VIDA DE SAN DISIBODO

OBISPO Y CONFESOR EN DYSINBERG [La montaña de Disibodo?] DEL TERRITORIO DE MAGUNCIA EN ALEMANIA, ESCRITA POR SANTA HILDEGARDA



Traducción de la Patrología Latina (PL) de Migne, columnas 1095 a 1116B, tomada a su vez de las  Acta Sanctorum de los bolandistas, Julio, Tomo II, día 8, pp. 581 ss., quienes a su vez lo tomaron del manuscrito de San Máximo de Treveris. Se ha conservado la útil división en capítulos y números de Migne, que no figura en el Riesenkodex (mss de la Hessische Landesbibliothek), que se ha tenido a la vista.


EMPIEZA LA VIDA

 

Capítulo 1.

Genealogía del santo. Sus padres, expulsados por los tiranos. Versado en estudios. Elección al episcopado, abdicación y vuelta a la patria.

1. A petición y por mandato de mis prelados, es decir del abad Helingerio y de todos los queridos frailes del monte de San Disibodo, vi en visión mística como Dios quiso, la vida y obras de ese santo padre.
Después de redactadas las visiones del "Libro de los Meritos de la Vida", en el año de la Encarnación del Señor de 1170, reinando Federico emperador de los Romanos en conflicto con la sede apostólica, tendida en el lecho casi por tres años por causa de mi enfermedad, por la  piedad de la divina sabiduría oí en pleno uso de mis sentidos una voz del cielo que decía así:
Disibodo fue elegido por Dios desde la niñez, y movido por el Espíritu Santo como san Nicolás, y san Benito y sus compañeros, inclinó su corazón a todo bien que veía y escuchara. Por esta causa se puede decir de él: “De la boca de los niños y de los lactantes recibiste alabanza dirigida a tus enemigos, para destruirlos y aplastarlos.” (Salmo VIII).



2. Lo cual ha de entenderse así: Tú que eres señor de todas las cosas, haces cosas maravillosas en el buen corazón de los niños que todavía no saben hablar y de los que todavía maman para llevarlos a la perfecta alabanza de tu nombre cuando obras cosas grandes en ellos con frecuencia.
Tú inspiras a los que todavía no tiene plena conciencia de sí, de modo que al hablar y al obrar profieran muchas cosas que ignoran, y en ello muestras tanta fortaleza al contradecir los derechos de la carne, que haces que tiendan con todo el ansia de su corazón a las cosas celestiales y a no pecar secundando los deseos de la carne. Nadie dude de estos casos, porque el engaño de la serpiente no tiene cabida en las cosas buenas y santas que realizan estos santos.
Tú haces esto a causa de tus enemigos, los ángeles perdidos, para que se confundan al ver tu poder en la ignorancia de los niños, y para destruir al enemigo que trata de meterse en todas las obras buenas; más aún, pretenden arrojar las piedras y blasfemias de su impiedad contra Tus palabras y milagros, pervirtiéndolos.



3. En esas personas santas que decía, no prevalecen las cosas malas porque hablan de cosas rectas.
Y efectivamente Dios obró con todos esos dones en el bienaventurado Disibodo desde su infancia hasta su ancianidad de tal modo que en la infancia no se infectó de maldad, en su juventud no ardió de lascivia y ni en la madurez de su senectud  miró a las cosas torcidas. Abandonó en cuerpo y alma toda la pompa de este siglo, lo que a algunos los llevo a afirmar que estaba loco, era vanidoso o estaba equivocado, mientras otros decían  que era admirable en su obras; y todos decían: ¿Qué hace este hombre?



4. Los padres de San Disibodo, enfrascados en las cosas del mundo pero sin cultivar la ostentación y el lujo, procedían de un excelente linaje de Irlanda. Algunos tiranos que subyugaban a muchos en aquel país, endurecidos en su soberbia, oprimieron a los padres del santo cuando era niño intentando someterlos a sus modos de vida, pero ellos, fieles a la tradición y a su modo de vida resistieron la injusta y dura opresión y terminaron por emigrar a lugares lejanos. Fueron a morar a la desembocadura de un río que vierte en el mar, llevando consigo a su santo hijo Disibodo y sus pertenencias. Allí compraron una casa de campo y le instruyeron en las artes liberales encomendando su educación a personas religiosas.



