y llega hasta el punto mediano que se ha dicho.
Todas estas cabezas están equidistantes la una de la otra y ocupan un espacio igual. Sus soplos se alargan en igual medida y forma en las dos direcciones, tal y como pasaba en las descritas anteriormente, porque las cabezas emiten sus soplos según la distancia que separa estos vientos los unos de los otros. Cada viento dirige hacia otro viento el propio soplo y, yendo uno al encuentro del otro, no superan su límite, ningún viento sopla más fuerte que otro, salvo que así suceda por juicio divino. Pero si esto ocurriese por decisión divina, se producirían en aquel punto cosas terribles y se ocasionan muchísimas y peligrosas calamidades.

 

Por qué también estas cabezas, como las anteriores, soplan hacia la imagen del hombre, y su significación moral.

XXI. Y todas las cabezas soplan el propio aliento hacia el interior de la rueda y hacia la imagen del hombre en ella colocada, de manera que estos vientos regulan con sus fuerzas y funciones el mundo, el hombre y todas las cosas que hay en el mundo.
Pues, cuando los creyentes obran el bien, es como si pisotean con justos ejemplos la mortal caducidad de los deseos terrenales, es como si del aire húmedo, es decir de las obras santas, salieran los castigos infernales como el lobo sale al descampado. Porque cuando los creyentes dejan de pecar y caminan por la vía de la rectitud, enseñan a temer intensamente los castigos infernales que devoran las almas. Y estos castigos infernales producen en el corazón de los hombres algo parecido a un soplo, es decir la contrición, porque los creyentes tienen miedo de estos castigos. La misma contrición, según el deseo de Dios, se proyecta en la plenitud de la perfección, porque cuando el hombre avanza con prosperidad en sus actos y se coloca entre las penas infernales y la penitencia del cuerpo, ella asume la forma de una cabeza de ciervo, es decir de la fe.
De la boca del ciervo que simboliza la virtud, proviene otro soplo, la santidad, que se mantiene en la misma perfección. Cuando el hombre teme las penas infernales, aflige su cuerpo con penitencias diferentes y penosas con tal de alcanzar aquella perfección en que arde todo entero en la fe, ya que cree que Dios lo arrancará de los castigos infernales. Así nace en él la santidad y entonces se empapa completamente en las realidades espirituales, abandonando las obras del mundo. Cuando en cambio el hombre, con el permiso de Dios, es castigado en el cuerpo con innumerables calamidades, a causa de la siniestra adversidad de las voraces penas infernales de que se ha dicho, entonces la contrición sube a su corazón y, en el momento mismo en que se da cuenta de que no tiene una vida próspera, se eleva a partir de este sentimiento. Sube así a la plenitud de la perfección, situado entre las penas infernales y el juicio de Dios, llegando a la cabeza de cangrejo, es decir a la confianza, qué tan pronto está llena de esperanza, como al poco llena de duda, porque el hombre confía sus actos a Dios, esperando obtener así la remisión de sus faltas, pero a veces también duda. Al final, otro soplo que designa la constancia, saliendo de la confianza lo conduce a tal perfección de las virtudes, que desde aquel momento no tiene más indecisiones respecto de la bondad divina.
En la medida en qué están bien asentadas estas afirmaciones, la eficacia de las obras mismas es rechazada por el hombre, porque, aunque las penas infernales sean temibles, la confianza en la bondad divina hace que, en el hombre, sea más vigorosa la fe acompañada de la santidad y la confianza acompañada de la constancia, especialmente cuando el individuo empieza a afligirse en el proceso de contrición por miedo de las mencionadas penas. Así, cuanto más teme el hombre al infierno, más cauto es en todas las circunstancias. Todas estas penas infernales, con su fuerza, obligan a obedecer al mandato de Dios que todo lo abarca, y empujan al hombre por la virtud de sus propias energías a cumplir la voluntad de Dios. Así hacen que Dios sea temido ya que, cuando el hombre tiene realmente miedo de las penas, deja de pecar, y cuando observa en los otros los buenos ejemplos, tiene muchos motivos para indignarse consigo mismo, pero si logra soportar la rabia con paciencia, muestra santidad en todas sus obras.
Y cuando avanza felizmente, sin padecer adversidad, gracias al sostén de las obras buenas, rápidamente logra la rectitud en virtud de estos actos, de tal manera que gozando de la prosperidad terrenal puede encomendarse con confianza, sin titubear, a la gracia de Dios. Emplea los bienes mortales de la tierra para no verse privado de la eternidad en el cielo. En cambio, aquellos que están privados de la fecundidad del Espíritu Santo se ahogan en la infidelidad, se consumen en la depravación, se hunden en el infierno, porque no ha querido encomendarse a la gracia de Dios. De esta cuestión habla Isaías, mi siervo, cuando dice:

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