27. El poder del Impío y los milagros que fingirá hacer

En verdad que el Impío es una bestia abyecta: matará a los hombres que le nieguen, se unirá a reyes, duques, príncipes y ricos, hollará la humildad, la soberbia ensalzará y avasallará toda la tierra con sus artes diabólicas. Su poder llegará a dominar hasta la voz de los vientos: le veréis agitar los aires, sacar fuego de los cielos, desencadenar rayos, truenos, tempestades de granizo, abatir montañas, secar las aguas, quitar su verdor y savia a los bosques y de nuevo restituírselo. Y obrará quimeras semejantes con las distintas criaturas: en su temple, lozanía y vejez. Sin cesar montará celadas a los hombres. ¿Cómo? Le veréis despertar la enfermedad en el sano, la salud en el enfermo, arrojar demonios y, a veces, levantar a los muertos. ¿Cómo? Cuando alguna vida se desvanezca y su alma esté en poder del Demonio, a veces dejaré que muestre el Impío sus ilusiones sobre ese cadáver: hará que se mueva como si estuviera vivo; pero no permitiré que dure mucho esta ficción, sino poco, no escarnezca la gloria de Dios con esta presunción.
Algunos de los que vean tales prodigios creerán en él; otros, en cambio, desearán a un mismo tiempo guardar su antigua fe y tenerlo propicio. A éstos, no queriendo herirlos duramente, les provocará ciertas enfermedades: buscarán el remedio entre los médicos, mas no podrán curarles y, entonces, recurrirán a él, por averiguar si es capaz de sanarlos. Al verlos, les quitará el mal que él mismo les había suscitado, por lo que le amarán con devoción y creerán en él. Y así, muchos serán engañados cuando cierren sus ojos interiores, con los que deberían mirarme; porque querrán, degustando esa quimera en el alma como un sabor nuevo, conocer qué es esto que sus ojos exteriores ven y sus manos palpan, despreciando lo invisible que en Mí permanece y que sólo con la fe verdadera ha de ser comprendido: pues los ojos mortales no pueden contemplarme, sino que revelo entre penumbras Mis maravillas a quien deseo; pero nadie Me verá mientras habite en su cuerpo perecedero, si no es bajo la sombra de Mis misterios, como anuncié a Mi siervo Moisés, según está escrito: