2. Palabras de la Justicia

«Rápido, levantémonos todas a una, que Lucifer despliega sus tinieblas por la haz de la tierra. Construyamos baluartes y afiancémoslos con torreones celestiales, ah, que el Demonio es acérrimo enemigo de los elegidos del Señor. Pues así como al principio quiso y trató de ganar la cima, embriagado en su claridad, ahora quiere y trata de ganar el mundo, cubriéndolo con sus sombras. Sí, todo lo oscurece con su lóbrega maldad y con su oprobio, soplando y esparciéndolos, y no quiere detenerse. Alcemos contra él nuestro ejército celestial para vencer su perfidia y agravio, pues por su hostilidad no habrá hombre en el mundo que pueda ser salvado. Y así como este intentó, al principio, cuando fue creado, enfrentarse a la Divinidad, su imitador, el Anticristo, intentará enfrentarse a la Encarnación del Señor al final de los días: Lucifer sucumbió al alba de los tiempos y el Impío sucumbirá al ocaso. Entonces se sabrá Quién es el verdadero Dios; se verá Quién es el que nunca sucumbe. Pero igual que Lucifer tuvo su cohorte de demonios, que le siguieron de las alturas de los cielos a la caída en el abismo de la condena, tiene ahora un séquito de hombres en la tierra, que corren en pos de él a la perdición de la muerte. Mas nosotras, Virtudes, nos alzamos contra las astucias y celadas que sopla por el mundo para devorar las almas; nosotras reduciremos a nada todas sus artimañas en los corazones justos, hasta que por doquiera le veáis abatido. Así alumbraremos el conocimiento de Dios, que ha de manifestarse y no ser ocultado, porque justo es Él en todos Sus caminos».
La primera de las imágenes que estaban ante esta, a sus lados, iba armada; llevaba yelmo, loriga, canilleras y guanteletes de hierro; su mano derecha esgrimía una espada desenvainada y en la izquierda empuñaba una lanza. Hollando con sus pies un horrible dragón, con el hierro de la lanza atravesaba su boca, y la bestia vomitaba ponzoñosas espumas. Y enarbolada la espada, presta al ataque, con fuerza la blandía.
Y dijo: