Hildegarda: una Doctora sin instrucción


Soy una niña humana sin formación, que no ha sido instruida de ningún modo en las cosas de fuera, sino sólo se me ha enseñado en mi interior a través de mi alma, así que solamente puedo hablar como en dudas

Publicado el 4 enero 2012

Santa Hildegarda de Bingen (que al oído suena Binguen) fue una mujer extraordinaria y sigue siendo una santa muy peculiar. Todavía no está canonizada oficialmente (lo que desde luego no significa que no sea santa); no era de Binguen, que se la ha apropiado como Padua se apropió del lisboeta San Antonio, y además la van a nombrar doctora cuando consta que jamás recibió instrucción.

Hildegarda nació probablemente en 1098, cuando "languidecía la doctrina de los apóstoles y se empantanaba la justicia" (1): La Iglesia de Oriente había roto la unidad de la Cristiandad, y en Occidente ardía la contienda sobre quien debía nombrar a los obispos que, además que, además de poder espiritual, eran riquísimos y tenían soldados, vasallos y jurisdicción territorial.

Hildegarda de Binguen seguramente no nació en Bingen, la pequeña ciudad que guarda sus restos, sino probablemente en la casa fuerte de su padre, como San Ignacio. El padre, del que se conserva la firma Hildevertus von Ververheim, era Freiherr, es decir, barón de Bermersheim un lugar a este lado del Rin. Hildegarda pasó toda su vida en el ángulo que forma el Rin entre bosques y viñedos, cuando topa en Maguncia con el Taunus y tuerce al Sureste para abrirse paso en Binguen. Hildegarda no vio más mundo que éste, ni siquiera las cuatro veces que la reclamaron que saliera a predicar.

Según Güiberto de Gembloux que asistió a Hildegarda los dos últimos años de su vida (1177-1179), la familia era muy importante: "tenía gran nombre, sobresalía en orgullo de aristocracia secular, desbordaba de influencia a causa de la riqueza del país, y era extremadamente importante por su fama reconocida". Cien años después, Teodorico de Echternach escribió: "Cuando Enrique IV era rey del Sacro Imperio Romano, vivía en aquel tiempo en Galia [es decir, del lado de acá del Rin] una doncella bien conocida tanto por su ascendencia aristocrática como por su santidad. Se llamaba Hildegarda. Su padre era Hildeberto y su madre Matilde". Era una familia de la "nobleza libre" (es decir, no eran vasallos de nadie). Hildegarda, que era muy humilde, siempre tuvo clara conciencia de su linaje, pues la humildad, dice Santa Teresa, consiste en andar en la verdad.

De la familia sabemos algo por el mismo Güiberto: el hermano mayor Drutvin, que seguramente heredó el señorío; Rorico (Rodrigo) que fue sacerdote y Hugo, maestro del coro de la catedral de Maguncia y rector del monasterio de su hermana sus cuatro últimos años de vida. Cuatro parientes: Irmgard, Yuta, Odilia y Clemencia, que fue también monja en su monasterio. Arnoldo, Arzobispo de Tréveris entre 1169 y 1184, y su hermano Vétselin que fue rector de San Andrés de Cololacionada sino que tenía una sólida posición social que pudo respaldarla en sus difíciles empresas.

Era la décima y última hija de sus padres, un matrimonio piadoso que gemía por la situación del mundo y de la Iglesia, y que la dedicó a Dios antes de nacer (2). La niña era muy especial, y a los ocho años, sus padres la encomendaron a la tutela de la viuda Uda de Gollheim, y de Yuta (Jutta) de Sponheim, ocho años mayor que ella y que se había entregado a Dios dos años antes. En 1108 las monjas, que ya eran cuatro, pues se había incorporado otra niña para que Hildegarda tuviera compañera, se instalaron en una clausura aneja al monasterio benedictino de Monte Disibodo. Allí vivió Hildegarda en oración y trabajo bajo la Regla de San Benito, hasta que en 1136, a la muerte de Yuta, la comunidad de monjas la eligió abadesa. Tenía 38 años y era una mujer delicada y enfermiza. Sabía leer y escribir el alemán sencillo que todavía no había complicado Lutero, pero ignoraba la gramática latina, aunque estaba acostumbrada a rezar el Salterio en latín, la lengua de la Iglesia de Occidente.

Ante la ingente masa de datos y conocimientos de todo orden que encierran las obras de Hildegarda, Wasmann, su primer biógrafo del siglo XX, hizo la conjetura de que pudo instruirla un obispo sueco. Más recientemente, una biógrafa nos la pinta como precursora de la investigación científica, ¡como si hubiera podido comprobar personalmente lo que dijo de las ballenas! La evidencia documental es abrumadora; ella misma escribía a San Bernardo: "Desde mi niñez no he estado segura ni un instante... soy una niña humana sin formación, que no ha sido instruida de ningún modo en las cosas de fuera, sino sólo se me ha enseñado en mi interior a través de mi alma, así que solamente puedo hablar como en dudas"(3). En otro lugar, hablando de Yuta dice: "Me educó cuidosamente en el ropaje de la humildad y la inocencia, y solamente me enseñó los cantos de David y a cantar los salmos. Fuera de este conocimiento sencillo de los salmos no recibí ninguna instrucción, ni en lecturas ni en música"(4).

La futura doctora de la Iglesia no había recibido la menor instrucción humana.

(Continuará)


1) Patrología Latina (PL) Tomo 197, 102D/103A
(2) PITRA: Analecta Sacra, p. 408
(3) PL 189C ss, TE p. 105
(4) TE p. 47; PL 93 A/B


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