Sobre la distancia y la mutua colaboración de los siete astros, y cómo de la cumbre del cerebro hasta la extremidad inferior de la frente del hombre se distinguen siete espacios de igual medida, que aluden a los siete astros. Cómo, en relación con ello, el alma y su cuerpo con los cinco sentidos tienen que desarrollar sus tareas con buena disposición de ánimo y buenas obras según los siete dones del Espíritu Santo.

XXII. Bajando de la parte superior del cráneo hasta la parte inferior de la frente del hombre se distinguen siete espacios de igual medida que aluden a los siete astros, separados entre ellos por distancias iguales en el firmamento. En la cumbre referida, se representa el astro más alto, en la parte inferior de la frente la luna, y en el espacio que media entre ambos se encuentra el sol. Los otros astros están dispuestos regularmente a ambos lados de este espacio, dos arriba y dos abajo, separados unos de los otros con la misma medida que distan del sol. Los espacios de la cabeza humana, por lo tanto, reproducen las dimensiones que rigen los espacios del firmamento.
En la cumbre de la cabeza está representado el astro más alto, ya que tiene una circunferencia de rotación más amplia que los otros. En la frente está colocada la luna, ya que la vergüenza del hombre está marcada en la frente, como sobre la luna. La luna en su subida se parece a una frente, y ella permite también distinguir los tiempos y sus diferentes cualidades. En el medio está colocado el sol, porque es como el príncipe de los astros. Tiene dos astros que están por encima de él y lo defienden contra el fuego superior como de un escudo. Mientras que por debajo de sí tiene otros dos que aseguran su sostén al mismo tiempo que el de la luna. El espacio que separa el astro más alto del sol cuando está en la parte mas alta de su rotación, es idéntico al que separa la luna del sol cuando este está en la parte mas baja. Y todos los otros astros tienen entre ellos, como ya ha sido dicho, intervalos iguales. El firmamento es redondo, tanto en la parte superior como en la inferior, como un recipiente hecho al torno, y el sol está colocado en su parte redonda superior. El sol recorre hacia arriba y hacia abajo todo el firmamento e irradia su resplandor, como el vino cuando se vuelca la copa.
Todas estas cosas indican que en el cuerpo humano, el alma, desde el momento inicial de sus acciones hasta su cumplimiento, tiene que venerar con igual dedicación los siete dones del Espíritu Santo: acercarse a la sabiduría en el inicio de sus obras, tener temor en el acto de su cumplimiento y poner la fortaleza en el centro de la obra, fortaleciéndose en las realidades celestes con la inteligencia y el consejo, y rodeándose de ciencia y de piedad en las realidades terrenales. El alma tiene que acoger todos los dones del Espíritu Santo con igual devoción, porque son su auxilio. Por tanto el alma, tiene que ocuparse de abrirse a la sabiduría, de sujetarse al final con la vergüenza, y entre estos dos momentos, armarse de fortaleza y de la belleza de la inteligencia y el consejo, y de defenderse por fin, como se ha dicho, con la ciencia y la piedad.
Y cada uno de estos dones se une al otro, consiguiendo que toda obra del alma sea buena y llena de honestidad. En efecto, el espíritu de sabiduría, el de fortaleza y el del temor del Dios impregnan el alma del hombre, de modo que siga sabiamente en la verdadera fortaleza, posea con ella el temor, y con los otros cinco dones se mantenga con la misma constancia delante del supremo Creador. El movimiento del alma racional y la actividad del cuerpo con sus cinco sentidos, es decir el hombre entero, siguen la misma medida, ya que el alma no mueve al cuerpo más de lo que el cuerpo pueda obrar, ni el cuerpo obra más de lo que es movido por el alma. Los diferentes sentidos del hombre no se separan unos de otros, más bien se controlan recíprocamente con mucha fuerza y le revelan al hombre todos los bienes, tanto de las realidades superiores como de las inferiores.

 

El cerebro del hombre, que está dividido en tres cavidades y administra el sentir cuerpo entero, tiene el mismo papel que el sol, que iluminando las tres partes del mundo asegura todas las cosas que están sobre la tierra, regulándolas y haciéndolas crecer, y con su fuego enciende la luna.

XXIII. El cerebro del hombre, que consta de tres cavidades y no de más, está dominado por la humedad y provee a todo el cuerpo de sensibilidad y vigor. Representa las energías del sol, que atraviesa las regiones oriental, austral y occidental, y evita, en cambio, la región septentrional y a menudo transmite a la tierra la fecundidad gracias a la dulzura benéfica del rocío y las lluvias. Conforta a las criaturas de todo el mundo, regulándolas con su virtud. El cerebro está custodiado por la fuerza del cráneo, lo mismo que el ardor del brillante fuego superior refuerza las energías del sol.
Cuando el sol cumple su curso a todo lo largo del día, su fuego origina en la tierra un peligro mayor que cuando declina, como escondiendo su rostro. En efecto, cuando declina, las aguas junto a las estrellas van a su encuentro y lo sustentan por medio del aire, colocándose bajo el escabel de los pies del Señor. Allí conserva su estado y gobierna todas las cosas que están bajo la tierra, como la gallina empolla sus polluelos. Luego en la alegría del día, al subir por encima de la tierra devuelve la fuerza a todas las cosas que están en la superficie de ella como la gallina que hace salir sus polluelos de los huevos.
El hombre actúa durante el día y por la noche duerme, tal como el sol obra en los dos modos indicados, sobre la tierra y bajo ella. De día resplandece sobre la tierra y por la noche, tras ponerse, la superficie de la tierra se cubre de oscuridad. De modo parecido, la carne del hombre, cuando se ha deteriorado, se revitaliza gracias a las energías del alma, cuyo papel es sustentar la carne y la sangre para que no desfallezca, también la luna se enciende por el fuego del sol después de cada puesta de sol.

siguiente>>