La imitación del amor del Hijo de Dios, que destruyó al diablo con su cruz, también anula ahora la discordia y el resto de vicios entre los creyentes y reduce a la nada al antiguo seductor del género humano.

XIII. La imagen pisa con los pies un monstruo horrible, de color negro y venenoso, y también aplasta una serpiente. Significa que el amor verdadero deshace el daño de la discordia acentuada por sus múltiples vicios, horrible por las muchas perversidades, venenosa por el engaño y negra por la perdición que acarrea. También destruye a la vieja serpiente que acecha al creyente, siguiendo las huellas del Hijo de Dios, puesto que el mismo Hijo de Dios lo ha destruido sobre la cruz. Si la serpiente tiene entre los dientes la oreja derecha del monstruo, si se le enrosca por todo el cuerpo pasándole por el encima de la cabeza, si le pasa la cola por el lado izquierdo hasta los pies, es porque el diablo simula a veces su engaño con disfraz de benefactor. El diablo inculca la discordia e, inculcando suavemente todo tipo de vicios aquí y allá, al fin demuestra que es el amo de la perversidad, de la consumación más execrable, de la discordia. Ciertamente, la serpiente muestra ser más astuta en maquinaciones que el resto de los otros monstruos. Con su astucia destruye todo lo que puede, y se transforma en cuanto haya de peor. Los diversos colores de sus escamas designan sus males.
Así hizo Satanás, ya que cuando se percató de su belleza quiso asemejarse al Creador, y esto es lo que la cabeza de la serpiente insinúa en el oído del hombre. Y no dejará de hacerlo hasta el día del juicio final, tal y como indica su cola. El amor, por consiguiente, persiste en los círculos eternos, no tiene tiempo, como la brasa en el fuego. En su eternidad, Dios previó todas las criaturas, El las creó en la plenitud del amor para que el hombre, en su compañía, no careciera ni de consuelo ni de ayuda, y las ató al hombre como la llama está ligada al fuego. Dios creó el primer ángel, como ya se ha dicho, engalanado con múltiples adornos, pero cuando este ángel se vio a si mismo, concibió gran odio contra su Señor y quiso ser él Señor. Dios lo precipitó en la profundidad del abismo. Desde entonces, todos los transgresores susurran su mal consejo al oído de los hombres. Y el hombre consiente.

 

Adán y Eva se dejaron persuadir por el diablo que los envidiaba, y perdieron la gloria del vestido celestial, es decir la inmortalidad.

XIV. Cuándo Dios creó al hombre, lo revistió de un vestido celestial que resplandecía con gran gloria. Pero Satanás vio a la mujer y reconoció en ella a la madre en cuyo seno se alojaría un gran mundo posible. Entonces trató de vencer a Dios en su misma obra con la misma perversidad con que se revolvió contra Dios, haciendo de modo que la misma obra de Dios, el hombre, se aliase con el diablo. Fue entonces cuando, una vez comida la manzana, la mujer se sintió otra, dio la manzana al hombre, y ambos perdieron su vestido celestial.

 

Dios tuvo piedad de ellos, y para castigar la culpa de la transgresión los expulsó del paraíso y los envió a esta tierra de destierro. Quien viole la fidelidad del matrimonio instituido por Dios debe sufrir su dura venganza, a menos que se arrepienta.

XV. Sin embargo, después Dios dijo: ¡Adán!, ¿dónde estás? Estas palabras significan que Dios tenía siempre presente que había creado al hombre a su imagen y semejanza y que deseaba atraerlo de nuevo a su lado. Adán revistió él mismo su desnudez con el producto de su trabajo servil y se fue al destierro. Se cubrió con una piel de oveja en lugar del vestido de luz, lo mismo que había cambiado el paraíso por el destierro.
Luego Dios unió a la mujer con el hombre con un juramento de fidelidad, para que esta fidelidad recíproca no sea nunca destruida. Así, la mujer y el hombre que Dios unió, forman una armonía semejante a la unión del cuerpo y el alma. Quienquiera que rompa el juramento de fidelidad y persista en su error, encontrará el exilio de Babilonia, es decir, una tierra caótica y baldía, en perpetua aridez, alejada del verdor de los prados fecundos. Es decir, carente de la bendición de Dios. Y la venganza de Dios recaerá sobre él hasta la última línea de la descendencia que la sangre recalentada de este hombre genere, porque un pecado de esta clase afecta hasta a los descendientes.

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