Cualquier persona sometida a Dios con humilde devoción, inflamada con la ayuda del Espíritu Santo, aunque sea pecador se supera a si misma, supera al diablo y es como los ángeles, que exultantes por la bondad de los justos alaban juntos la omnipotencia de Dios.

VI. En el punto extremo de la curvatura del ala derecha, ves una cabeza parecida a la de un águila con los ojos de fuego. En ellos se reflejan como en un espejo las cohortes de los ángeles. Cuando un hombre se pone al servicio de Dios en lo más hondo de una sumisión gloriosa, cuando domina a Satán, se eleva y goza de la felicidad de la protección divina. Cuando su corazón se exalta con el ardor que lo lleva hacia el Espíritu Santo, cuando vuelve hacia Dios su mirada, los santos espíritus se revelan con claridad luminosa, para ofrecerle a Dios el regalo de su corazón.
El águila representa a los hombres de fe que con toda la devoción del corazón dirigen su mirada a la contemplación de Dios con la misma frecuencia que los ángeles. Así los espíritus bienaventurados que dirigen constantemente su mirada a Dios disfrutan de las buenas obras de los justos y las muestran en ellos mismos, perseverando de este modo en la alabanza a Dios, sin cansarse nunca, ya que nunca pueden agotar su plenitud. ¿Quién podría contar nunca las inconmensurables obras maravillosas que Dios obra con la energía de su omnipotencia? ¡Nadie! El fulgor de los ángeles es como una múltiple combinación de reflejos vistos como en un espejo, porque nadie es capaz de obrar como Dios ni tiene tanto poder como Dios. Nadie se le asemeja, porque además no está en el tiempo.

 

Desde la eternidad todas las cosas estaban en Dios, pero no como en un lugar, y cuando las creó se fueron diferenciando las unas de las otras según su numero, orden, espacio y tiempo.

VII. Todas las cosas que Dios ha obrado las ha tenido en su presencia antes del principio de los tiempos. Ya que, en la pura y santa divinidad, todas las cosas visibles e invisibles aparecieron sin instante y sin tiempo antes de todos los tiempos, tal como los árboles o cualquier otra criatura cercana a las aguas es visible en ellas, y aunque no esté en ellas con el cuerpo, sin embargo en el agua aparecen cada uno de ellos con forma corpórea.
Cuando Dios dijo: ¡Hágase!, todas las cosas se revistieron enseguida de su forma, aquella forma en que la presciencia divina las contempló en su incorporeidad antes de los tiempos. En efecto, igual que todos los objetos situados delante de un espejo se reflejan en él, así en la santa divinidad aparecen todas sus obras sin edad y sin tiempo. Y del mismo modo en que por el obrar de su presciencia divina Dios se quedaría vacío, al dar cuerpo a toda su obra, cuando ejerciera plenamente cuanto corresponde a su potencia divina, todo lo previó sabiéndo, conociéndo y proveyéndo que todo eso siempre estuviera ante Sí (*).  
De la misma forma que un rayo luminoso revela la forma de una criatura por la sombra que proyecta, así la pura presciencia de Dios contemplaba cada una de las formas de todas las criaturas antes de que tomaran cuerpo, porque la obra que Dios se disponía a realizar, antes de que la misma obra tomara cuerpo, resplandecía en el seno de su presciencia y en su semejanza. De la misma forma el hombre percibe el resplandor del sol antes de poder contemplar el sol mismo. Y como el resplandor indica el sol, así los ángeles manifiestan a Dios con su celebración de alabanza, pues como que es imposible que el sol se aleje de su luz, asimismo la divinidad nunca carece de la alabanza de los ángeles. El hombre contiene en si mismo al mismo tiempo, la presciencia y el trabajo divino.

(*) Nota: Se está hablando de cómo actúa Dios cuando da existencia a su creación tratando de explicar qué es la “presciencia” divina. Se dice (como imaginando un supuesto absurdo) que Dios quedaría vacío dentro de sí de las cosas que ha pensado cuando éstas han pasado a la existencia, porque entonces éstas tienen consistencia real fuera de Él y, en cierto modo, son algo más que su pensamiento. Pero a continuación se subraya que eso sólo de da porque Dios lo sabe, lo conoce, y Él mismo es quien ha provisto que las cosas sean así y, por tanto, éstas siempre están en su presencia. Luego: Dios nunca queda vacío de lo que es objeto de su presciencia, tampoco cuando crea, y tampoco cuando crea sujetos que actuarán libremente.

 

El diablo y los ángeles desertores de la justicia, que anteriormente tenían gran poder, fueron reducidos por su ingratitud y soberbia hasta el punto de no tener ningún poder sobre ninguna criatura, si no en cuánto les es permitido por la voluntad del cielo.

VIII. Entonces, una innumerable cohorte de ángeles quisieron existir por ellos mismos, ya que en cuanto vieron la claridad de su gloria magnifica, su resplandeciente belleza y su plenitud centelleante, se olvidaron de su Creador. Y todavía antes de empezar la alabanza divina, creyeron en sí mismos, en que el fulgor de su gloria era tan grande que sería irresistible. Intentaron así obscurecer el fulgor de Dios. Sin embargo, cuando se dieron cuenta que nunca podrían limitar a Dios en los milagros que obraba, horrorizados, se desviaron de él.
Y esos mismos que deberían haberlo glorificado, a causa de su equivocada opinión sobre su propio su resplandor, afirmaron qué deseaban elegirse otro Dios. Así se sumergieron en las tinieblas, reducidos a una impotencia tal que ya no podían actuar sobre ninguna criatura, más que con el permiso del Creador. Dios había dotado al primero de todos los ángeles, Lucifer, con toda la plenitud de la belleza que había dado a la creación y de la cual también resplandecía toda su cohorte. Cuando Lucifer eligió el camino del error, se puso más horrible que todos los seres horribles, y la santa divinidad, con el poder de su cólera, lo precipitó al lugar que esta privado de cualquier luz.

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