10. Que el corazón y la boca alaben incesantemente al Señor

Entonces escuché una voz que del aire luminoso venía, diciéndome:
Canten el corazón y la boca con incesante voz alabanzas al Creador supremo que, por Su Gracia, ha puesto en las moradas celestes no sólo a los que ya estaban en pie y erguidos, sino también a los que cayeron y se habían postrado.
Así pues, has visto, oh hombre, un aire muy luminoso: es el fulgor del júbilo de los ciudadanos celestes; en el que escuchas, oh maravilla, todas las músicas con todos los misterios que te he revelado: las alabanzas de júbilo de los ciudadanos celestes que gallardamente perseveraron en la senda de la verdad, y las lamentaciones de cuantos son llamados de nuevo a estos laudes de la alegría, porque así como el aire alberga y sostiene cuanto hay bajo el cielo, así también este dulce y suave son, que, como oyes, celebra todos los milagros del Señor a ti manifestados, alberga y sostiene el armonioso cántico de todas las voces: la dicha por las maravillas de los elegidos que habitan en la ciudad celestial y permanecen en Dios con dulce amor; los lamentos de aquellos que se extraviaron, a quienes la antigua serpiente trató de perder, pero que fueron valerosamente conducidos a las moradas de la excelsa alegría por la virtud divina e ilustrados con los misterios que las mentes humanas inclinadas a la tierra ignoran. Y las exhortaciones de las virtudes que se alientan entre sí para salvación de los pueblos a los que rondan las celadas del Demonio: las virtudes las derrotan y al fin los fieles salen del pecado, por la penitencia, hacia los Cielos: pues allí, en las mentes de los fieles, luchando por su redención, se enfrentan las virtudes a los vicios con los que el soplo diabólico las asedia; mira que cuando, con su inmensa fuerza, triunfen sobre ellos, los hombres caídos en el pecado regresarán, por voluntad divina, a la penitencia: evocarán entre lamentos sus obras pasadas y meditarán, prudentes, las venideras.