LA SÉPTIMA IMAGEN

La séptima imagen era parecida a una mujer solo hasta las piernas, pero tenía piernas y pies hundidos en las referidas tinieblas, al punto que no logré verlos. Su cabeza estaba cubierta a la manera de las mujeres y vestía un vestido blanco. Y dijo:


XIII. PALABRAS DEL DESEO MUNDANO.

“Deseo vivamente y estoy sumamente impaciente de acaparar toda riqueza, honor y belleza y estoy siempre listo a recibir un regalo, aunque sea pequeño, porque cuanto más tenga, más crecerá mi ciencia. En efecto en virtud de mis bonitos anillos, de mis bonitos collares y pendientes, además de mis otras riquezas, se reconoce públicamente que soy sabio, y en todas las cosas pequeñas distingo claramente su valor. Si yo no tuviera todas estas cosas, no tendría toda la calidad y la honestidad que tengo. Parecería una rama putrefacta que no tiene ni dureza ni flexibilidad. Soy, sin embargo, capaz de hacer el bien con Dios y con los hombres, y la gente se beneficia de mis posesiones”.


XIV. RESPUESTA DEL DESPRECIO DEL MUNDO

Pero de nuevo oí una voz de la nube tempestuosa, que contestó a esta imagen:
“Eres un argumento falaz, tú que regulas las cosas del cuerpo que sirven para el placer carnal con diferentes medios. Ciertas generaciones de hombres aspiraron a las riquezas y a los honores del mundo en su alma, buscaron señales en el sol y en las estrellas, y dijeron que eran dioses ellos mismos o las cosas en las que confiaron. ¿Para qué les aprovechó esta vanidad? ¿Y dónde están ahora sus riquezas, sus honores, sus propiedades? En el infierno. Soportan los castigos que han ganado, ya que no mantuvieron la señal del Espíritu Santo y no desearon los bienes del cielo, y en cambio aspiraron a todo lo corporal y caduco. En cambio yo vivo con la señal del Espíritu Santo, sigo mi trayectoria sobre el carro de los mandamientos de Dios, en cualquier circunstancia recorro sus caminos, lo invoco como Padre, aparto de mi voluntad los deseos de la carne y me manifiesto en todas partes. Si me turban los deseos de la carne, asiduamente velaré gracias al temor de Dios y a la rueda ardiente del Espíritu Santo. Cuando la gente me honra en nombre del Señor y quieren darme todas sus posesiones, no lo estimo nada. Busco sólo lo imprescindible para sostenerme moderadamente y digo: “estas cosas me alejan del rostro de Dios, me avergüenzo”. Cuando el pecado me tienta, le contesto: “Tú no me has creado y no puedes liberarme del mal: por tanto desprecio tu engaño”. Cuando la llama ardiente del Espíritu Santo me enciende, todas las cosas del mundo se consumen en mí y entonces recorro en el carro celeste todas las regiones del cielo”.


LA OCTAVA IMAGEN

Y vi otra figura suspendida en aquellas tinieblas, colgada por los pies, que tenía la cabeza como un leopardo, pero el resto de su cuerpo parecía un escorpión. Se giró hacia el Sur y el Oeste y dijo:


XV. PALABRAS DE LA DISCORDIA

“Rehuso el Oriente y no quiero el Sur. En efecto, el Oriente quiere tenerlo todo, pero el Sur quiere sujetarlo todo. ¿Qué conseguirán en cambio el Occidente y el Norte? La aurora que lleva el sol luminoso resplandece, pero el Occidente lleva las tinieblas. ¿Y puede quizás el Norte hacer algo? Sí que puede. Las tinieblas oscurecen el sol, pero el sol no se acerca a las tinieblas para atenuarlas. Así, cada parte guarda su fuerza para sí. El Norte sostiene lo que se mueve en las tinieblas. ¿Qué pueden las aves del cielo y las bestias y el ganado en la tierra? ¿Y los peces en las aguas, en todas sus especies, que posibilidades tienen? Hacen lo que pueden. Yo habito con todos ellos y distingo bien lo que son y lo que pueden hacer. En efecto, todo lo subvierto, aristócratas y plebeyos, ricos y pobres, y los hago girar como una rueda. Si hago algo durante mucho tiempo me aburro de ello. Me quedo con las cosas sólo mientras me complacen. Pero cada uno, es decir el rico y pobre, el aristócrata y el plebeyo, hacen lo que pueden. Y yo lo hago así también, como también lo hacen así el Oriente y el Sur”.


