En la predicación del Hijo de Dios encarnado, que da origen al pueblo espiritual, se ejecuta la promesa que Dios dio a Abraham diciéndole que su descendencia se multiplicaría como el número de las estrellas del cielo.

XVI. Tal y como Adán es el padre de todo el género humano, así el pueblo de los hombres de fe brota del Hijo de Dios hecho carne en la virginidad de su naturaleza. Este pueblo fructificará conforme a los términos de la promesa que Dios hizo a Abraham por el ángel, y su descendencia será tan numerosa como las estrellas del cielo. Está escrito: “Mira hacia el cielo, y cuenta las estrellas, si es que puedes contarlas. Pues así será tu descendencia. Abraham creyó en Dios y éste se lo computó en justicia” (Gén 15, 5-6). Esto se interpreta así: tú que adoras y que veneras a Dios con buena voluntad, observa los misterios de Dios y valora el pago de los méritos de los que día y noche resplandecen frente a Dios, en la medida en qué tú puedas, hombre abrumado por el fardo del cuerpo. Mientras el hombre saboree toda la vida las cosas de la carne, será incapaz de comprender completamente las cosas del espíritu. Esta certeza se muestra al hombre que, con fatiga, se afana para devolver honor a Dios con rectitud y con suspiros del corazón. De este modo la semilla de tu corazón se multiplica y se dirige a la luz, porque has sembrado en un campo fértil, regado por la gracia del Espíritu Santo, y florecerá y resplandecerá frente a la suprema majestad de Dios y lucirá una infinidad de santas virtudes como las estrellas que brillan en el firmamento. Por esta razón, quien tiene fe confiada en la promesa divina, quien tiene a Dios en la cima de la fe verdadera, quien desprecia lo terrenal y aspira a lo que es celeste, será contado como justo entre los hijos de Dios, porque ha querido la verdad y no ha cultivado el engaño en su corazón.

 

Dios escogió a la Virgen Maria, de la estirpe de Abraham, que creía en Él y le obedecía. De ella nacería como hombre, Cristo, fundador y rector de la nueva generación espiritual.

XVII. Dios conocía que el corazón de Abraham era inmune a la astucia de la serpiente porque sabía que sus actos no hacían daño a nadie. De este justo, de su descendencia, eligió una tierra durmiente, completamente ignorante del gusto de aquel fruto que había permitido a la antigua serpiente engañar a la primera mujer. Esta tierra, prefigurada por la vara de Aarón, es la Virgen Maria. En su gran humildad, ella es la cámara nupcial del rey, la habitación sellada. Una vez recibido el mensaje que le anunció el deseo del rey de residir en los pliegues de su seno, miró la tierra de la que estaba hecha y se llamó sierva de Dios. La mujer engañada no actúa así, solo desea poseer aquello a lo que no tiene ningún derecho. Así la obediencia de Abraham, durante la prueba a la que Dios le sometió cuando le enseñó un carnero enganchado en un espino, prefigura la de la Virgen bienaventurada. Ella también creyó en la palabra del mensajero del Dios, y deseó que fuera hecho en ella lo que la anunciaron. Y por esto el Hijo de Dios, prefigurado por el carnero en la mata, se revistió de carne.
Cuándo Dios prometió a Abraham una posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo, fue una previsión de que su descendencia se acrecentaría hasta alcanzar la plenitud del número de los astros del firmamento. Y Dios lo llamó padre de todos los herederos del reino de los cielos porque Abraham creyó fervientemente en Dios.
Que todo hombre que tema y que ame a Dios abra su corazón a estas palabras y sepa que no es un hombre quien las pronuncia para la salvación del cuerpo y el alma de los hombres, sino Yo, el que soy.

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