11. La Iglesia camina hacia la perfección

Entre esta torre y la columna de la Humanidad del Salvador se veía un hueco, un espacio vacío de un codo de ancho, en el que sólo yacían los fundamentos, aún sin edificar el muro, según se ha referido ya: la inmensa alabanza de la Iglesia, desposada con Mi Hijo, permanece aún oculta en la ciencia de Dios como en un firme fundamento: aún no resuena resplandeciente en la obra consumada y perfecta, pues todavía no ha sido edificada en los corazones humanos; y ese espacio tiene una medida humana: porque los sentidos de los hombres están bajo la potestad del único, verdadero y omnipotente Dios para que, con la ciencia del bien y del mal, puedan, a través de sus inteligencias, discernir cuanto les sea más provechoso, según te ha sido manifestado ya, en una diáfana revelación.
Pero la torre no estaba todavía rematada: la construían, sin pausa, muchos trabajadores hábiles y rápidos: porque la Iglesia aún no ha alcanzado la dimensión y altura que, en lo venidero, alcanzará, si bien no cesa de caminar hacia su plenitud, cada día, sin tardanza, con mucho ahínco y denuedo, a través de las veloces ráfagas del tiempo, merced a los hijos que ha engendrado, engendra y engendrará.