XVI. RESPUESTA DE LA CONCORDIA

Y de nuevo oí de la nube tempestuosa, una voz que respondió a esta imagen:
“¿Tú, criatura horrorosa y execrable, que dices? ¿Podrás destruir quizás el cielo y todo lo que lo constituye? Absolutamente no. Ni siquiera puedes hacer una mosca. Tú en tus reproches dices todo tipo de injurias. Pero aunque pronunciaras mil invectivas para destruir una ciudad, no podrías perjudicarla. ¿Podrás conquistar quizás el sol y las estrellas? No. Unos granos de polvo en un rayo del sol refulgente te desprecian. Has sido arrojada al infierno en cuanto has comenzado a combatir y no puedes hacer más que lo que hacen las demás criaturas, ya que en la creación eres sierva, como un buey lo es de su dueño. Todo lo que es masculino tiene su fuerza como el sol, al que están sometidos el firmamento y las otras estrellas, como lo está el género femenino. Pero tú no sabes asumir ni un papel ni el otro, en todo eres inútil, puesto que eres un tropiezo para la obra de Dios, ya que es nada lo que está desprovisto de todo bien. Si el resto de la creación despreciara a Dios como tú lo desprecias, su potencia no disminuiría, porque Él tiene el poder de juicio sobre ti, sobre la Gehenna, sobre las tinieblas, y sobre todo lo que en ellas se encuentra”.


EL CELO DE DIOS

Luego, a la izquierda del hombre mencionado antes, vi una imagen de apariencia casi humana. Sobre su cabeza había un círculo de fuego, del que salían como lenguas de fuego. Su rostro lanzaba relámpagos deslumbrantes. No pude distinguir el resto de sus formas ya que se envolvía en una capa marmórea. Y también esta imagen salía una voz contra los anteriores vicios diciendo:


XVII. PALABRAS DEL CELO DE DIOS

“Oh pésimas iniquidades de las artes diabólicas, gracias a la fuerza de Dios os derribaré y borraré, exactamente como el diablo fue destruido cuando comenzó la luz primera, igual que Goliat y Nabucodonosor, que querían destruir la justicia de Dios, fueron destruidos y derribados por el ígneo círculo del Espíritu Santo, y fueron reducidos a polvo. Yo soy la fuerza y la constancia contra todo el mal que recogéis en las entrañas, y vosotros no podréis resistirme”.


XVIII. EL HOMBRE, VUELVE POR LA VERDADERA OBEDIENCIA A LA GRACIA DE DIOS Y NO SE SEPARA DE SU CREADOR.

Y de nuevo oí una voz del cielo que me dijo: “Dios, que fundó la tierra y la inundó de fuerza vital en sus diferentes plantas, la sustenta con su fuerza, para que no se destruya en polvo, de modo que el hombre, formado por la tierra y echado del paraíso, viva y trabaje sobre ella para poder volver a la gracia de su Dios por la sumisión a la verdadera obediencia. Y así, rechace los vicios diabólicos que continuamente lo persiguen, y considere las virtudes enviadas por Dios y no se separe nunca de su Creador”.


XIX. DIOS EXHORTA AL HOMBRE A VOLVERSE A LA LUZ DE LA SANTIDAD.

Esta visión muestra que el hombre antes mencionado se vuelve hacia el Sur y mira hacia el Sur y Occidente, porque Dios omnipotente en su piedad exhorta al hombre a volverse a la luz de la verdadera felicidad con ardor y en el amor de la verdadera santidad, a quererla ardientemente, a rechazar totalmente la ceguera y las tinieblas de las sugestiones diabólicas, y a no someterse voluntariamente al poder del diablo.


