Santa Hildegarda va a ser Doctora de la Iglesia


Publicado el 29 diciembre 2011

Después de Evangelista y Apóstol, el título más exclusivo de la Iglesia Católica (como también de la Ortodoxa, la Anglicana o Siria) es el de "Doctor de la Iglesia". Doctor, que etimológicamente quiere decir "el que enseña", o "el enseñante", es un título que dentro de la Iglesia y con carácter universal sólo se ha aplicado hasta ahora a 33 cristianos, pero que por decisión del Papa Benedicto XVI se aplicará desde el próximo mes de Octubre también a Santa Hildergarda de Bingen, que va a incorporarse a este selectísimo grupo.

En realidad, a menos que se remedie en plazo breve y por el procedimiento de urgencia, Santa Hildegarda todavía no es jurídicamente ni siquiera santa porque nunca ha sido canonizada por la jerarquía de la Iglesia; santa la declaró el pueblo llano cuando todavía estaba en vida y lo hizo por muchísimas y estruendosas razones. Santa Hildegarda, su vida, sus hechos, sus obras, es sencillamente magnífica y tiene mucho que enseñar, hasta de los temas más inesperados.

Véase por ejemplo esta sorprendente muestra:

En la década de 1970, la prestigiosa revista norteamericana Scientific American, conocida en España como "Investigación y Ciencia", publicó un artículo (cuya referencia nos sentimos incapaces de recuperar) acerca de un descubrimiento realizado inesperadamente entre Alaska y Siberia por un submarino espía que patrullaba las profundidades (la verdad, no muy profundas, apenas 50 metros) del Mar de Behring. El submarino descubrió con sorpresa que el fondo del mar presentaba grandes surcos como si lo hubiese arado una mano gigante con sus dedos. En la investigación subsiguiente, la Marina norteamericana descubrió que las ballenas que suben al Ártico se zambullen hasta el fondo del mar para rastrillar con la boca abierta los ricos sedimentos aluviales del Yukón en busca de sabrosas quisquillas. Una vez lleno el buche (o lo que quiera que sea que tengan las ballenas equivalente a buche), vuelven a la superficie a vomitar el lodo sobrante, con esos potentes chorros que estamos habituados a considerar vapor de agua. Ni los balleneros lo sabían.

Y sin embargo, unos ochocientos años antes, Hildegarda de Bingen, una abadesa de la comarca del Rin, de la zona en que éste discurre entre montañas, y que no había visto el mar ni de lejos, había dictado a su copista:

Día y noche, las ballenas buscan alimento en la superficie y en el fondo del mar. Se alimentan de las comidas de los peces y de la comida de los animales salvajes, e incluso comen pescados. En efecto, si los peces en el mar no se comieran y devoraran, y de esta forma no disminuyesen, la multitud de peces no dejaría atravesar el mar.
Cuando la ballena ha tragado mucho, así engrasada y cebada, apenas puede moverse de un lado a otro. Entonces se levanta a un poco y emite baba por la boca, escupiendo fuera un poco de lo que ha comido, y de esta manera se alivia.

Santa Hildegarda de Bingen es un tesoro inagotable de sorpresas. Escribió, o mejor aún, dictó sobre muchas cosas de Historia, Teología y Ciencias Naturales aunque no sabía una palabra de nada. Entró en el convento muy niña y apenas sabía hablar su bajo alemán nativo y en él aprendió un latín fonético, de pueblo, del que ignoraba las desinencias. Y sin embargo nos legó una correspondencia riquísima de consejos y advertencias a papas y emperadores; cantos litúrgicos deliciosos y relajantes, una especie de gregoriano animado; un auto sacramental; una lengua y un alfabeto desconocidos; tres grandes obras plenas de conocimientos insólitos y asombrosos sobre la Creación, la relación de los seres humanos con ella, y la conducta que hace ganar méritos; dos libros de medicina, uno sobre las causas de las enfermedades y sus remedios y otro sobre la utilidad para los seres humanos de las criaturas más sencillas: árboles, piedras, animales, insectos, aves o peces; y algunas obras más. Hay quien está convencido de que cada vez que a la industria farmacéutica se le acaban las ideas, va a buscarlas a Santa Hildegarda.

Santa Hildegarda expone la sucesión de los tiempos de la Historia humana y describe con minucia el final de los tiempos; al tiempo que, por otro lado describe treinta tipos de caracteres humanos en función del momento de su concepción (no de su nacimiento), y cuatro tipos de mujeres en función, entre otras cosas, de si disfrutan o no en el coito. Habla del cáncer como de una enfermedad más, pero le da mucha importancia al hipo; y con frecuencia ofrece frases tan preñadas de significado como ésta:

Si ha habido otros mundos antes que éste o hay otros mundos a la vez que éste, no es cosa que necesite saber el cristiano para su salvación.

Santa Hildegarda recibía en éxtasis mensajes que la llamaban "mísera forma femenina", y movida por ese mismo espíritu se enfrentó a los benedictinos varones que mandaban en su monasterio, y no cejó hasta que ella y sus monjas se establecieron aparte, al otro lado del Rin.

Aquella mujer ignorante y enfermiza regañó con éxito a los poderosos de su tiempo. Cuando los canónigos de Colonia, que era por entonces un principado episcopal, la llamaron para que predicara contra los cátaros, Hildegarda acudió (curando de paso por el camino enfermos y posesos, además de resucitar algún muerto) y efectivamente predicó en Colonia. Pero no solamente habló contra la doctrina cátara (que dicho sea de paso, era tan hipócrita como la de todos los selectos que en el mundo han sido), sino que sobre todo amenazó con la ira del Cielo a los canónigos de Colonia que con su mal ejemplo alentaban al pueblo a la herejía.

Tres papas y el concilio de Tréveris declararon a Santa Hildegarda, "auténtica, fidedigna y en todo semejante a los antiguos profetas". Era un privilegio único, una garantía de fiabilidad que la Iglesia no había dado antes a nadie y que nunca más ha vuelto a dar.

Hay mucho que saber y que decir de esta mujer que hemos ignorado durante ocho siglos, y de la que nada se ha sabido hasta hace unos años. Merece la pena conocerla, y por eso, antes de que la nombren doctora procuraremos contarles lo que podamos, con la seguridad de que nos quedaremos cortos.

 


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