2. El hombre, con la ciencia del bien y del mal, no puede excusarse

Tienes, pues, la ciencia del bien y del mal, y el poder de obrar. No puedes, entonces, excusarte, decir que te falta el talento para adorar con verdad y justicia al Señor, iluminado por la inspiración del Cielo, y resistir los apetitos y placeres ignominiosos; para mortificarte frente a ellos y apagar su llama con el amor de Mi Pasión, portando Mi cruz en tu cuerpo, huyendo de los malos deseos cuando ansies pecar. ¿Para qué, en fin, se te ha dado este poder? Para que evites el mal y obres el bien. Y por esta ciencia del bien y del mal por la que te sabes hombre Me responderás. Ah, pero renuncias al bien y haces el mal, ardiendo en deseos carnales: porque el bien te parece arduo y el mal despierta fácilmente en tu corazón. Y al ser así, no quieres dominarte, sino pecar libremente.
¿Qué hice Yo, el Hijo del Hombre, cuando sufrí en la cruz y adolecí en la carne, cuando, oprimido por la angustia, temblaba atormentado? Por eso te reclamo tu propio martirio, escollo de tus afanes: que padezcas en las apetencias de tu carne, en todas las tribulaciones, en los deseos inicuos, contrarios a Mi voluntad, y en su séquito de perversidades; y en esto no podrás excusarte, decir que no sabías si obrabas el bien o el mal.