XX. LA TIERRA, QUE SUSTENTA Y APOYA A LAS OTRAS CRIATURAS, TAMBIEN MANTIENE AL HOMBRE CON TODO LO QUE ES NECESARIO PARA SU CUERPO

La tierra en la que el Hombre se encontraba desde las rodillas hasta a las pantorrillas tiene humores, fuerza vital y germen, puesto que la tierra que contiene lo que Dios ha ligado, doblando, comprimiendo y levantando sus elementos, y que lo sostiene con su fuerza, tiene en sí el humor de las aguas superiores, interiores y subterráneas para no reducirse a polvo. Y también tiene la fuerza vital de todo cuanto nace y crece y lleva en sí el fluido vital que hace crecer la semilla de todo cuanto en ella brota, y hace germinar las flores con la plena lozanía de su fecundidad. Y la tierra está en cierto sentido en la floreciente y vigorosa belleza del Hombre, como si la fuerza de la tierra le sirviera de adorno. Porque la tierra, cuando forma y nutre al hombre, y cuando sustenta y apoya a todas las demás criaturas que están al servicio del hombre, se muestra casi como flor de belleza y adorno de la honestidad de la virtud de Dios, que prepara con su fuerza y justamente todas las cosas. Del mismo modo, la tierra honra la potencia de Dios, ya que mantiene al hombre, que siempre tiene que alabar y magnificar Dios por todo lo necesario para su cuerpo, y también sustenta todas las demás criaturas que pueden resultar útiles al hombre, ya que ella apoya la prosperidad de todos.
En efecto, cuando el hombre alaba la excelencia de Dios, es como si la tierra, de la que está hecho el hombre, tributara honor al propio Dios en las justas y santas obras de los hombres. Y eso ocurre porque la tierra produce la vida en todas sus formas. Ciertamente todas las criaturas terrenales que se han formado las ha producido la tierra. Por lo tanto es una especie de madre para los muchos tipos de criaturas, tanto las que nacen de la carne como las que se desarrollan de semillas, ya que toda criatura terrenal que tiene forma y vida ha nacido de ella. Y también el hombre, que está animado de racionalidad y del soplo de la inteligencia, está formado de la tierra.


XXI. LA TIERRA ES LA MATERIA DE LA OBRA DE DIOS EN EL HOMBRE, Y ES TAMBIEN LA MATERIA DE LA HUMANIDAD DEL HIJO DE DIOS.

La tierra es el material de la obra de Dios en el hombre, y es también materia de la humanidad del Hijo de Dios, porque Dios creó al hombre de la tierra y la tierra era también el material de aquella Virgen sin mancha que dio a luz al Hijo de Dios en su pura y santa humanidad.


XXII. EL ALMA, CUANDO LANZA SUSPIROS A DIOS Y HACE BROTAR LAS SANTAS VIRTUDES, SE VUELVE MATERIA DE BUENAS OBRAS.

Lo mismo que la tierra produce muchas cosas que glorifican a Dios, también el alma del hombre que persigue buenas obras, hace crecer las semillas de las virtudes para gloria del nombre de Dios. El alma, en la que Dios está con su fuerza desde las rodillas hasta a las pantorrillas tal como está en la tierra para que se cumplan buenas y santas obras, tiene por gracia de Dios suspiros, oraciones y santas obras que conducen a Dios, como la tierra tiene humores, fuerza vital y germen. Y todo eso es belleza y adorno de la divina inspiración, un tipo de floreciente y vigorosa belleza de la fuerza de Dios, que glorifica el alma como la divina inspiración, es decir la fuerza de Dios. En efecto, cuando el alma en que se encuentra Dios realiza buenas obras, la gloria de Dios se amplia con alabanzas divinas ya que el alma viene de Dios.
En el alma germinan por gracia de Dios santas fuerzas y santas virtudes, entre otras diferentes formas de fertilidad, y sus obras preparan las sedes del cielo. En efecto, las obras proceden del alma, tal como nacen de la tierra las formas diferentes de criaturas terrenales. Pero también el alma contiene el material para las buenas obras y una vida mejor, es decir, aquella vida contemplativa que se revela como divina en la fuerza del alma, ya que ella viene de Dios. Y en el hombre que se ha propuesto hacer obras justas por orden divina, ya han empezado a cumplirse obras que luego el Hijo de Dios encarnado ha llevado a su cumplimiento en su persona, con la perfección de las santas virtudes y con el ejemplo de la verdadera santidad. Y siendo Él la vida, ha dado vida a todos los que creen en Él.


