Después de la ruina del Anticristo, la gloria del Hijo de Dios se difundirá aún más, y todos los que creen en él lo alabarán con voz humilde. Cita del Apocalipsis de Juan sobre este tema, y como tiene que ser interpretada.

XXXVII. Entonces todos los fieles que creen en el Hijo de Dios alabarán a Dios con voz suplicante y llena de alabanzas, como mi testigo querido y verídico ha escrito: “Ahora ha sido cumplida la salvación y la virtud y el reino de nuestro Dios y la potencia de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos ha sido rechazado, el que los acusaba día y noche ante la presencia de nuestro Dios. Lo ha vencido el mérito de la sangre del Cordero y la palabra de su testimonio, y ha despreciado su vida hasta morir” (Ap 12,10-11). Para comprender estas palabras hay que interpretarlas así: Ahora, vencido el diablo y derrocado su hijo, el Anticristo, se ha cumplido según la disposición suprema la salvación que ya no teme ningún peligro de parte del diablo. Y aquella virtud que todo lo conquista y aquel reino que reina sobre todo, están bajo el gobierno de nuestro Dios, bajo la potencia invencible de Cristo, es decir de su Hijo, que ha sido puesto como auténtico sacerdote para custodia de la salvación de las almas.
En efecto, aquel tenaz acusador ha sido enviado a la condenación eterna, el tentador siempre inquieto de que los hijos de Dios como nosotros, reciban la herencia celeste junto a nosotros, porque fue él quien los hizo culpables cuando acogieron sus diferentes sugerencias aunque se hallaran frente la mirada del sumo Creador y Juez. Fue él quien instigó al pecado en todo momento a religiosos y laicos, porque el hombre siempre está listo para pecar.
Pues Dios venció en el primer combate del ángel perdido, aquel en que combatió contra Dios queriendo ser Dios él mismo. Y Dios también previó lo que ocurriría en el último combate que conduciría contra Él: que su hijo sería muerto y él definitivamente derrotado. Lo vencieron los que profesan la fe en Dios y en la verdad, lo vencieron negándole su consentimiento por causa de la sangre del Cordero, por el que fueron redimidos y por el que aguantaron los más variados tormentos en sus cuerpos. Al lograr vencer, lo vencieron con la palabra, es decir con la doctrina que profesan en la fe católica, que deriva de aquella misma Palabra de la que todas las criaturas derivan. Su amor por su propia alma no los llevó a tratar de retenerla en el cuerpo, sino que permitieron que les inflingieran la muerte corporal, sometiendo su cuerpo al martirio, y devolviéndole así sus almas a Dios omnipotente.
Los mártires acudieron a la muerte y antes que renegar del Hijo de Dios se sometieron a todos los suplicios, así Abel y los profetas y todos los otros mártires, que desde el principio al final de los tiempos han sido asesinados por amor de Dios, dan testimonio del Hijo de Dios, ya que también él por voluntad del Padre vertió la propia sangre por ellos.
Y así se acaba la guerra del hijo de la perdición, que no reaparecerá jamás. Por tanto alegraos, vosotros que tenéis morada en el cielo y en la tierra. Después de la caída del Anticristo, en verdad, la gloria del Hijo de Dios será aún más grande.

 

Epílogo de este libro, en el cual se entona a Dios un himno de alabanza con voz celestial por su obra, es decir por la salvación del hombre. Y la misma obra, en su pequeñez, y quien es su autora se encomiendan atentamente a Dios y a sus fieles.

XXXVIII. Y de nuevo oí la voz del cielo que me mandó decir así: Ahora sea alabado Dios en su obra, es decir en el hombre, para recordar que, para su redención, ha combatido sobre la tierra grandes batallas, y se ha dignado levantarlo al cielo para que junto con los ángeles alabe su rostro, reconociendo la unidad del verdadero Dios y verdadero hombre.
Y Dios omnipotente se digne ungir con aceite de la misericordia a este pobre cuerpo de mujer, por el cual ha dictado este libro, porque ella vive privada de toda seguridad. Y no tiene ciencia para construir los escritos que el Espíritu Santo sugiere para instruir la iglesia, que son como las paredes de una gran ciudad. Desde el día de su nacimiento ha sido envuelta en dolores y en enfermedades como por una red, y está atormentada por continuos dolores en todas las venas, en la médula de los huesos y en la carne, y sin embargo Dios no ha permitido hasta ahora que se apagara, ya que en la cueva del alma racional ve espiritualmente algunos de los misterios de Dios.
La visión corre por todas las venas de esta criatura humana, de modo tal que está azotada a menudo por grandes dolores, y por este motivo trabaja con el agotamiento debido a la debilidad, a veces más ligeramente y a veces, en cambio, de modo más agobiador. Por tanto vive de manera diferente que la mayor parte de los seres humanos, como una niña cuyas venas no están todavía bastante llenas para poder comprender la conducta del hombre.
Ella desarrolla su tarea por inspiración del Espíritu Santo. Es de complexión aérea, y por eso el aire mismo, la lluvia, el viento y cualquier cambio del tiempo la molestan tanto que no puede sentirse nunca segura de su cuerpo. Si no fuera así, la inspiración del Espíritu Santo no podría habitar en ella. Pero a veces el Espíritu de Dios la levanta de este mal como resucitándola de la muerte con la fuerza de su piedad, con un alivio que es como el rocío, para que pueda vivir en el mundo y desarrollar su tarea inspirada por el Espíritu Santo. ¡Que Dios omnipotente, que conoce cuánto es el cansancio de esta criatura humana, se digne poner en ella la plenitud de su gracia, para que su misericordia se glorifique y su alma, cuando se vaya del mundo, se vea acogida por su clemencia en la gloria eterna y se la corone en la alegría!
El libro de la vida, escritura de la Palabra de Dios por el cual todas las criaturas han venido a la existencia y del cual toda la vida ha emanado, según lo que la voluntad del Padre eterno tuvo en sí predispuesto, dictó como le pareció esta escritura, de una manera admirable, no valiéndose de la doctrina de la ciencia humana, sino a través de una mujer simple e inculta.
Que nadie se arriesgue a cambiar una sola palabra de esta escritura, ni aumentándola ni disminuyéndola, para no ser borrado del libro de la vida y de toda beatitud existente bajo el sol, con la única salvedad de añadir explicaciones a las palabras y las frases que han sido pronunciadas con sencillez, por inspiración del Espíritu Santo. Quien intentare hacer de otro modo, sepa que peca contra el Espíritu Santo. Y este pecado no le será perdonado, ni aquí ni en el más allá.
Y ahora, de nuevo sean dadas alabanzas a Dios omnipotente en todas sus obras, antes de los siglos y todos los siglos, porque él es el principio y el fin.
Que los fieles acojan estas palabras con corazón devoto, porque han sido dictadas por el bien de los creyentes por el que es principio y fin.