Por qué las cabezas puestas en la rueda soplan en dirección a la imagen del hombre. Descripción de su sentido moral.

XVIII. Todas estas cabezas soplan hacia el interior de la rueda y hacia la imagen del hombre, porque estos vientos con sus soplos aseguran el adecuado equilibrio del mundo y por su ministerio preservan la salvación del hombre. En efecto, el mundo no existiría ni el hombre podría vivir, si no estuvieran vivificados por el soplo de estos vientos. Cuando el hombre se eleva en la contención de su alma y se acuerda de sus malas acciones y se dispone a la penitencia, es como si en la señal del éter puro, es decir en la penitencia, el temor de Dios brincara como un leopardo sobre su cabeza. Por su boca, es decir de su virtud, escuchamos la contrición, y, tocando el espíritu del hombre, le da ocasión de llegar hasta la cabeza del cangrejo, que representa la confianza. Este cangrejo tiene dos pinzas que son como dos pies, significan la esperanza y la duda, y cuando la mente del hombre está en las contradicciones del espíritu, el temor de Dios conduce la contrición hasta la cabeza de ciervo, que es la fe.
Apenas el hombre toma conciencia del peso de sus pecados, se dirige hacia la penitencia que incluye un temor de Dios constante, incluso dejando de lado los bienes de este mundo, hasta que llega a la confianza que tiene, por así decirlo, dos pies, la esperanza y la duda. La confianza engendra la esperanza con la cual se mezcla a veces la duda. En la confianza en Dios, el hombre espera conseguir la remisión de sus pecados y así, avanza. Sin embargo, cuando considera la cantidad y la gravedad de sus pecados, a menudo se pregunta si algún día obtendrá la remisión de los mismos. Entonces duda, aunque tenga confianza en Dios. Pero, cuando de vez en cuando sufre la desdicha de las enfermedades del cuerpo, vuelve los ojos a las riquezas de la fe, lo cual reduce en él a la nada las traiciones de la duda, sobre los cuernos del verdadero consuelo.
De la boca del cangrejo, es decir de la confianza, nace un segundo soplo, el soplo de la constancia, y esta constancia conduce a la plenitud de la perfección, y aquí se para, entre el temor de Dios y el juicio divino, ya que cuando alguien, confiando en Dios, es constante y perfecto en las obras buenas, atrae hacia sí el temor de Dios para no delinquir en forma más grave, y escudriña también el juicio de Dios para no añadir más pecados a sus pecados.
Y saliendo como de la boca de ciervo, es decir de la fe, sale otro soplo, que tiene que entenderse que es la santidad, y que se alarga hasta la plenitud de la perfección, que está situada entre el temor de Dios y la penitencia del cuerpo. Porque el fiel que florece en la santidad persevera en esta perfección en el temor auténtico de Dios y no deja, por esta razón, de mortificar el propio cuerpo. Así pues, el soplo, es decir la contrición que procede del temor de Dios en tiempo de prosperidad, por tender hacia la confianza, también representa la fe, que se obtiene en tiempo de adversidad partiendo del mismo temor de Dios. El soplo significa constancia, proviene de la confianza, que tiende a la plenitud de la perfección existente entre el temor de Dios y el juicio divino.
Todos estos soplos, de una sola manera y con igual fuerza de su energía, inducen al hombre a la santidad, porque, a pesar de la diversidad de sus operaciones, tienden sin embargo a una única santidad. En efecto, durante la formación de la rectitud las virtudes proceden una de la otra. Todas estas cabezas, significan que todas estas virtudes están en la ciencia de Dios, y tienden hacia esta ciencia, asistiendo al hombre tanto en las necesidades espirituales como en las corporales.
Cuando el temor del Dios inspira al hombre, éste empieza a temer a Dios y avanza en la sabiduría llevando a cabo obras buenas y justas. La confianza del hombre hacia su Dios le toca con la protección de la constancia para que confíe constantemente en Dios, en la medida en que levanta sus pensamientos hacia Dios, porque los espíritus de los creyentes se refuerzan con la virtud de la constancia. Luego la fe juzga, con la santidad, lo que debe condenarse por la carencia de fe. Se extiende con rapidez e impregna a los creyentes, expulsando de sus oídos los tumultos de los pensamientos perversos y destruyendo interiormente también los deleites peligrosos. Si en cambio el hombre abandona la fuerza vital de estas virtudes por acercarse a la aridez de la negligencia, quedará privado de la savia y de la fecundidad de las obras buenas, desfallecerá y las fuerzas de su alma se secarán. Y si luego la mente se inunda desmedidamente del suntuoso exceso de los placeres, procediendo como sobre un terreno resbaladizo, se ablanda. Si en cambio, avanza en una senda recta, todas sus obras conducen a la prosperidad, como nos enseña el Cantar de los Cantares:

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