5. Por la gracia del Espíritu Santo el niño oía las cosas buenas de sus maestros y con su valioso ingenio las guardaba en la memoria, lo que daba a sus padres no poco gozo en la aflicción de sus trabajos en el exilio. Y así, el niño creció de día en día en cuerpo y santidad, imbuido en el estudio de las cosas y obras buenas, rezando y dando limosnas, de modo que prestaba atención a todo lo que podía oír y aprender  de Dios. De este modo, aumentado en la virtud y creciendo en edad, recibió cada uno de los ordenes sagrados, y el presbiterado a los 30 años. Imbuido del temor de Dios actuó como el buen perfumista que en su huerto planta aquellas cosas que son coloridas y aromáticas, cuidándose siempre que sea un lugar agradable y no inhóspito.



6. En esto el santo recordó las palabras del Libro de la Sabiduría que  dice: "Tomé mi mirra con mi bálsamo" (Cant 5,1). Lo cual ha de entenderse así: Yo, que debo abundar en obras justas, me presto con intención recta a mortificar la carne por Dios. Por su  amor soy ajeno a los vicios, huyo de la común inmundicia y no deseo tener ningún comercio con ello. Tengo en mi corazón un amor vehemente al cielo y con su ayuda no fallare.
El santo, casi como muerto al siglo, perseveró en esta voluntad recta y santa de modo que muchos que veían estas cosas se espantaban y hacían como que no lo conocían, y rehuían vivir con él, porque acogía solo los deseos del espíritu y no los de la carne.



7. Daba gloria Dios con sus virtudes con este modo de vida y como persona irreprensible agradaba a quienes aman a Dios. En esto sucedió que murió cierto obispo de aquella región. Y cuando el pueblo, tanto grandes como pequeños, se reunió según costumbre para elegir un nuevo prelado, los que conocían las costumbres y la honesta vida de piedad de San Disibodo, lo eligieron unánimemente para prelado.
Pero otros que sabían que era hombre  de vida y obras irreprensibles, se oponían diciendo:

-¿De qué le sirve a un hombre callado, poco locuaz y que no conoce al pueblo ser elegido gobernante?



8. Pero Dios miró en su favor como está escrito: Justificaré al humilde y al pobre (Salmo LXXXI, 3)
Lo cual ha de entenderse así: El justo que se humilla por Dios en la tierra, y que se confiesa de corazón pobre y necesitado, será santificado en sus obras porque la justicia lo mira con el ojo de la piedad abierto. El humilde deseaba siempre la pobreza y miraba siempre a Dios con ojos sencillos, en cuanto se comparaba con las riquezas eternas. Dios lo amó por eso mismo. Tuvo muerte antes de la muerte y nada le importó carecer de todo. Puso todas sus obras en Dios y por tanto Dios lo eligió. El juez supremo ocultó este hombre al pueblo, pero lo manifestó a quien amaba, de modo que aunque algunos pusieron obstáculos, quiso que fuera nombrado obispo y maestro.



9. Al verse obligado por los más prudentes a recibir la carga de su nombramiento, se resistió cuanto pudo, incluso físicamente por considerarse indigno de tanta dignidad, pero como otros que él consideraba mejores no quisieron aceptar el cargo, aceptó el episcopado.
Y cuando ya era obispo comenzó a proclamar y enseñar la justicia de Dios y amonestó a todos los que pudo a que se sometieran a Dios, e instruyó sobre lo que el Espíritu Santo le había imbuido desde la niñez, enseñándolo con erudición y dando buenos ejemplos de santidad y virtudes con paternal afecto. Los que veían los méritos de sus virtudes lo amaban y escuchaban su doctrina con gusto en su corazón. Pero quienes habían arrojado a Dios de su corazón se enfurecían contra él clamando:

-Este vive casi como si no fuera hombre,  ¿como es que  pretende obligarnos a vivir inhumanamente?, ¿quien podrá escuchar estas cosas?
Y le infligían así muchas injurias.



10. No obstante se le unieron unos hombres fieles que le daban consuelo y ayuda. Diariamente su corazón se afligía por amor de Dios  diciendo:

-Oh Señor Dios, yo tu siervo me prosterno ante tu piedad haciendo las cosas que tu mandaste. Tú sabes que solo te deseo a ti,  porque solo confío en ti. Tu eres el único que podrás llenar mi corazón del modo que esta escrito: "Mi delicia es el Señor y Él me dará cuanto pida mi corazón” (Sal XXXVI,4)
Lo cual ha de entenderse así: ¡Oh hombre!, que fuiste concebido y naciste en el pecado, y que contra los deseos de la carne debes deleitarte en los preceptos de Quien te creó, acuérdate de Quién te liberó. Si lo hicieras te dará las cosas que pides, de modo que lo que has de pedir no será necesario que lo pidas. Al contrario,  muéstrale  la aflicción de tu corazón por la humillación del espíritu, clamando y doliéndote como un animal, y oblígate a hacer cosas rectas.
Así pues, quienes hacen penitencia y así procuran enmendar sus obras malas, serán contados entre los prudentes como hijos de la luz, porque no quisieron y no  hicieron cosas malas.
Dios se complace en que el hombre tenga una dura batalla contra sí mismo y contra el dragón, y a quien lo hace, con gusto le colmará los deseos de su corazón. Así lo hizo con San Disibodo, que mantuvo una dura batalla mientras vivió en su cuerpo, y que la consumó llevándola felizmente a buen término.



11. Entretanto mientras el santo presidía a su pueblo instruyéndole con las ya citadas palabras y ejemplos de fe, la región entró en ebullición por la gente que se reía de San Disibodo, y hubo un gran cisma. Unos renegaban de Cristo y resistían al Viejo y Nuevo Testamento; otros querían las herejías de los herejes; otros apoyaban la secta de los judíos; otros seguían la secta de los paganos; otros se empeñaban en vivir como animales y no como hombres; y otros estaban empeñados en no hacer obras buenas ni respetar la mínima disciplina de los que tenían un mínimo de humanidad. San Disibodo se opuso valiente e intrépidamente a estos grandes errores y confusiones y tuvo que  soportar con paciencia muchos oprobios e injurias, prefiriendo perder la vida presente antes que consentir en tantos y tan inconvenientes males.



12.Como sostuvo esta lucha durante algunos años  sin conseguir erradicar los males y con peligro físico de su vida, cansado finalmente y casi al borde de la desesperación, dirigió con gran llanto su afecto a Dios en oración diciéndole:

-¡Oh Dios!,  juez de todos los hombres santos, ¿de qué me sirve trabajar con este pueblo que transgrede tu justicia con rabia?
Finalmente, los autores de los mencionados  errores y el pueblo que habían arrastrado a sus errores, al ver que este santo no consentía en sus costumbres depravadas sino que continuamente y en todo lugar les amonestaba con el temor a la muerte, hicieron muchas conspiraciones, de modo que la turba de los incrédulos lo expulsó de  su sede con muchas injurias.
Disibodo, deseando más servir a Dios en paz que buscar frutos de su trabajo, se retiró con unos pocos religiosos que había reunido en su sede, con los que vivió piadosamente durante 10 años. Por el nombre de Cristo abandonó su patria y todas las cosas que tenía diciendo: Ni a mí ni a los demás nos aprovecha permanecer aquí, donde hay tanta incredulidad y tan dura iniquidad.
Y emprendió con ánimo alegre la peregrinación que había deseado tanto tiempo por causa de la vida eterna.


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