6. Ejemplos de cómo no se alcanza repentinamente la santidad

Pero muchos otros intentan bromear, jugar Conmigo, queriendo acercarse a Mí sin el esfuerzo de su alma y su pensamiento, negándose a meditar previamente qué deben hacer: invocarme y velar por la aquiescencia de su cuerpo; tan sólo desean asirme como quien despierta de un profundo sueño y, con el gesto repentino de la ilusión y el engaño, emprenden el camino de la santidad, según esta ensoñación suya; algunos con la renuncia a los afanes mundanos, otros con la abstinencia de la carne, otros con el pudor virginal, portan Mi yugo sobre sus hombros creyendo que les es posible llegar a ser cuanto apetecen: se niegan a considerar quiénes son y qué son o qué pueden hacer, no quieren saber Quién los ha creado ni Quién es su Dios, sólo ansian tenerlo como siervo suyo, que cumple todos sus deseos.
No quiero, pues, otorgar Mis dones ni sembrarlos en los campos baldíos de estos hombres que con semejante vanidad tratan de unirse a Mí, como si no Me conocieran, con su insensata ignorancia. Ah, por eso muchas veces tropezarán sus pies. Y mira, Yo les diré así: «¿Por qué no has cuidado el campo de tu alma, oh hombre, para arrancarle la cizaña, los espinos, los abrojos, invocándome y purificándote, antes de venir a Mí embriagado, como en delirio, sin saber quién eres, pues sin Mi ayuda no puedes cumplir las obras de la luz? Porque, después de este arrebato de buscarme como en un sueño, estando ya bajo Mi yugo, la nostalgia y el tedio trajeron a tu memoria las fantasías de otrora: el sueño de tus pecados volviste a dormir, a tus viejos crímenes regresaste, oh necio, ignorante del bien, despojado de la ayuda y el consuelo del Espíritu Paráclito. Pero ¿a quién buscaste como guía y socorro para esto? A tu alma ilusoria y fatua, que te guiaba, oh insensato, a los páramos donde no hay verdor ni memoria de la razón: allí olvidaste que nada bueno puedes hacer sin Mí. ¿Qué te queda, pues, ahora? En verdad que ahora, miserable y vacío, caerás ante Mi faz y ante los hombres: como hojarasca serás hollado. ¿Acaso puedes hacer algo contra Mí? Nada. ¿Y unido a Mí? Las obras de la luz, más esplendorosas que el fulgor del sol, y dulces para el sabor del alma, más que la leche y la miel, cuando se manifiestan al pueblo que las anhela. Pues si Me llamas con la voz más honda del corazón, según te enseñó la fe en el bautismo, ¿acaso no hago cuanto deseas?».
Pero muchos Me llaman después de su caída, gimiendo atormentados, cuando deberían haberme buscado antes de sucumbir. Yo les tiendo Mi mano y les digo: «¿Por qué no Me llamasteis antes de caer? ¿Dónde estaba Yo, y dónde Me buscabais? ¿Acaso os rechacé cuando Me invocasteis?». Y digo: «Mira que si te encontraras, oh hombre, junto a un puente que cruza sobre aguas profundas y, por tu necia jactancia y olvido -igual que Me has despreciado en todo esto al concebir que te era posible llegar a ser cuanto apetecías, como si no necesitaras Mi ayuda-, murmuraras con soberbia para ti: "No iré por el puente, caminaré por las aguas", ¿acaso estarías obrando con prudencia? Porque si hicieras esto, insensata y presuntuosamente, sin duda exhalarías tu espíritu, anegado en esa criatura que, a ti sometida, fue formada para serte útil. Pero en presencia del agua te sobreviene el temor y, comprendiendo que puede engullirte en la muerte, te guardas de que así sea. Y si vieras caer un inmenso árbol recién talado, ¿es que no te apartarías para no ser herido? Y si en el camino vieras salir a tu encuentro leones, osos o lobos, ¿no te esconderías, si pudieras, bajo tierra, sobrecogido de terror ante las fieras? Y si de este modo esquivas los quebrantos de tu cuerpo, ¿por qué no evitas la ingrata muerte del alma temiendo a tu Creador? ¿Has visto o has oído jamás de alguno que pudiera enfrentarse a Mí? Porque quien no está Conmigo, será aventado; y a aquel sobre quien Yo caiga, le aplastaré. ¿Qué eras tú cuando creaba Yo los Cielos y la tierra, que obran según les fue prescrito? Tú, en cambio, formado en el designio del Señor y por Su luz ilustrado, quebrantas Sus mandamientos. ¡Oh terrible desatino! Por una criatura que, a ti sometida, te sirve, reniegas de tu Dios, saltas por encima de los Cielos y la tierra que, temiendo a su Creador, Le acatan y cumplen Sus preceptos, mientras que tú no lo haces, cuando no quieres saber de Él ni en tus pensamientos ni en tus obras, ni mirarle anhelando conocerle.
»Así que, si no te arrepientes, por justo juicio caerás en el abrazo del Hades, como aquel que, por su porfía, fue arrojado de los Cielos y a quien tú imitas. Pero si cuando caes Me llamas con fiel clamor, te levantaré y te acogeré. Sin embargo, cuántas veces quieres alcanzar las cumbres, oh hombre, y ni siquiera puedes comprender lo más ínfimo».