XXIII. EL HIJO DE DIOS, QUE ESTABA EN EL CORAZÓN DEL PADRE, SE HIZO HOMBRE Y TRAJO EL BAUTISMO.

La vida yacía escondida en medio de la omnipotencia y se mantenía en silencio hasta que una nube blanca ofuscó la luz hasta el punto que en adelante resplandeció con gran dificultad. Entonces surgió la aurora, y rodeó al sol y el sol envió sus rayos y construyó una gran ciudad, produjo doce luminarias, y al tercer día despertó a los que estaban sumergidos en el sueño de la muerte. Todos aquellos que habitaban en la nube blanca y observaron el sacrificio en el tabernáculo, se ruborizaron. Y entonces el sol mismo enseñó el espejo de la santidad en el ojo de la honestidad. Entonces apareció un nuevo mundo en el fuego, un mundo que nació del agua, en la que estaba sumergido, y montes y colinas cantaron un canto angélico, y con ojos que ven, se volvieron a la luz de Dios en la verdadera fe. Porque el Hijo de Dios al venir al mundo realizó todos estos milagros, y con su persona enseñó a los creyentes el camino de la rectitud, exactamente como David, inspirado por el Espíritu Santo, afirma cuando dice:


XXIV. PALABRAS DE DAVID SOBRE ESTE TEMA

“Ha puesto su pabellón en el sol, él, que sale de su tálamo como un esposo, se recrea, cual gigante corriendo su carrera. En un extremo del cielo está su salida y corre hasta la otra extremidad y nada huye de su calor”. (Salmos 19, 5-7). Y el sentido de esto es:
El Hijo de Dios, en el resplandor de su divinidad, se revistió de carne de la Virgen, que existe como tabernáculo del género humano, para la salvación y recuperación de otra vida de la raza humana. Dios, representado por el sol ardiente, iluminó todo lo que estaba oscuro en el momento de la creación. Con su calor se incendió, como un tabernáculo, la carne de la Virgen, y de ella descendió el hombre con la caridad más ardiente y más resplandeciente fe, que aquellas con las que Dios antes de la caída, unió a Adán y Eva. El propio Dios creó fuerte al hombre y débil a la mujer, y la debilidad de ésta engendró la caída. La divinidad es fuerte, y la carne del Hijo de Dios es débil, pero por esta carne, el mundo recobrará su vida original.
Y esta carne, inmaculada e inviolada, procede del regazo de la Virgen como un novio. Igual que el novio acoge en ocasión de la boda con encantada alegría a la novia en el tálamo de su corazón, y, con gran amor, le da todas sus riquezas y todo su honor, el Hijo de Dios exultaba, y en la altura de su divinidad se alegró como un gigante ya que no había en Él ningún temor ni duda de que alguien pudiera vencerle, o que ningún otro pudieran bloquear su camino, en la veloz carrera que le llevó a enseñar al pueblo la salvación en el camino de la verdad a través de su persona. Él partía de las alturas de Dios cuando alejándose del Padre descendió sobre la tierra, y así, hecho hombre es, por encima de todo, Hijo único en la potencia, Hijo único en la obra, Hijo único en la liberación. Por lo cual, con aquella carne y con toda su obra plenamente realizada vuelve a su Padre cuando sube corporalmente al cielo con un gran milagro. Y nadie puede evitar el calor de su divinidad, porque Él mismo, Verbo del Padre, lo creó todo, y al revestirse de carne liberó al hombre en su carne. Por tanto todo juzgará con justo juicio desde el más pequeño al más grande, al último y al primero, ya que todo tuvo origen en Él.

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