Undécima visión:
VENIDA DEL IMPÍO Y PLENITUD DE LOS TIEMPOS

Entonces miré hacia el Aquilón, y he aquí que había cinco bestias: una semejaba un perro de fuego, pero no ardía; otra, un león cobrizo; otra, un pálido caballo; la cuarta, un cerdo negro; y la última, un lobo gris, y todas se volvían al Occidente. Y allí, en el Occidente, ante las bestias, apareció una colina con cinco picos: de la boca de cada bestia partía una cuerda que alcanzaba su correspondiente pico, y eran todas negras, salvo la que salía de la boca del lobo, que era por una parte negra y, por la otra, blanca. Y he aquí que, en el Oriente, vi de nuevo a aquel joven, vestido con una túnica púrpura, sobre el mismo ángulo en que lo había contemplado antes -donde se unían las dos murallas, luminosa y pétrea, del edificio-; pero ahora me era visible desde el ombligo hacia abajo: del ombligo al lugar que evidencia al varón, brillaba cual alborada, y allí mismo yacía como una lira con sus cuerdas en posición transversal; desde ese lugar hasta un espacio de dos dedos por encima de sus talones, estaba lleno de sombras; y desde ese espacio por encima de sus talones, sus pies resplandecían enteramente blancos, más aún que la leche. Y aquella imagen de mujer que había contemplado frente al altar, ante los ojos de Dios, volvió a manifestárseme ahora en el mismo sitio, mas esta vez pude verla desde el ombligo hacia abajo: del ombligo al lugar donde se distingue la mujer, tenía numerosas manchas escamosas y, allí mismo, había una monstruosa cabeza negra: ojos de fuego y orejas como las de un asno, narices y boca igual que las de un león, y enormes fauces abiertas en las que, rechinando, afilaba pavorosamente sus horribles colmillos acerados. Pero, desde donde se hallaba esa cabeza hasta sus rodillas, era, la imagen, blanca y roja, como magullada por muchos golpes; y desde las rodillas hasta dos franjas blancas horizontales que tenía inmediatamente por encima de sus talones estaba llena de sangre. De pronto, esa cabeza monstruosa se liberó de su lugar, en medio de un fragor tan inmenso, que todos los miembros de la imagen de la mujer se agitaron violentamente. Entonces, una enorme masa de cieno se unió a la cabeza, que subió por ella como por un monte, tratando de alcanzar las alturas del cielo. Mas he aquí que el fucilazo de un rayo, restallando inesperado, fulminó con tal fuerza a la cabeza, que rodó monte abajo y rindió su espíritu a la muerte. Repentinamente, una niebla hedionda cubrió al monte todo y envolvió a la cabeza en una inmundicia tal, que los pueblos que allí estaban se sobrecogieron, llenos de indecible pánico; esta niebla subsistió durante un tiempo alrededor del monte. Viéndola los hombres que cerca se hallaban, presa de terror, se decían unos a otros: «Ay, ay, ¿qué podrá ser esto?, ¿qué os parece que es? ¡Ay, desdichados de nosotros! ¿Quién nos ayudará? ¿quién nos salvará? Pues no sabemos cómo hemos podido ser engañados. Oh Señor Todopoderoso, ten piedad de nosotros. Rápido, apresurémonos y volvamos, volvamos corriendo al testamento del Evangelio de Cristo, ay, que hemos sido amargamente engañados, ay, ay de nosotros». Y, de pronto, los pies de la imagen de la mujer se volvieron blancos, relumbrando esplendorosos, más que el fulgor del sol.
Y de nuevo escuché una voz del Cielo que me decía: