El hombre que se dispone a imitar la justicia de su Creador, cuando se aparta de la irracionalidad propia de las bestias, empieza a brillar con el resplandor de la naturaleza racional.

IX. El rostro humano que aparece en el punto extremo de la curvatura del ala izquierda brilla como refulgen las estrellas. He aquí el significado: cuando, llegados a la cima de la humildad victoriosa nos consagramos a la defensa de nuestro Creador, cuando rechazamos todos los ataques que embisten el flanco izquierdo, entonces adoptamos el rostro humano. Nos apartamos de la existencia bestial, para vivir conforme a la dignidad que nos enseña la naturaleza del hombre. Revelamos así nuestras buenas intenciones en las obras justas y buenas, y brillamos como lo hace un extraordinario manantial luminoso.

 

Por la Palabra de Dios que dijo “Hágase la luz”, fue creada la luz racional, es decir los ángeles y, ya que algunos de ellos cayeron de la santidad, el Señor hizo otra vida racional, que se cubriría de carne, el hombre, destinado a ocupar el lugar y la gloria de los ángeles caídos.

X. Cuando Dios dijo “Hágase la luz”, nació, en aquel momento, la luz de la razón, es decir, los ángeles, tanto aquellos que se mantuvieron con Dios en la plenitud de la verdad, como los que cayeron en las tinieblas exteriores vacías de toda luz, rechazando que Dios fuera el verdadero manantial de luz que persiste desde toda la eternidad en una gloria anterior a cualquier origen. Por esto deseaban crear una obra parecida, lo cual es absolutamente imposible. Entonces Dios hizo surgir otra vida, que revistió de un cuerpo, el hombre. Al hombre, Dios le otorgó el lugar y la gloria del ángel caído y le encargó completar la gloria de Dios, cosa a la cual el ángel se había negado. Indicamos así con ese rostro humano a todos los que, aunque entregados al mundo con el cuerpo, sin embargo en espíritu están constantemente al servicio de Dios y, a los que, a pesar de la suma de sus obligaciones profanas, no olvidan el servicio de Dios, el patrimonio del espíritu. Si los rostros mencionados miran hacia levante es porque, tanto los religiosos como los laicos que anhelan ser siervos de Dios y conservar con vida sus almas, tienen que volverse hacia el origen de la vida santa y hacia el manantial de la salud.

 

Dios, al acoger en la fuerza de su amor a los predestinados, los nutre mediante la infusión de los dones del Espíritu Santo con todo aquello que necesitan.

XI. Además, de cada hombro de la imagen arranca otro ala que baja hasta las rodillas, porque con la fuerza de la caridad el Hijo de Dios recogió en torno a sí tanto a los justos como a los pecadores. A los que vivieron rectamente según el derecho, los lleva sobre los hombros, y a los otros, sobre las rodillas porque su llamada los ha desviado de la vía de la injusticia. Por eso a veces de la misma forma llevamos nuestras cargas en los hombros y a veces en las rodillas. Efectivamente, la ciencia de la caridad conduce al hombre a la plenitud de la perfección en el alma y en el cuerpo, aunque en muchas ocasiones no logre mantener la estabilidad que se basa en la rectitud.
Cuando los dones del Espíritu Santo recaen sobre el hombre, empapados de pura y santa generosidad, le enseñan el saber espiritual y celestial en cantidad suficiente, y también lo instruyen en las cosas terrenales para satisfacer las necesidades del cuerpo. Pero aun así y a pesar del consuelo de tantos dones espirituales el hombre se siente débil, caduco, mortal.

 

El Hijo de Dios, al asumir la naturaleza de la humanidad sin contagio de pecado, y adoptar la carne, exhortó a la penitencia a publicanos y pecadores y los salvó en virtud de su fe en él.

XII. El vestido que lleva nuestra imagen tiene el fulgor del sol porque es una alusión al Hijo del hombre que por amor se revistió un cuerpo de hombre, parecido a la belleza del sol pero sin la suciedad del pecado. El sol domina todas las criaturas y resplandece en lugares tan altos que ningún hombre puede alcanzarlos. Igualmente, sin la fe, no comprenderemos nunca, en su ser, la Encarnación del Hijo de Dios.
La imagen de la que hablamos lleva en sus manos un cordero resplandeciente como la luz del día, ya que, en las obras del Hijo de Dios, el amor manifestó la mansedumbre de la verdadera fe que resplandece por encima de todo, cuando eligió entre los publicanos y los pecadores a sus mártires, confesores y penitentes. Él ha convertido en justos a los sin-Dios, como convirtió a Saulo en Pablo, de modo que, sobre las alas de los vientos, todos fuéramos exaltados a lo más profundo de la armonía de los cielos. Así pues, el amor completó su obra, progresivamente, cierto, pero con toda claridad y con precisión para evitar todo punto débil y también para que reinara en este lugar una plenitud absoluta. No es, pues, trabajo humano, ya que el hombre, cuando tiene una pequeña posibilidad de hacer algo, mantiene su propósito con dificultad, y cuando consigue el resultado, está impaciente por mostrarlo a los demás.
Que el hombre reflexione sobre el pájaro, cuando sale del huevo y todavía no tiene alas, no se apresura a volar, espera a fortalecer las alas, pero en cuanto las plumas han brotado, vuela donde le parece.

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